La magia de una sala oscura

El cine es ya el arte del siglo XX, seguramente el más importante hasta que fue sustituido por Internet y por los videojuegos. Se mantiene vivo, sin duda, pero los competidores cada vez son más duros, los sistemas de copia más rápidos y es constante su búsqueda de nuevos caminos que atraigan a un espectador ávido de estímulos. La sensación de especialidad que significaba acercarse a la taquilla, pagar una entrada y esperar en la sala a que se apagasen las luces sigue provocando cosquilleos en mi estómago. Pero se ha perdido para muchos de esos espectadores que al tiempo que ven lo que sucede en la pantalla, comen patatas fritas, sorben en pajita un refresco de cola, le dicen algo al oído a su pareja, contestan decenas de guasaps o entran en Facebook para interesarse por el vídeo que ha colgado uno de sus colegas. La juventud de hoy —y los no tan jóvenes— necesita tener cuatro o cinco frentes abiertos a los que dedicarse simultáneamente, lo que hace ya una década el escritor Fernando Trías de Bes definió como el Síndrome de las ventanas —nombre extraído del sistema operativo que usa la mayor parte del planeta—, pero conocido también como “Multitasking Syndrome” o “Internet Multitasking Syndrome”.

De chaval, cuando la familia me llevaba al cine —no sólo a películas infantiles sino también a otras que me harían amar el séptimo arte—, todos mis sentidos estaban puestos en la pantalla. La oscuridad ayudaba a centrarnos durante más de hora y media en aquellas aventuras de luz. De ahí que saliésemos envueltos en una nube de emociones: todo parecía excepcional, los personajes se apropiaban de nosotros, nos hacían vibrar, nos identificábamos con lo que vivían, casi movíamos los brazos para ayudarle a pelear o saltábamos cuando el villano se le acercaba por detrás. Recuerdo la primera imagen de Darth Vader entrando en la nave rebelde en el estreno de La guerra de las galaxias en el Astoria —con aquella pantalla de treinta metros— o la novedad de que durante más de media hora los protagonistas fuesen dos androides de nombre alfanumérico. Aquella grandeza visual ha sido sustituida por la cotidianidad de los móviles o las tabletas en las que vemos series o películas, en las que colgamos vídeos caseros pixelados, descargamos filmes sin la resolución óptima para ver en casa. Y en nuestros ordenadores o discos duros almacenamos cientos de filmes como si nuestra vida fuese a dar para tanto. También la imagen ha perdido su valor excepcional: los selfies se multiplican en los conciertos para confirmar que estuvimos allí, aunque nos dé igual el grupo, grabamos vídeos con canciones que subiremos a la red, nos desnudaremos ante otros en Instagram para que nuestro día a día se parezca —tal vez— al guion de una de esas antiguas películas. El cine, en su búsqueda constante por el más difícil todavía —con intentos fallidos desde mi punto de vista como el 3D—, crea mundos sorprendentes a través de las nuevas tecnologías en los que ya cualquier cosa es posible. Pero la sobresaturación de imágenes ha diluido cualquier capacidad de sorpresa. La atracción de la pantalla ha sido sustituida por las redes sociales y la cercanía de una realidad ficcionada.

Extraído de la revista virtual Espacio Luke nº 172 de los meses de julio-agosto