En defensa del cine español (y vasco)

El cine español se ha hecho mayor, lo demuestran los números de taquilla y la calidad de los filmes que se presentan. También una nueva hornada de actores, que no es tan nueva porque llevaba lustros ejerciendo de secundarios de lujo, buscándose un hueco en el proceloso mundo de la actuación —o de cualquier arte— y de directores cargados con maletas de ideas frescas.

Tan sólo reflejaré la lista de los ganadores de los premios Goya de esta década como ejemplo de lo que digo: Pa negre, de Agustí Villalonga (2011), No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu (2012), Blancanieves, de Pablo Berger (2013), Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba (2014), La isla mínima, de Alberto Rodríguez (2015), Truman, de Cesc Gay (2016) y Tarde para la ira, de Raúl Arévalo (2017). A este primer film de Arévalo como director —un actor de registros variados que mostraba su buen hacer también detrás de la cámara— se sumaban algunas películas superlativas, de ésas que un crítico de la cinematografía hispana hubiera valorado sin sonrojarse o poner en tela sus prejuicios: Un monstruo viene a verme (de J.A. Bayona), Cien años de perdón (lo mejor de un irregular Calpasoro) y Que Dios nos perdone (de Rodrigo Sorogoyen, o cómo hacer buen cine negro español sin echar de menos True Detective).

En la próxima edición de los Goya hay tres claras favoritas: Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño, El autor, de Manuel Martín Cuenca y La librería, de Isabel Coixet, con 13, 12 y 9 nominaciones respectivamente. En el primer caso, el hecho de que se trate de una película en euskera y basada en un personaje real, el llamado Gigante de Altzo, le otorga una mayor relevancia si cabe. No sólo es una gran película de época, con dos actores sobresalientes (Eneko Sagardoy en el papel del gigante Joaquín y Joseba Usabiaga en el de su hermano Martín) sino que permite hacerse una idea de la discriminación lingüística y social en la España del siglo XIX (recomendable acercarse al filme en versión original, porque comprenderíamos mejor las dificultades de estos dos hermanos en la corte de la malcriada reina Isabel II).

Por otro lado están dos filmes que se adentran de una manera u otra al mundo literario. En La librería, una joven decide montar una tienda de libros en un pequeño pueblo de la costa inglesa con la oposición de las fuerzas vivas de la localidad (con un guion basado en una gran novela del mismo título escrita por Penelope Fitzgerald, a la que cualquier amante de la literatura debería acercarse); en El autor, un pasante de notaría se empeña en escribir la novela de su vida, asiste a un taller literario impartido por un profesor caradura y comprueba con desgana el éxito editorial de su mujer gracias a una obra que considera menor. Dos ejemplos antagónicos, que muestran sin embargo la relación que siempre ha existido entre la literatura y el cine, narrados de forma más costumbrista por Coixet —aficionada a relacionarse con actores internacionales y a rodar en inglés, pero que no logra perfilar, en este caso, el comportamiento de los personajes, que aparecen planos, sin vida, sin motivaciones claras de sus actos—, y más realista por Martín Cuenca —que cuenta aquí con la inestimable presencia de un Javier Gutiérrez que vuelve a bordar el papel como ya lo hiciera en La isla mínima—.

Tengo amigos que no ven cine español. Creo que se equivocan. En esta pequeña relación de grandes largometrajes me he dejado algunos títulos. También otros que fueron recibidos con alharacas pero que acabaron siendo humo. Quizás no se trate de un cine tan espectacular como los blockbusters americanos, pero cuentan cada vez más con guiones, directores y un reparto excepcionales.

Artículo aparecido en el nº 182: enero-febrero 2018 de la revista Espacio Luke.