El ataúd de cristal

Huyo de las películas de terror. No soy adicto a los sobresaltos gratuitos, a la tensión opresiva o a los personajes desencajados. Tampoco a la casquería gore ni a la sangre a chorro de Tarantino. Siempre he concebido el cine como un arte en el que ha de primar el guión, pero en el que he buscado una amplia dosis de entretenimiento. De ahí que los filmes que me describen la cruda realidad social, el mundo de las drogas o el maltrato físico y psicológico provoquen en mí cierta tendencia a la huida. Los veo, valoro su calidad —o su carencia— y tiendo a olvidarlos.

Algo parecido me sucede con cintas como Saw, La noche de Halloween, Pesadilla en Elm Street o The eye, por citar algunos ejemplos, a las que procuro no acercarme. Las pasé canutas cuando vi El exorcista, a pesar de que me quedo embobado cada vez que escucho Tubular Bells; y admito que Psicosis es una gran película, aunque el rostro de Norman Bates (Anthony Perkins) en la última escena sigue produciéndome una agobiante desazón.

Con motivo del FANT de Bilbao tuve la oportunidad de asistir a la proyeccion del primer largometraje del cineasta bilbaino Aritz Zubillaga, El ataúd de cristal, consciente de que no es el género en el que mejor me muevo. Me atraía la idea de que toda la película se desarrollase en una limusina tanto como el hecho de que conociese al director. Zubillaga, además, había recibido el reconocimiento de la crítica y el público con sus siete cortometrajes anteriores, en especial Las horas muertas —nominado al Mejor Cortometraje Fantástico Europeo para los Méliès de oro 2008—, Autoestigma y El método. El hecho de que estos dos últimos se desarrollasen también dentro de vehículos y que todos los cortos fuesen thrillers planteaba para empezar un interesante universo creativo.

El ataúd de cristal es la historia de una actriz —interpretada por la tinerfeña Paola Bontempi—, a la que recoge una limusina para ir a recibir un premio cinematográfico a su carrera y que verá cómo el lujoso vehículo se convierte en la peor de sus pesadillas. Del lujo pasamos a la claustrofobia, de la belleza al horror, empujados por la violencia física y psicológica. La actriz se transforma en un pelele en manos de su secuestrador, y el espectador en un voyeur de los peores instintos del ser humano.

La película es un ejemplo de desasosiego gracias al guión —a veces un tanto excesivo— escrito a cuatro manos entre el propio Zubillaga y Aitor Eneriz, a la fotografía de Jon D. Domínguez, a la inquietante música de Aranzazu Calleja y a una muy buena actriz que sabe transmitir el dolor y la degradación de su personaje. Setenta y cinco minutos de proyección y el regusto final de que el éxito produce monstruos que a veces no somos capaces de identificar.

Artículo aparecido en Espacio Luke, número 178 mayo-junio 2017