Almodóvar (o la pereza)

Cada estreno de una película de Almodóvar viene precedida de un bombardeo mediático: entrevistas, portadas en los suplementos de fin de semana, análisis detallados del carácter de sus protagonistas femeninas, esa impronta que ha hecho famoso al director manchego. Los medios se vuelcan por el valor que tiene un cineasta que ha traspasado las fronteras, convertido desde hace lustros en un icono del cine patrio. A mí cualquier estreno de Almodóvar me produce pereza: no me interesan sus historias, ni sus personajes, ni los entornos en los que sitúa sus argumentos, a veces ni siquiera las actrices a las que dirige, se llamen Penélope Cruz, la recientemente fallecida Chus Lampreave, Elena Anaya o Leonor Watling. Y ya no hablemos de Rossy de Palma. Hace ya no sé cuántos años acompañé a una amiga a ver Tacones lejanos, aquel drama con un Miguel Bosé travestido cantando temas de Luz Casal y las nada contenidas Victoria Abril y Marisa Paredes. Fue una de las dos únicas veces que he querido huir de la sala de cine ante la vergüenza ajena que me producía lo que estaba viendo. Mi amiga, en cambio, salió enamorada de los personajes, de las situaciones, de la música… Fue entonces cuando supe que el problema con el cine de Almodóvar era mío. Al poco tiempo, y en el marco del Festival de Cine de San Sebastián, presentaban unos minutos de Kika y su primer trabajo en Súper 8: Folle, folle, folléme… Tim, uno de esos filmes que hacía para y con sus amigos y que a los que el propio director ponía voz mientras los proyectaba en el salón de su casa. Algo que debía de ser muy divertido y transgresor pero que en mí sólo provocó bostezos. Fue la última vez que he entrado en un cine a ver alguna de sus películas. Lo he intentado, lo juro. Me senté a ver en su momento (en casa y con un vino para pasar el trago) Volver y Todo sobre mi madre, dada la cantidad de premios que habían obtenido. Algo tendrán, decía mi inocencia. Pero no fui capaz de aguantar ni media hora. No me creía nada de lo que me contaba, me saturaban los gritos de sus protagonistas, incluso sus silencios, me molestaba el color del vestuario o de esa fotografía coloreada como de otra época. Me alegro de que reconozcan su trabajo, pero me da un poco igual que Julieta sea el peor estreno de una de sus películas en veinte años. Aunque siento un pinchacito en el alma: siempre he experimentado una atracción ante una actriz como Emma Suárez. En esta ocasión, ni siquiera ella me acercará al film.

Extraído de la revista virtual Espacio Luke nº 171 del mes de abril