Tela negra

Hay mañanas en las que, al abrir los ojos, veo su imagen. Se inclina ante mí con su piel de noche y su cabello negro, y se hace un hueco en mi cama. Es entonces cuando me acuerdo de ti, de los domingos en que te levantabas temprano para bajar a correr, casi una hora, los auriculares en los oídos, el maillot muy ajustado… Al volver me encontrabas medio dormido, te desnudabas para entrar al baño y te oía tararear bajo la ducha. Minutos después volvías a la cama donde te recibía, el cuerpo aún húmedo, el pelo mojado: olías a jabón pero también a gotas de perfume, Aire de Loewe, que deslizabas por tu cuello y por algunas partes estratégicas de tu piel. Me abrazabas, susurrabas que querías tenerme y nos amábamos durante horas hasta que el cansancio volvía a envolvernos en su manto.

La imagen en blanco y negro de esta mujer que me visita algunos domingos me recuerda a ti; por eso la recibo igual de expectante, mi cuerpo abierto a sus caricias, mis dedos recorriendo su vestido hasta que nos desprendemos de él para vestirnos de besos. Y aunque sé que no eres tú, no puedes serlo, me dejo guiar por sus mentiras, por la imitación de tus gestos, por el ritual de repetir lo que hacíamos. También aquella mañana te esperaba cuando me sobresaltó el sonido del móvil. Supe que algo había pasado, incluso antes de cogerlo. Qué más da lo que hubiera ocurrido, que no vieras el coche, que la música de los auriculares te impidiera oír los frenos. O que me aseguraran que todo había sido rápido.

Te quiero, me susurra la mujer llevando sus labios por mi pecho.

Te querré éste y todos los días, le respondo yo.

Se ha puesto tu perfume, se ha cortado el pelo como le dije. Se sienta sobre mí y me sonríe poco antes de permitir que la ame. Se parece a ti. Y hubieras sido tú si no fuera porque he olvidado dónde dejé su dinero.

Días grises con mar de fondo

Sentada sobre una roca la vi una mañana de marzo. Recuerdo que el sol había salido por primera vez tras un febrero lluvioso, pero al verla desnuda sólo me inspiró extrañeza y desamparo. Aún hacía frío y tampoco era habitual que la gente practicase nudismo en aquella cala: estaba algo apartada, pero había que recorrer a pie un buen tramo para llegar a ella. Yo lo hacía las mañanas en las que buscaba inspiración para mis escritos, o tan solo unas horas en las que escapar del bullicio urbano. Me gustaba incluso aquellos días grises, en los que el mar de fondo parecía pintado por la mano de un dios vengativo y cruel: cielo y mar unidos sin un horizonte de esperanza.

Ella descubrió que la observaba, e hizo ademán de cubrirse el cuerpo con los brazos. Luego, sin embargo, prefirió seguir robándole calor al sol y yo opté por continuar mi camino.

A partir de ese día, me la encontré muchas mañanas, unas veces echada sobre la arena, otras recorriendo con paso incierto la orilla, sin llegar a mojarse los pies. Algunos días su piel parecía barnizada por el sol; otros, los más sombríos, recuperaba la tonalidad de un retrato en blanco y negro en el que resaltaban sus pechos, pequeños, casi inexistentes, y su pubis oscuro. Me gustaba verla avanzar como si flotase o sintiese miedo de la arena, un elemento extraño que se incrustaba entre los dedos y del que prefería desprenderse.

Según fueron pasando las semanas comencé a acercarme a la playa sólo para verla, y me volvía decepcionado las mañanas en que la arena me devolvía restos de soledad. Nunca me acerqué a ella: qué podía preguntarle, me decía. Había visto, además, los intentos de otra gente de acercarse, y cómo ella escapaba entre las rocas para desaparecer. Nunca supe a qué hora llegaba, ni la vi recoger su ropa y marchar. Sólo que acostumbraba a dejarse ver muy de mañana, como si le molestase ese público que la contemplaba con curiosidad; que quizás se preguntase, como yo lo hacía, quién era, o que buscase la leve sonrisa silenciosa que nos entregaba a quienes la acompañábamos en la distancia.

Un día, avanzado ya el verano, mientras observaba cómo el sol la llenaba de caricias, unas nubes grises cubrieron el cielo y dejaron caer sus primeras gotas. Ella se levantó asustada e hizo un gesto como para gritar. Por un segundo pensé que recogería sus cosas y se acercaría hacia mí. Que después de todas aquellas semanas cruzaríamos nuestras primeras palabras. Un hola precipitado, qué tal te va, el inicio tembloroso de una conversación ante alguien a quien no sabes qué decir. No fue así. Se dirigió hacia el mar, se sentó en la orilla y dejó que el agua la envolviera. Luego miró hacia atrás, a la roca en la que yo aún permanecía sentado, e hizo un gesto con la mano, quizás una despedida, no lo sé. Sonrió y se sumergió mar adentro hasta que sólo pude ver la estela de su aleta caudal.

Claroscuro

Si te viese cada mañana como ahora, desdibujada por los sueños, la luz de la ventana entrando de rondón e iluminando tu cuerpo desnudo para alejarlo de la noche; si te mirara y recordase aquella tarde en la que nuestros cuerpos se descubrieron para fusionarse en uno y sentir que no estaban solos; si te contemplase como aquel día en que te pedí admirar tu cuerpo abierto a las caricias; si hubiera hecho todo eso, quizás así entendiera hoy el dolor que te provoca que no te vea como antaño, que no te sonría cuando me despierto; y al cerrar los ojos volverte a ver así, como el fundido en negro de una película clásica.

Extraños

Su madre le ha dicho que no se acerque a los desconocidos; que no acepte regalos de extraños. Hay personas que engañan a las niñas como ella y se las llevan: el hombre del saco, el coco, y un tal Barba Azul que le recuerda a los cuentos que le leen antes de dormir. Los ogros no son de verdad, piensa ella. Cómo va a llevarme el personaje de un libro. «Si alguien se acerca, echas a correr», le insiste su madre mientras le atusa el pelo. Es la primera vez que sale sola a la calle. Porque ya es mayor, se dice, orgullosa de su vestido verde claro y sus chancletas para ir a la playa. Mirándose en el reflejo de un escaparate poco antes de oír los frenos.

Ahora no sabe muy bien dónde está. Pero no le importa. Sólo siente una voz que le llama, vamos Helena, que llegas tarde. Y aunque su madre siempre le dice que no vaya con extraños, no puede evitar acercarse a aquella luz.

Un peine de nácar verde

Los viejos huelen mal, pensó una vez al sentir el olor acre de su abuela que le abrazaba para robarle un beso. Un hedor a humedad, a vino rancio, a restos de lejía, a ausencia de higiene dental. Y no sabe muy bien por qué le llega aquella frase a su memoria de camino al baño. Se siente torpe, repta con pasos cortos y rápidos —portantillo, pasotrotre, se dice con una mueca en sus labios recordando palabras caducas—; apenas puede doblar las piernas, le duelen los huesos —otra frase recogida de antaño que por fin entiende—, su piel cuarteada, casi un incunable, sus dedos de tenaza que han perdido el vigor. Y otro día más se mira al espejo, se atusa los pocos cabellos que le quedan con aquel peine de nácar verde que le regaló su mujer, y piensa si su olor provocará también el rechazo de sus nietos.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting