La magia de una sala oscura

El cine es ya el arte del siglo XX, seguramente el más importante hasta que fue sustituido por Internet y por los videojuegos. Se mantiene vivo, sin duda, pero los competidores cada vez son más duros, los sistemas de copia más rápidos y es constante su búsqueda de nuevos caminos que atraigan a un espectador ávido de estímulos. La sensación de especialidad que significaba acercarse a la taquilla, pagar una entrada y esperar en la sala a que se apagasen las luces sigue provocando cosquilleos en mi estómago. Pero se ha perdido para muchos de esos espectadores que al tiempo que ven lo que sucede en la pantalla, comen patatas fritas, sorben en pajita un refresco de cola, le dicen algo al oído a su pareja, contestan decenas de guasaps o entran en Facebook para interesarse por el vídeo que ha colgado uno de sus colegas. La juventud de hoy —y los no tan jóvenes— necesita tener cuatro o cinco frentes abiertos a los que dedicarse simultáneamente, lo que hace ya una década el escritor Fernando Trías de Bes definió como el Síndrome de las ventanas —nombre extraído del sistema operativo que usa la mayor parte del planeta—, pero conocido también como “Multitasking Syndrome” o “Internet Multitasking Syndrome”.

De chaval, cuando la familia me llevaba al cine —no sólo a películas infantiles sino también a otras que me harían amar el séptimo arte—, todos mis sentidos estaban puestos en la pantalla. La oscuridad ayudaba a centrarnos durante más de hora y media en aquellas aventuras de luz. De ahí que saliésemos envueltos en una nube de emociones: todo parecía excepcional, los personajes se apropiaban de nosotros, nos hacían vibrar, nos identificábamos con lo que vivían, casi movíamos los brazos para ayudarle a pelear o saltábamos cuando el villano se le acercaba por detrás. Recuerdo la primera imagen de Darth Vader entrando en la nave rebelde en el estreno de La guerra de las galaxias en el Astoria —con aquella pantalla de treinta metros— o la novedad de que durante más de media hora los protagonistas fuesen dos androides de nombre alfanumérico. Aquella grandeza visual ha sido sustituida por la cotidianidad de los móviles o las tabletas en las que vemos series o películas, en las que colgamos vídeos caseros pixelados, descargamos filmes sin la resolución óptima para ver en casa. Y en nuestros ordenadores o discos duros almacenamos cientos de filmes como si nuestra vida fuese a dar para tanto. También la imagen ha perdido su valor excepcional: los selfies se multiplican en los conciertos para confirmar que estuvimos allí, aunque nos dé igual el grupo, grabamos vídeos con canciones que subiremos a la red, nos desnudaremos ante otros en Instagram para que nuestro día a día se parezca —tal vez— al guion de una de esas antiguas películas. El cine, en su búsqueda constante por el más difícil todavía —con intentos fallidos desde mi punto de vista como el 3D—, crea mundos sorprendentes a través de las nuevas tecnologías en los que ya cualquier cosa es posible. Pero la sobresaturación de imágenes ha diluido cualquier capacidad de sorpresa. La atracción de la pantalla ha sido sustituida por las redes sociales y la cercanía de una realidad ficcionada.

Extraído de la revista virtual Espacio Luke nº 172 de los meses de julio-agosto

Tres (grandes) homenajes al género negro

No deja de sorprender que el escritor francés Pierre Lamaitre (París, 1951) tardase más de treinta años en ver publicada su primera novela, en especial cuando con 20 años ya tenía decidido que quería ser escritor. Sin embargo, Irène no vería la luz hasta 2006, tras deambular de editorial en editorial y ser rechazada nada menos que 22 veces. Una nueva muestra de la ceguera que guía un mundo editorial alejado de la perspicacia del ciego del Lazarillo o de la sensibilidad de un personaje como Daredevil. Ironías aparte, el propio Lamaitre apuntaba en este sentido que quizás muchos editores sintieron el miedo de lanzarse a la publicación de una novela marcadamente violenta; muchos críticos valoraron este hecho más allá de su evidente calidad literaria.

Sin embargo, Irène —publicada ahora en España por Alfaguara—, no es sólo una increíble novela negra, sino también un libro que homenajea a otras grandes obras, (o a sus criminales): desde La Dalia Negra, de James Ellroy, a American Psycho, de Bret Easton Ellis, por citar dos ejemplos. Y cuenta con un detective con una personalidad tan acentuada como la de otros protagonistas del género: desde Sherlock Holmes pasando por Hércules Poirot o Philip Marlowe.

Que estamos ante un gran escritor lo demuestra el hecho de que apenas lleva nueve años publicando pero ya ha sido reconocido con una considerable cantidad de galardones: el premio a la Primera Novela Policiaca del Festival de Cine de Cognac en 2006, el Dagger de novela negra en 2013, el de Novela Negra Europea o el Premio Goncourt por Nos vemos allá arriba en 2013, su primera incursión en la novela picaresca a partir de la historia sobre dos soldados traumatizados tras la Primera Guerra Mundial.

Irène es el inicio de una serie protagonizada por el comandante de la Brigada Criminal de París Camille Verhoeven, personaje que aparece en Alex (2011), Rosy & John (2012), Sacrificios (2013) o Camille (2013). Verhoeven mide sólo 1,45 pero es capaz de intimidar al delincuente, revolverse contra la autoridad si lo considera necesario o seguir su instinto para detener a un asesino en serie que emula los crímenes aparecidos en clásicos del género. Una novela que no sólo enganchará a los amantes de la novela policíaca sino también a todos aquellos que disfruten con la literatura.

Una Granada franquista

Otro personaje de marcada personalidad, tan acentuada como el creado por Lamaitre, es el protagonista de Gran Granada, la última novela de Justo Navarro publicada por Anagrama. El comisario Polo es un policía octogenario, con una mirada marcada por sus trece dioptrías, ingeniero de telecomunicaciones, visionario de la vigilancia, profeta del espionaje televisual y telefónico que anticipa, según el propio autor, “la transición del estado policial a la sociedad policial”.

Un abogado aparece muerto en la Granada franquista de 1963, un año en que se produjeron unas grandes inundaciones que motivaron incluso la visita de Franco y su séquito. Un año que, en palabras de Navarro, supuso la regeneración económica de la ciudad, al desarrollarse una industria inmobiliaria en sustitución “de una economía basada en la agricultura, la azucarera y el tabaco”. Pero la presencia del caudillo obliga a la policía a acelerar la investigación de un caso que aparentemente es un suicidio aunque Polo considere que se trata de una asesinato.

La novela gira así en torno a tres temas: la contradicción entre la ley y el orden, que lleva a la policía a esforzarse en ocultar los crímenes ante la inminente visita de Franco más que en investigarlos; la hipocresía de separar la vida pública de la privada, que se rompe con la aparición de las nuevas tecnologías de espionaje; y el tema amoroso. Porque en Gran Granada, Navarro construye una historia a partir de “un chantaje, con un trasfondo amoroso, y una sucesión de asesinatos, a los que se enfrenta este viejo comisario antes de que Franco llegue a la ciudad”.

El escritor andaluz (Granada, 1953) ahonda a su vez en lo que considera el origen de la sociedad de la vigilancia electrónica, con una trama que gira en torno al uso de micrófonos o cámaras ocultas en una investigación. El propio comisario Polo anticipa incluso el uso que se hace a día de hoy de estas nuevas tecnologías al apuntar que “todo el mundo debería llevar un teléfono consigo como un grillete, como una pulsera”. Como apuntaba recientemente el autor: “una sociedad en la que todos son policías. Ya no hace falta recurrir a la tortura para obtener información: basta con mirar en Facebook”.

Elemental (querido Watson)

El caso de No tan elemental (Arial), del escritor y director de televisión Daniel Tubau, es distinto. En esta ocasión no estamos ante una novela sino ante un ensayo que invita a desentrañar los secretos del detective literario más importante de la historia: Sherlock Holmes. Maestro de la deducción, precursor del método científico en la investigacion, de la criptografía y de la ciencia forense, Tubau invita al lector a observar la realidad de otra manera, a mirarla como lo haría el propio Holmes. Descubrir los signos de lo que nos rodea, analizar las cosas de otra manera, no conformarse con esa primera impresión tan habitual a la hora de ver lo que nos rodea.

En No tan elemental —frase que remite a la célebre “Elemental, querido Watson”, que no aparece en los textos de Arthur Conan Doyle sino que se añadió posteriormente en las películas, como la gorra o la pipa— Tubau intenta mostrar que nuestro pensamiento se acerca más al de Watson, “un pensamiento perezoso y poco sofisticado”, en palabras del escritor. Seríamos capaces sin embargo de acercarnos al de Holmes si entrenáramos la intuición o buscáramos otras formas de mirar. Para Tubau, el mérito del detective asesor inglés es ver signos, “no en vano es el precursor de la semiótica”. Pero signos incluso en su ausencia, como el caso de un perro que no ladra cuando ha de hacerlo.

Porque el acierto del libro es el minucioso estudio que se hace sobre un personaje considerado casi real al compararlo con algunos de los grandes pensadores de la Historia. Desde la habilidad del crítico de arte Giovanni Morelli para distinguir el autor de un lienzo sólo con fijarse en la forma de una oreja hasta el filósofo Francis Bacon a la hora de analizar la realidad desde un punto de vista filosófico. El método analítico de Holmes no es unívoco sino la mezcla de muchos métodos: la deducción, la intuición, la observación llevan al detective a la resolución del caso.

El libro ahonda igualmente en la influencia que el personaje de Conan Doyle ha tenido en disciplinas científicas de las que ya hemos hablado como la psicología o la ciencia forense. Hasta el propio proceso creativo se puede ver influido por los métodos holmesianos. Lo científico aplicado al mundo criminal que ha dado seguidores, escuelas de investigación, fans, nuevos personajes literarios… Pensemos en House, por ejemplo, como un Holmes convertido en médico, en las dos películas protagonizadas por Robert Downey Jr., o en las dos series que retratan al personaje en pleno siglo XXI: Sherlock y Elementary. Son éstos algunos ejemplos de que la criatura de Conan Doyle sigue hoy de actualidad y ha sobrepasado a su propio autor.

La decisión de Korina

—Mejor será que eches a correr y no pares hasta llegar a las dunas de Elrond. Es lo más prudente que puede hacer una niña como tú. ¿Qué harías si te toparas con los gigantes de Golgomath, grandes como montañas y con la misma fiereza de los orcos? ¿Subsistirías a la maldición del jinete sin cabeza que cabalga rumbo a Sleepy Hollow? Lo más sencillo es huir, Korina, no hay lugar en estas tierras para quienes no son capaces de enfrentarse a sus miedos. Piénsalo bien. En qué te convertirías si te quedaras… Podrías defender Zion del ataque de las máquinas o seguir a Arturo por tierras inhóspitas en su búsqueda del Grial. Confiarías en la Fuerza contra el Lado Oscuro o dejarías que te robara el corazón el temible Pirata Roberts.

»Estas fueron sus palabras —dijo el abuelo mientras cerraba el libro.

Su nieta, protegida tras una almohada, le interrogó con los ojos, animándole a seguir.

—Entonces sucedió algo increíble… Korina comenzó a correr con la velocidad de un gamo. A su espalda sentía el aliento de nigromantes sobre corceles negros, la mirada sangrienta del ojo de Sauron, la carcajada histriónica del Duendecillo Verde. Incluso creyó ver el rostro de un falso sacerdote con los nudillos tatuados de Amor y Odio, al que confundió con el malvado sheriff de Nottingham. Y continuó huyendo hasta que le pareció oír el sonido de las olas. Había llegado a una playa de fina arena blanca y aguas de color esmeralda. Allí, escondida tras un pequeño montículo, se quedó dormida.

—¿Y qué pasó? —apremió la niña.

—Ocurrió que al despertar, Korina se vio sola —respondió su abuelo con un gesto de ternura—. Frente a ella estaba el mar, y la línea de un horizonte oscuro, pero no su familia, ni sus amigos. No había nadie. Así que se levantó y, decidida, emprendió el camino de regreso. Debía enfrentarse al fundador de Mordor, a hechiceros con cabeza de serpiente o a los trasgos que poblaban todas aquellas películas de las que nunca había visto el final.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Almodóvar (o la pereza)

Cada estreno de una película de Almodóvar viene precedida de un bombardeo mediático: entrevistas, portadas en los suplementos de fin de semana, análisis detallados del carácter de sus protagonistas femeninas, esa impronta que ha hecho famoso al director manchego. Los medios se vuelcan por el valor que tiene un cineasta que ha traspasado las fronteras, convertido desde hace lustros en un icono del cine patrio. A mí cualquier estreno de Almodóvar me produce pereza: no me interesan sus historias, ni sus personajes, ni los entornos en los que sitúa sus argumentos, a veces ni siquiera las actrices a las que dirige, se llamen Penélope Cruz, la recientemente fallecida Chus Lampreave, Elena Anaya o Leonor Watling. Y ya no hablemos de Rossy de Palma. Hace ya no sé cuántos años acompañé a una amiga a ver Tacones lejanos, aquel drama con un Miguel Bosé travestido cantando temas de Luz Casal y las nada contenidas Victoria Abril y Marisa Paredes. Fue una de las dos únicas veces que he querido huir de la sala de cine ante la vergüenza ajena que me producía lo que estaba viendo. Mi amiga, en cambio, salió enamorada de los personajes, de las situaciones, de la música… Fue entonces cuando supe que el problema con el cine de Almodóvar era mío. Al poco tiempo, y en el marco del Festival de Cine de San Sebastián, presentaban unos minutos de Kika y su primer trabajo en Súper 8: Folle, folle, folléme… Tim, uno de esos filmes que hacía para y con sus amigos y que a los que el propio director ponía voz mientras los proyectaba en el salón de su casa. Algo que debía de ser muy divertido y transgresor pero que en mí sólo provocó bostezos. Fue la última vez que he entrado en un cine a ver alguna de sus películas. Lo he intentado, lo juro. Me senté a ver en su momento (en casa y con un vino para pasar el trago) Volver y Todo sobre mi madre, dada la cantidad de premios que habían obtenido. Algo tendrán, decía mi inocencia. Pero no fui capaz de aguantar ni media hora. No me creía nada de lo que me contaba, me saturaban los gritos de sus protagonistas, incluso sus silencios, me molestaba el color del vestuario o de esa fotografía coloreada como de otra época. Me alegro de que reconozcan su trabajo, pero me da un poco igual que Julieta sea el peor estreno de una de sus películas en veinte años. Aunque siento un pinchacito en el alma: siempre he experimentado una atracción ante una actriz como Emma Suárez. En esta ocasión, ni siquiera ella me acercará al film.

Extraído de la revista virtual Espacio Luke nº 171 del mes de abril

El «remake» de Ben-Hur

Es difícil mantener una industria como la cinematográfica sin caer en la repetición. Y no lo olvidemos: Hollywood entendió hace muchos años que lo suyo era una industria, un negocio. El cine y la calidad unidos podían relegarse a pequeños artefactos puntuales o a directores emparentados con el cine de autor. Pero no nos equivoquemos: América hace buen cine si entendemos que éste es una forma más de entretenimiento. Para pensar o reflexionar sobre la vida ya tenemos las películas francesas. O chinas. Pero, como decíamos, es difícil mantener una industria, sin que caigamos en las repeticiones: los remakes, ese gran concepto, que aunque no sea nuevo parece cada vez más actual. No olvidemos, por ejemplo, que Luna nueva (His girl friday, 1940), con Cary Grant y Rosalind Russel, y dirigida por el gran Howard Hawks, no sólo era una adpatación de una obra de teatro (The front page) sino que fue la segunda de las cuatro versiones que se filmaron. Y la tercera, Primera plana, de 1974, estuvo dirigida pro Billy Wilder e interpretada por Jack Lemmon y Walter Matthau. Casi nada.

Pero retornemos a la actualidad. Se ha anunciado la nueva versión de Ben-Hur, que ha dirigido Timur Bekmambetov, a partir de la novela original de Lewis Wallace, con el británico Jack Huston (en el papel de Judah Ben-Hur), Toby Kebbell (en el de Messala) o Morgan Freeman (como Ildarin, el dueño y entrenador de los caballos de la famosa carrera de cuadrigas). Ben-Hur ya fue llevada al cine en varias ocasiones, la más conocida en 1959, protagonizada por Charlton Heston y dirigida por William Wyler. Han pasado casi sesenta años y se mantiene aún como una película enorme (la escena de las cuadrigas sigue siendo espectacular), repleta de momentos brillantes de buen cine (más allá de sus once premios Oscar). Por qué entonces una nueva versión y no limitarse a homenajes como el de la carrera de vainas de La amenaza fantasma. Conociendo el antecedente de una película como Ben-Hur, llevar a cabo un remake podría acabar en engendros como las versiones de Charada (La verdad sobre Charlie, en 2002), Psicosis (la de Gus Van Sant de 1998 quería imitar plano a plano la original de Hitchcock pero en color) o Desafío total (en 2012, con Colin Farrell en lugar de Schwarzenegger), por citar tres ejemplos. Y es que, a veces, sobran las imitaciones.

Extraído de la revista virtual Espacio-Luke nº 170 del mes de marzo

Spotlight

Quizás exagere si digo que Spotlight es seguramente una de las mejores películas del año. No sólo porque está construida sobre un guion sólido, en el que quedan visibles las dudas de los protagonistas, sus miedos, sus ganas de investigar en lo que puede acabar siendo la noticia del año, sino porque nos acerca a una forma de narrar alejada del cine americano de hoy. Podríamos decir que la película no parece americana. Y esto, en el caso de una cinta que trata de un tema real y tan arriesgado es una virtud en sí misma.

Hagamos historia: la película refleja los meses que dedicaron cuatro periodistas del diario The Boston Globe a desentrañar cientos de casos de curas pederastas ocurridos a finales del siglo pasado y que la iglesia católica había intentado ocultar. La llegada de Marty Baron, exdirector del Miami Herald a la dirección del Globe, impulsó una sección llamada Spotlight en la que trabajaban cuatro periodistas y que apostaba por el periodismo de calidad, por la investigación, por la búsqueda de noticias de relevancia social. En vez de cerrarla (hubiera sido lo lógico: el periodismo estaba recortando puestos de trabajo, se había convertido ya en un negocio que primaba los beneficios frente a las noticias, el sensacionalismo o el rumor frente al contraste de las fuentes), se hizo eco de un caso que podía haber pasado desapercibido y que supuso meses de investigación, de presiones para que no viera la luz y de tensión con las altas esferas de una ciudad de Boston que había permanecido muda ante la evidencia.

Con estos mimbres, el director Tom McCarthy (nadie hubiera dado un duro por él tras películas como Con la magia en los zapatos) construye un film en el que lo importante es el guion (escrito a cuatro manos junto a Josh Singer, conocido por algunos de los textos de El ala oeste de la Casa Blanca o El quinto poder) y los actores (espléndidos Michael Keaton, Racher McAdams, Liev Schreiber y sobre todo Mark Ruffalo). La película adquiere gracias al director el tono de las grandes historias, ésas en las que el espectador se deja llevar porque entiende a sus protagonistas, comprende sus reticencias a la hora de enfrentarse a una situación, se pregunta cómo reaccionaría él, si lo haría de igual manera en un caso parecido. Y tras bucear en su historial cinematográfico recuerda aquella otra película sobre periodistas (Todos los hombres del presidente, de Alan J. Pakula) en la que Robert Redford y Dustin Hoffman ponían rostro a los archiconocidos Woodward y Bernstein (los periodistas del Washington Post que destaparon el Watergate). Y entonces sospecha que el cine americano sabe bucear en sus debilidades, construir una historia sobre periodismo de investigación que no resulte aburrida y, quizás incluso, subrayar que para que una sociedad avance de forma saludable debe lograr que el cuarto poder sea fiel a sus orígenes y no a las leyes que marque el mercado.

Extraído de la revista virtual Espacio Luke nº 169 del mes de febrero

El despertar de la Fuerza

Me temo que a estas alturas del programa lo que pueda escribir sobre El despertar de la Fuerza ya habrá sido escrito. He oído a espectadores decir que es espectacular, que retoma con pulso la historia que quedó inacabada hace demasiados años; otros reniegan de este séptimo episodio porque creen, acaso, que es más de lo mismo; incluso conozco personas que sestearon durante la proyección o que se arrancaron de la cara las malditas gafas 3D. Yo tengo un poco de todos ellos, aunque mi punto de frikismo admita que fui de los que asistieron ojopláticos al preestreno, de los que aplaudieron con el fundido en negro final, de los que se emocionaron al contemplar a Han Solo, Leia Organa, Luke Skywalker, Chewbacca, RD-D2 y C3-PO. Hay un punto en El despertar de la Fuerza que me atrae, y es precisamente lo que creo que han hecho bien tanto su director (J.J. Abrams) como sus guionistas (Lawrence Kasdan, Michael Arndt y el propio Abrams): volver a la estética original y ningunear la de aquellas tres precuelas que perpetró George Lucas. Porque lo que el nuevo capítulo de Star Wars ofrece es sólo la repetición de las claves que la mantienen como una de las sagas económicamente más rentables de todos los tiempos: robots con sentimientos humanos —la presencia de BB-8 es todo un hallazgo y moderniza aquellas actitudes de R2-D2—; protagonistas jóvenes e inocentes que se rebelan contra lo establecido pero quizás no contra su destino —desde Rey sustituyendo el rol de aquel joven Skywalker de finales de los setenta, hasta Finn huyendo de su origen como stormtrooper—; la eterna lucha entre el Bien y el Mal —La Resistencia y La Primera Orden, pero también nuestras propias peleas internas entre la Fuerza y el Lado Oscuro—; batallas espaciales vertiginosas que destruyan una cada vez más grande Estrella de la Muerte, caballeros medievales con espadas del futuro —el combate entre la propia Rey y el alter ego de Darth Vader (Kylo Ren) es desde mi punto de vista lo mejor de la película, al tiempo que nos prepara para la siguiente entrega—. J.J. Abrams no ha inventado nada: se ha limitado a fotocopiar lo mejor que tenían las originales (sobre todo La Guerra de las Galaxias y El retorno del Jedi) para crear una película al gusto de aquéllos que disfrutamos con ellas. Reconocemos a los personajes, sus tics, un envejecimiento que nos lleva al nuestro, incluso sus frases; nos dejamos atrapar por sus guiños cuando vemos volar el Halcón Milenario, o la máscara idealizada y rota de Darth Vader, o cuando nos metemos en una taberna tan parecida a la que nos sorprendió la primera vez que vimos La Guerra de las Galaxias. El logro de George Lucas fue conseguir crear un universo particular, mezcla entre pasado y futuro, en el que combinaba dististos géneros cinematográficos y literarios, una revolución en el cine de los setenta, y en especial para los espectadores que acudíamos a las salas a ver las peripecias galácticas de dos robots, un wookiee y tres humanos contra el Imperio. Su segundo logro fue entender que el merchandising le haría rico incluso más allá del argumento de lo que filmase. El logro de J.J. Abrams ha sido construir una película con el estilo de quien sabe que el cine es entretenimiento. Y volver al ideario de aquella primitiva frase: Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana…

Extraído de la revista virtual Espacio Luke nº 168 del mes de enero

Sonrisa rota

Te contaré que fue tu reflejo en el cristal lo primero que vi al entrar en los grandes almacenes; tu mirada azul como perdida en el infinito y tus dientes separados que te brindaban cierto aire juvenil. No me preguntes por qué pensé en Madonna y en su diastema. O en Vanessa Paradis, en una historia de vampiros y en las sonrisas cuando son verdaderas. Recuerdo a mi abuela decir que la sonrisa se transmitía a través de la mirada; que unos labios pueden engañar, unos ojos no. Nunca entendí aquella frase porque yo, por mucho que mirase, no podía ver más allá. Me hubiese perdido por una sonrisa —lo hice en alguna ocasión— y me dejé engañar por ella confiando en que sería tan amable como el primer día. Pero en tu caso recuerdo que la mezcla de ambas —mirada triste y lejana, sonrisa rota— me hizo dudar. O quizás fuera ver tus dedos pegados a la baranda, como si quisieran sentir la textura y el frío que transmitía el cristal. Aunque no pude sospechar nada hasta que te vi cerrar los ojos, subirte a la barandilla y dejarte caer sobre una multitud que hacía las compras.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

El cine como atracción

Qué nos lleva a proyectar nuestra vida en la de otros, a sentir que los personajes de una película o una serie tienen la suficiente fuerza como para creer en ellos. Por qué una historia nos atrapa, nos agarra con ímpetu de las solapas sin que podamos escapar de la butaca, o del sofá, o de nuestra cama en la que soñaremos con lo que nos gustaría ser. Cuál es el motivo de que algunas películas sigan haciéndonos llorar, provocándonos la carcajada, obligándonos a bailar o a saltar a un vacío sin red. Queremos ser como Fred Astaire poco antes de confesarle su amor eterno a Ginger Rogers; descender por el monte Rushmore con Cary Grant del brazo de Eve Marie Saint; abrir el maldito portón de la furgoneta para que Meryl Streep pueda abrazar a Clint Eastwood; creer que realmente “Nadie es perfecto”, y que no importa, que el sentimiento puede guiarlo todo; caminar por la cuerda floja sólo para volver a experimentar el placer de compartir con Robert Redford y Paul Newman un engaño en las apuestas; tomar la pastilla azul y elevarnos en el aire como un ángel negro —quién no ha querido además participar en una revolución contra las máquinas, seres de otras galaxias, el Imperio…—; deseamos codearnos con la alta sociedad en un hotel de Cannes haciéndonos pasar por un maderero de Oregón y sorprendernos con el sombrero de ala ancha de Grace Kelly; cantar “Todo te lo puedo dar menos el amor, Baby” acompañado de Katharine Hepburn; repetir el mismo día una y mil veces al lado de Andy MacDowell; bailar bajo la lluvia y hacerlo como Gene Kelly; sufrir la maldición de un escorpión de jade que nos susurra “Constantinopla”; engañar al futuro emperador como un ilusionista con el rostro de Edward Norton; creer que la Navidad es para siempre y que un ángel sin alas llamado Clarence estará ahí para salvarnos. Es la magia del cine, el recuerdo de imágenes que conformaron nuestra infancia, nuestra juventud; la atracción por historias que nos empujaron a creer que algún día también nosotros sabríamos emocionar con nuestros sueños.

Requisitos para ser una persona normal

La normalidad, ese concepto que nos arrastra y nos etiqueta cuando hacemos cosas que no se parecen a las que hacen (o esperan) los demás. Qué requisitos planean sobre María de las Montañas —la protagonista de la primera película de Leticia Dolera como directora— y que definirían a una persona normal. Pues según ella tener trabajo, casa, pareja, vida social, aficiones y vida familiar. Con todos estos elementos unidos cualquiera que se precie debería ser feliz. Así que María se vuelca con fuerza en cumplir esos mínimos. El problema es que le han echado de su piso, no tiene pareja, se ha quedado sin trabajo, no tiene hobbies que destaquen y con su madre no se lleva precisamente bien. Pero entonces conoce a Borja, un joven regordete y pelirrojo que trabaja en Ikea, antítesis de lo que podría definirse como normalidad. Él se propone a ayudarla a ser una persona “normal”; ella a quitarle esos kilos de más. Si ambas cosas fueran posibles.

Escrita por la propia Leticia Dolera, Requisitos para ser una persona normal se llevó cinco premios en el último Festival de Málaga —Mejor Guión Novel, Fotografía, Montaje, la Mención Especial del Jurado Joven y el Signis otorgado por la Asociación Católica Mundial para la Comunicación—. La complicidad entre los dos actores protagonistas —Dolera y un sorprendente y divertido Manuel Burque— transmiten frescura, guían la cinta por los cauces de un cine desenfadado, que incita a la sonrisa no sólo por lo sorprendente de la amistad entre María y Borja, sino también por el tratamiento visual de la misma: la utilización de recursos tipográficos, el color que ilumina toda la película, la sensación de optimismo que transmite incluso en los momentos de mayor tensión dramática.

La actriz catalana comentaba en una entrevista que su intención era contar una historia de amor y amistad, una historia con “unos valores muy positivos: aceptarte como eres, no intentar encajar en lo que los demás esperan de ti, sino en mirar hacia dentro y ser tú mismo”. Quizás por esa necesidad de buscar el lado amable de las relaciones, la película cojee en la existente entre María de las Montañas y su madre (Silvia Munt), de la que se podía haber sacado mucho más juego. Como si Dolera no quisiera ahondar en el lado más triste de la relación materno-filial, ni en la amistad que la madre mantiene con otro grupo de mujeres cansadas de todo (entre ellas Carmen Machi) y que buscan nuevas formas de sentirse realizadas. También pasa de puntillas por la relación de Borja con su abuela, de la que seguramente se podría haber sacado mucho más partido. Pero incluso con esas máculas o la sensación de que el guión te encamina según las reglas de cualquier comedia romántica, la película se disfruta con la emoción del que espera el happy end. Y al salir de la sala, sonríe.