En defensa del cine español (y vasco)

El cine español se ha hecho mayor, lo demuestran los números de taquilla y la calidad de los filmes que se presentan. También una nueva hornada de actores, que no es tan nueva porque llevaba lustros ejerciendo de secundarios de lujo, buscándose un hueco en el proceloso mundo de la actuación —o de cualquier arte— y de directores cargados con maletas de ideas frescas.

Tan sólo reflejaré la lista de los ganadores de los premios Goya de esta década como ejemplo de lo que digo: Pa negre, de Agustí Villalonga (2011), No habrá paz para los malvados, de Enrique Urbizu (2012), Blancanieves, de Pablo Berger (2013), Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba (2014), La isla mínima, de Alberto Rodríguez (2015), Truman, de Cesc Gay (2016) y Tarde para la ira, de Raúl Arévalo (2017). A este primer film de Arévalo como director —un actor de registros variados que mostraba su buen hacer también detrás de la cámara— se sumaban algunas películas superlativas, de ésas que un crítico de la cinematografía hispana hubiera valorado sin sonrojarse o poner en tela sus prejuicios: Un monstruo viene a verme (de J.A. Bayona), Cien años de perdón (lo mejor de un irregular Calpasoro) y Que Dios nos perdone (de Rodrigo Sorogoyen, o cómo hacer buen cine negro español sin echar de menos True Detective).

En la próxima edición de los Goya hay tres claras favoritas: Handia, de Aitor Arregi y Jon Garaño, El autor, de Manuel Martín Cuenca y La librería, de Isabel Coixet, con 13, 12 y 9 nominaciones respectivamente. En el primer caso, el hecho de que se trate de una película en euskera y basada en un personaje real, el llamado Gigante de Altzo, le otorga una mayor relevancia si cabe. No sólo es una gran película de época, con dos actores sobresalientes (Eneko Sagardoy en el papel del gigante Joaquín y Joseba Usabiaga en el de su hermano Martín) sino que permite hacerse una idea de la discriminación lingüística y social en la España del siglo XIX (recomendable acercarse al filme en versión original, porque comprenderíamos mejor las dificultades de estos dos hermanos en la corte de la malcriada reina Isabel II).

Por otro lado están dos filmes que se adentran de una manera u otra al mundo literario. En La librería, una joven decide montar una tienda de libros en un pequeño pueblo de la costa inglesa con la oposición de las fuerzas vivas de la localidad (con un guion basado en una gran novela del mismo título escrita por Penelope Fitzgerald, a la que cualquier amante de la literatura debería acercarse); en El autor, un pasante de notaría se empeña en escribir la novela de su vida, asiste a un taller literario impartido por un profesor caradura y comprueba con desgana el éxito editorial de su mujer gracias a una obra que considera menor. Dos ejemplos antagónicos, que muestran sin embargo la relación que siempre ha existido entre la literatura y el cine, narrados de forma más costumbrista por Coixet —aficionada a relacionarse con actores internacionales y a rodar en inglés, pero que no logra perfilar, en este caso, el comportamiento de los personajes, que aparecen planos, sin vida, sin motivaciones claras de sus actos—, y más realista por Martín Cuenca —que cuenta aquí con la inestimable presencia de un Javier Gutiérrez que vuelve a bordar el papel como ya lo hiciera en La isla mínima—.

Tengo amigos que no ven cine español. Creo que se equivocan. En esta pequeña relación de grandes largometrajes me he dejado algunos títulos. También otros que fueron recibidos con alharacas pero que acabaron siendo humo. Quizás no se trate de un cine tan espectacular como los blockbusters americanos, pero cuentan cada vez más con guiones, directores y un reparto excepcionales.

Artículo aparecido en el nº 182: enero-febrero 2018 de la revista Espacio Luke.

Abandonando las salas de cine

Cada vez veo más cine en casa, en un televisor de tamaño mediano que me compré hace unos años y que, si apago la luz, me brinda la sensación de estar en unos multicines. Sigo prefiriendo la sala oscura y la pantalla grande, pero soporto peor a mis compañeros de butaca: ese empeño por mirar el móvil en mitad de la proyección, o que lo abran para responder un WhatsApp, o que alguien conteste una llamada apatentemente vital para el receptor —sí, prefiero carne en vez de pescado—, o que se rían de chistes que no lo son o no dejen de hablar en toda la película —conversaciones privadas que poco tienen que ver con lo que están viendo pero que deben de ser igual de trascendentales como para no tratarlas en la calle o en casa—.

En su último libro, Los refugios de la memoria (Editorial papelesmínimos) el escritor vallisoletano José Luis Cancho dice valorar las artes silenciosas, la literatura, la pintura, un aspecto que quizás tenga que ver con la edad, que le molesta el volumen atronador de las salas de cine. Un sonido que te envuelve como si el director quisiese meterte también en la película. Hace unos años mi tía me dijo algo similar: había dejado de ir al cine por el permanente estado de tensión que le había provocado el largometraje: los sonidos surgían de un altavoz a la izquierda, se desplazaban luego a la derecha, y hacia atrás, aspectos que la despistaban, que la hacían desconectar del argumento. Y a eso se añadía el movimiento veloz, acelerado, urgente, de un cámara con Párkinson. Salió de la sala mareada y decidió no volver a sufrir tamaña experiencia. En el salón de su casa las películas le resultaban más pausadas, menos estrepitosas.

Desde unos meses a esta parte siento que el volumen de los filmes de accción se ha multiplicado. Me pasó este verano con Atómica, de Charlize Theron, y especialmente con Baby Driver, cuya banda sonora era como meterse un chute de adrenalina. Y a la orquesta de ruidos se le añadía el empeño de nuestros compañeros de proyección en que supiésemos que también ellos estaban allí. Se sentó delante de mí un tipo cuya ropa no había pasado por una lavadora en meses. Me temo que tampoco él era asiduo a la ducha, a juzgar por el pringue de su cabello. De pronto la sala se llenó de un olor acre, a sudor, a tabaco rancio, a establo. Y pensé que a las nuevas tecnologías cinematográficas les faltaba algo de eso. Ya no bastaba con el 3D, el Dolby Surround 7.1 o el THX. Lo verdaderamente novedoso sería que los espectadores descubriéramos los olores de los espacios en los que se movían los protagonistas. Que experimentáramos la sensación de entrar en un laboratorio forense, y nos llegara esa vaharada que anticipa el descubrimiento de un cadáver y que parecía haber inundado aquella tarde nuestra proyección.

Aparecido en el número 180 de septiembre-octubre de la revista Luke.

Una propuesta para dejarlo todo

El anciano le dijo que no era complicado: sólo tenía que desprenderse de los objetos que le anclaban a la vida. En primer lugar, aquellos más triviales: los libros, los cedés de música, las películas de dvd que le hacían soñar; también los cuadros y fotos de las paredes que le devolvían al pasado, los muebles de la casa que compraron juntos y finalmente la bici con la que practicaba deporte para sentirse joven. Por último, el trabajo, el coche, la hipoteca del piso… Y cuando abandones estas cosas, tira la ropa que te identifica, ese otro distintivo de clase. Y en tu desnudez preséntate ante mí, verás tu fragilidad, la inutilidad de aquello a lo que nos atamos. Así se lo dijo y él obedeció: quería sentirse libre. Hasta que, desvalido, comprendió que los recuerdos permanecían en él y no sabía cómo desligarse de ellos.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

¿Alguien sabía dónde estaba Dunkerque?

De repente el cine nos ha devuelto a un tiempo y a una batalla. Se trata de Dunkerque, la operación de rescate que en plena Segunda Guerra Mundial permitió que miles de soldados británicos fueran evacuados de las costas de Francia. Un hecho que encumbró a Churchill como gran estadista y que permitió que los ingleses vendieran la derrota como una victoria. Dos películas magnifican dicha batalla: Durkerque, de Christopher Nolan, y Su mejor historia, de la directora danesa Lone Scherfig.

Tras la trilogía del Caballero Oscuro e Interstellar, Nolan se adentra en la descripción de un hecho histórico que curiosamente, y pese a tratarse de un film bélico, tiene menos de espectacularidad que de retrato humano. Porque aunque transcurra en plena guerra, Dunkerque es una película íntima, cuya narrativa se acerca más a Memento —aquel film sobre un detective incapaz de recordar algo si dejaba de prestarle atención, que buscaba al asesino de su esposa a partir de fotos que sacaba de los momentos trascendentes y tantuándose el cuerpo, y que estaba contada del final al principio, a base de analepsis y prolepsis— que a una con un orden cronológico tradicional.

En Dunkerque los acontecimientos transcurren a lo largo de una hora, un día y una semana, y se cuentan desde diferentes perspectivas que convergen y permiten al espectador construir el puzle de este rescate en el que participaron cientos de pequeñas embarcaciones —o como ordenó Churchill, «todo lo que flotase»—, que recorrieron las cuarenta millas que separan las dos costas del Canal de la Mancha. Apenas hay sangre, los diálogos son escasos —la banda sonora de Hans Zimmer se encarga de subrayar las emociones—, pero la tensión permanece desde el comienzo. Una cinta que es además la más corta de la filmografía de Nolan, acostumbrado a sobrepasar de largo las dos horas. Dunkerque transmite veracidad, miedo, indefensión, y quizás sólo podríamos reprochar que su director haya soslayado el contexto, explicar por qué hubo que evacuar a los casi cuatrocientos mil soldados aliados, o qué pasó con los franceses, encargados de contener a los nazis.

Pero como apuntaba, otro largometraje refleja los acontecimientos de la llamada Operación Dinamo, que convendría ver justo después de la anterior. Su mejor historia muestra la importancia de la imagen y en concreto del cine como elemento de propaganda. Ante la situación de guerra con Alemania, y después de la derrota de Dunkerque, el Ministerio británico de Información ordena producir una película que glorifique la evacuación y la supuesta hazaña de dos hermanas que se lanzaron en un barco a salvar a sus compratiotas. La producción servirá para exaltar el heroísmo de la gente corriente, para levantar la moral de una población y unas tropas que se sienten derrotados. La labor de la guionista —la actriz Gemma Arterton—, una mujer en un mundo de hombres no sólo consistirá en lograr que el argumento cale en el público sino que se lleve a cabo reflejando el lado femenino. Su mejor historia narra las dificultades de la construcción del guión, de un rodaje en plena guerra, y lo hace centrándose en los personajes e intercalando lo dramático con lo cómico —genial Bill Nighy en el uso de ambos registros—, en lo que puede parecer un film ligero pero que conserva el pulso de las historias contadas para permanecer en el recuerdo.

Artículo aparecido en el número 179 de julio-agosto de la revista Luke.

El ataúd de cristal

Huyo de las películas de terror. No soy adicto a los sobresaltos gratuitos, a la tensión opresiva o a los personajes desencajados. Tampoco a la casquería gore ni a la sangre a chorro de Tarantino. Siempre he concebido el cine como un arte en el que ha de primar el guión, pero en el que he buscado una amplia dosis de entretenimiento. De ahí que los filmes que me describen la cruda realidad social, el mundo de las drogas o el maltrato físico y psicológico provoquen en mí cierta tendencia a la huida. Los veo, valoro su calidad —o su carencia— y tiendo a olvidarlos.

Algo parecido me sucede con cintas como Saw, La noche de Halloween, Pesadilla en Elm Street o The eye, por citar algunos ejemplos, a las que procuro no acercarme. Las pasé canutas cuando vi El exorcista, a pesar de que me quedo embobado cada vez que escucho Tubular Bells; y admito que Psicosis es una gran película, aunque el rostro de Norman Bates (Anthony Perkins) en la última escena sigue produciéndome una agobiante desazón.

Con motivo del FANT de Bilbao tuve la oportunidad de asistir a la proyeccion del primer largometraje del cineasta bilbaino Aritz Zubillaga, El ataúd de cristal, consciente de que no es el género en el que mejor me muevo. Me atraía la idea de que toda la película se desarrollase en una limusina tanto como el hecho de que conociese al director. Zubillaga, además, había recibido el reconocimiento de la crítica y el público con sus siete cortometrajes anteriores, en especial Las horas muertas —nominado al Mejor Cortometraje Fantástico Europeo para los Méliès de oro 2008—, Autoestigma y El método. El hecho de que estos dos últimos se desarrollasen también dentro de vehículos y que todos los cortos fuesen thrillers planteaba para empezar un interesante universo creativo.

El ataúd de cristal es la historia de una actriz —interpretada por la tinerfeña Paola Bontempi—, a la que recoge una limusina para ir a recibir un premio cinematográfico a su carrera y que verá cómo el lujoso vehículo se convierte en la peor de sus pesadillas. Del lujo pasamos a la claustrofobia, de la belleza al horror, empujados por la violencia física y psicológica. La actriz se transforma en un pelele en manos de su secuestrador, y el espectador en un voyeur de los peores instintos del ser humano.

La película es un ejemplo de desasosiego gracias al guión —a veces un tanto excesivo— escrito a cuatro manos entre el propio Zubillaga y Aitor Eneriz, a la fotografía de Jon D. Domínguez, a la inquietante música de Aranzazu Calleja y a una muy buena actriz que sabe transmitir el dolor y la degradación de su personaje. Setenta y cinco minutos de proyección y el regusto final de que el éxito produce monstruos que a veces no somos capaces de identificar.

Artículo aparecido en Espacio Luke, número 178 mayo-junio 2017

Los mejores gazapos de cine

Después del error cometido en la 89ª edición de los Oscar anunciando La La Land como mejor película en vez de Moonlight, y el sonrojo de dos estrellas como Faye Dunaway y Warren Beatty, viene bien acercarse a un libro que explique alguno de los grandes errores que ha dado el séptimo arte. Me refiero a Goof. Los mejores gazapos del cine, de Víctor Arribas, recientemente publicado por Espasa. Las nuevas tecnologías, las redes sociales o la constante información con la que nos bombardean permitieron que la equivocación de los actores de Bonnie & Clyde se hiciese viral y llegase a cada uno de nuestros hogares, analizando cada gesto, cada sonrisa ladeada, los rostros de póker de quienes se dieron cuenta de que la equivocación se debía a su interés por subir a Instagram una foto de Emma Stone con el Oscar a la Mejor Actriz, en vez de hacer su trabajo.

Son precisamente las nuevas tecnologías las que nos permiten descubrir a día de hoy muchos de los gazapos en los que incurrieron algunas de las mejores películas de todos los tiempos. Dos ejemplos: en la famosa carrera de Ben-Hur, de William Wyler, los delfines que se voltean al paso de las cuádrigas no se han movido en la tercera vuelta o desaparece misteriosamente una corona de laurel; y en Con la muerte en los talones, de Alfred Hitchcock, uno de los niños se lleva las manos a los oídos segundos antes de que Eve Mary Saint dispare a Cary Grant.

Es habitual ver a figurantes con relojes de pulsera en películas de romanos, un avión que cruza el firmamento en Troya, pantalones vaqueros en Piratas del Caribe o Gladiator, por citar algunas películas. —Como curiosidad, existe una página web llamada MovieMistake.com, en la que se ha llegado a hacer una lista de las diez películas con más gazapos, en la que abre la lista Apocalypse Now con 562 y la cierra La guerra de las galaxias con 278 errores—.

Más allá de estos gazapos analizados con profusión por Arribas, el libro permite seguir las apariciones de muchos directores en sus propios filmes siguiendo la estela de Hitchcock (Scorsese, Spielberg, Coppola…), los papeles que iban dirigidos a una actriz o actor y que acabaron en manos de otros (el caso más conocido, el de Indiana Jones, que era para Tom Selleck, pero también Cary Grant al que tentaron para hacer de James Bond o Michelle Pfeiffer, la primera opción para convertirse en la Clarice de El silencio de los corderos), o el análisis sobre remakes que podrían haberse evitado o grandes actores/directores a los que nunca concedieron un Oscar. Un libro repleto de pequeñas historias, un disfrute para los cinéfilos.

Artículo aparecido en el número 177 (marzo-abril) de la revista Luke.

El humor alemán de “Toni Erdmann”

Galardonada con cinco Premios del Cine Europeo —Mejor película, director, guión, actor y actriz—, el Premio FIPRESCI del Festival de Cannes o el de Mejor película extranjera del Círculo de Críticos de Nueva York, una de las sorpresas del pasado año ha sido Toni Erdmann, filme alemán escrito y dirigido por Maren Ade. Con tono agridulce, a veces surrealista, otras tan real como humano, la película describe la relación entre una hija (Sandra Hüller) y un padre muy poco convencional (Peter Simonischek). La joven ha triunfado profesionalmente, o al menos es lo que quiere transmitir a su familia, trabaja en una empresa alemana con sede en Bucarest, vive sola y su mundo se rige por la idea de que su profesión es lo más importante; al padre le gustan las bromas, tiene tendencia a disfrazarse —en su bolsillo guarda siempre una dentadura postiza—, y un punto humanitario que le lleva a intentar agradar al prójimo sin adentrarse demasiado en sentimentalismos ni grandes debates. Él también vive solo, aunque mantiene una buena relación con su ex y su nuevo marido, con una madre anciana y un perro moribundo. Padre e hija apenas tienen contacto más que el que brinda el teléfono. Sin embargo, consciente de que ella no es feliz, decide viajar a Bucarest a visitarla, provocando momentos de tensión con los jefes de ella que se vuelven disparatados cuando decide adentrarse en su mundo disfrazado de Toni Erdmann.

A partir de este momento, el espectador asiste al absurdo de quienes viven con el envoltorio del dinero, en una sociedad de contrastes entre el derroche y la necesidad, y atiende a las dificultades no sólo de la relación paterno-filial, sino también a los sinsentidos de la amistad o el compañerismo laboral. La directora juega con el esperpento —la primera aparición de un Toni Erdmann entristecido porque se le ha muerto su tortuga, o la salida de la casa de ella con unas esposas de las que han perdido la llave—, con los vacíos en los que nos sumergimos a diario, los silencios largos en esos diálogos en los que no se sabe qué decir, las meteduras de pata frente al jefe cuando se ha de edulcorar la verdad…

Toni Erdmann es una comedia extraña por lo surrealista de sus situaciones, arriesgada en los planos estáticos o en un ritmo que la llevan a tener una duración de casi tres horas. Es quizás éste uno de los defectos subsanables: los 162 minutos hacen que escenas de la parte central de la trama acaben desgastando al espectador, a veces por repetitivas, otras por la morosidad de sus diálogos. Aunque cuando parece que la historia va a seguir por estos derroteros, la directora nos sorprende con una curiosa fiesta de cumpleaños y vuelve a recuperar el pulso hasta el final. Sin que nos abandone ya la sonrisa de los labios.

Artículo publicado en la revista virtual Espacio Luke de Enero-Febrero 2017.

Noche en el ballet

Se ha hecho de noche, pronto, o al menos esa es la sensación que ha tenido al ver llegar la oscuridad. En la calle, un velo de agua empapa su ropa. Y el sombrero que se ha vuelto a poner para la ocasión, el regalo de aquella última Navidad.

La mujer de la entrada le saluda con un afectuoso «buenas tardes» y le ayuda a quitarse el abrigo. «Hemos puesto el champán a enfriar. Y si lo desea puedo entregarle el programa». Hace un gesto afirmativo mientras la observa guardar su abrigo y el sombrero en la guardarropía. «Si me acompaña», dice guiándole hasta uno de los asientos del teatro.

«Hoy me sentaré un poco más cerca», anuncia el hombre, «en la tercera o cuarta fila».

«Como desee», y lleva a sus labios una sonrisa; «sígame».

Desde la butaca ve todo el escenario, quizás demasiado cerca, piensa, a él le gusta una panorámica más amplia; pero hoy necesita estar más ligado al ballet, más centrado en la danza. En el pase de ayer estuvo melancólico, triste, y no fue capaz de disfrutar de los movimientos, ni los pas de deux ni los fouetté, ni toda esa terminología que su esposa le susurraba al oído, con un beso de aire.
Uno de los acomodadores deposita junto al asiento una cubitera con hielo dentro de la que reposa una botella de Veuve Clicquot.

«¿Quiere que le sirva?», pregunta la mujer.

El hombre asiente y deja escapar un suspiro. Luego hace un gesto con la mano que parece una orden pero que suena a ruego:

«Pueden empezar cuando quieran».

Coge la copa, en la que la mujer ha vertido un par de dedos de champán, y se la lleva a los labios. Siente las burbujas del vino juguetear en su boca, y un escalofrío que le recorre todo el paladar hasta alcanzar las sienes, segundos antes de apagarse las luces.

Al abrirse el telón, la orquesta desvela los primeros acordes de la obra. Cierra los ojos, prefiere no mirar, al menos no aún, quiere verse con diez años menos, notar en sus labios los de ella. Acababan de tomar una copa de champán y sus besos estaban coloreados por el alcohol. Iba a ser una noche espléndida, una temprana cena romántica y después el estreno de un ballet único. También entonces había comenzado a sonar la orquesta, y el bailarín ejecutaba los primeros pasos del segundo acto. Todo el teatro se había impregnado de una tonalidad azul, mortecina y mágica a un tiempo. Agarraba la mano de su esposa y con uno de sus dedos le acariciaba el dorso hasta que sintió que se removía nerviosa. «¿Qué ocurre?», le preguntó. Pero ya era tarde. La hora había llegado y con ella la certeza de que nunca más volvería a escuchar su voz, ni a sentir sus manos ni a compartir juntos el hermoso baile de un cisne.

La fotografía es de Paula Arbide. La colaboración surge a partir de su proyecto Photowriting

Películas sobre escritores: “El editor de libros” y “El ciudadano ilustre”

Se han estrenado estos días dos películas que cuentan con un breve nexo común: ambas tienen como protagonista a un escritor y muestran de alguna manera la fuente creativa de sus obras. Por un lado está El editor de libros, filme americano que relata la relación entre Thomas Wolf y su editor Maxwell E. Perkins, descubridor de algunos de los grandes autores americanos de la primera mitad del siglo XX —Hemingway o Scott Fitzgerarld— y responsable de pulir y publicar dos de las grandes novelas de Wolf: El ángel que nos mira y Del tiempo y el río. Por otro lado, El ciudadano ilustre, película argentina seleccionada para representar a su país en la próxima edición de los Oscar y ganadora de varios premios, entre ellos la Copa Volpi al mejor actor y el Premio del Jurado Joven del Pasado Festival de Cine de Venecia.

Dos películas resueltas con desiguales trazos, pero basadas en la gran interpretación de sus actores. En la primera, Jude Law, Colin Firth, Nicole Kidman y Laura Linney son los cuatro pilares que sustentan este largometraje nacido de una historia real; en la segunda, son los personajes que pululan el pueblo argentino de Salas, seres surrealistas, a veces esperpénticos, que podrían recordar a aquéllos que inmortalizara David Lynch en Twin Peaks, pero fundamentalmente es su protagonista, el actor bonaerense Oscar Martínez, al que odiamos, perdonamos, comprendemos y con el que llegamos a empatizar.

Centrémonos en esta última. Dirigida a cuatro manos por Gastón Duprat y Mariano Cohn, El ciudadano ilustre narra las peripecias de Daniel Mantovani, un escritor argentino que ha sido bendecido con Nobel de Literatura y cuya obra ha retratado a los habitantes de Salas, el pueblo que le vio nacer y al que no ha vuelto desde que comenzó a escribir. Ahogado por las responsabilidades del premio, sin capacidad ni tiempo para pensar en una nueva novela, recibe una carta del ayuntamiento de Salas que le invita a recibir la mayor distinción municipal: la medalla de Ciudadano Ilustre. Contra todo pronóstico, el escritor decide acudir a su pueblo, donde se rencontrará con su antigua novia, con compañeros de colegio, pero sobre todo con una vida provinciana alejada de la mirada más cosmopolita del escritor. Salas no ha evolucionado, sus habitantes deambulan por unas calles ancladas en el pasado y se sienten orgullosos de ello, de sus costumbres, de su día a día amable y plano. En este sentido, Mantovani representa el progreso, la fascinación de quien ha logrado el éxito, pero también la negación de lo oriundo, de lo propio, de la crítica ante lo que consideramos nuestro. La película trata con humor estas diferencias, para ir tornando hacia lo dramático, sin que el espectador pueda intuir cuál será el siguiente paso de este protagonista vanidoso e inteligente que quizás haya escogido la invitación equivocada.

Crítica aparecida en la revista digital Espacio Luke del mes de diciembre de 2016.

“Que Dios nos perdone”: cine negro español del bueno

Después de ver Que Dios nos perdone, la nueva película de Rodrigo Sorogoyen, al espectador le entran ganas de sumergirse en su debut como director: Stockholm —un filme que se llevaría tres premios en el Festival de Málaga: mejor director, mejor actriz y mejor guion, y que tuvo que realizarse mediante crowdfunding—. La película había sido escrita a cuatro manos junto a Isabel Peña, una pareja que parece compenetrarse a la perfección como lo demuestra Que Dios nos perdone, con la que obtendrían el Premio del Jurado en el pasado Festival de Cine de San Sebastián.

Una sinopsis rápida: En el verano de 2011, con el movimiento 15M en pleno apogeo en Madrid y la llegada de miles de peregrinos para ver a Benedicto XVI, dos policías nacionales de caracteres muy distintos pero con una gran complicidad laboral, se adentran en la investigación de lo que parece ser un asesino en serie.

El planteaminento, simple pero efectivo, podría haber intentado imitar a cintas made in USA al estilo de Seven o Zodiac —que no hubiera sido un mal plan teniendo en cuenta que ambas son de David Fincher—; pero para qué alejarse de la realidad española si ésta hunde sus raíces en personajes más reconocibles, en espacios más castizos, en situaciones que muestran nuestra idiosincrasia. Eso permite a los guionistas definir algunos aspectos de una crisis económica en ciernes, de una España con la religión como bandera, con un sistema policial que como otros muchos prefiere pasar por encima para no llamar la atención, con personajes bravucones y violentos pero tiernos, con otros incapaces de comunicarse pero eficaces a la hora de desarrollar su trabajo, con rencillas entre compañeros, politiqueo de despacho… Y todo ello en una ciudad retratada sin tapujos, mostrando un centro de Madrid decadente, y a seres que intentan sobrevivir en el caos.

Si el guion está construido con acierto —sutiles los diálogos, frases que suenan reales, sin que se note que han sido escritas—, y la trama te lleva feroz hacia el desenlace —incluso pese a los trucos para mantener la tensión del espectador—, la presencia de un plantel de grandes actores logra que salgamos de la sala convencidos de que la película en una demostración de realidad: desde Antonio de la Torre —como el tartaja inspector Velarde— y Roberto Álamo —el resolutivo y violento inspector Alfaro—, pasando por María Ballesteros, José Luis García Pérez o Javier Pereira, por citar algunos.

“Que Dios nos perdone” se adentra en las raíces del mal, pero no sólo a través de la psicología del asesino sino —y este es quizás su mayor acierto— de la de aquéllos que buscan descubrir el rostro de quien ha decidido matar.

Crítica aparecida en la revista digital Espacio Luke del mes de octubre-noviembre de 2016.