Se ha ido otro de los Traveling Wilburys

Cuando he sabido esta mañana el fallecimiento de Tom Petty una idea me ha venido a la cabeza: se ha ido otro de los Traveling Wilburys. Primero fue Roy Orbison, luego George Harrison, ahora Tom Petty. Un músico que citábamos de carrerilla ligado siempre a The Heartbrakers, con los que sacaría su primer disco homónimo nada menos que en 1976. El grupo lideró el rock and roll norteamericano de los ochenta con su estilo acelerado, melodías guitarreras —gracias en parte al guitarrista Mike Campbell, segundo de a bordo y mano derecha de Petty— y letras en las que hablaba de la situación del americano medio, la crisis, sus ilusiones de prosperar. Alcanzó la fama en Estados Unidos donde fue reverenciado y considerado como uno de los grandes músicos del rock al otro lado del Atlántico. En Europa no hubo unanimidad, y menos aún en España, donde fue, quizás, un gran desconocido, sin demasiados temas que alcanzasen las listas de éxitos, a excepción de Learning to fly, I Won´t Back DownFree fallin’. Y formó la que sigue siendo una banda mítica, una broma iniciada al juntarse los hermanos Nelson, Lefty, Otis, Charlie T. y Lucky Wilbury, o lo que es lo mismo, George Harrison, Roy Orbison, Jeff Lynne, Tom Petty y Bob Dylan (casi nada) para grabar la cara B del single This Is Love, del álbum Cloud Nine del ex Beatle.

Tras una comida entre Harrison, Lynne y Roy Orbison, se unieron a Bob Dylan en su estudio de Malibú. Harrison había dejado su guitarra en la casa de Tom Petty, por lo que se pasó a recogerla y aprovechó para llevarse con él al músico. Los cinco compusieron Handle With Careun auténtico bombazo que a la Warner le pareció demasiado bueno para relegarlo a una cara B. Los cinco músicos habían estado tan a gusto tocando juntos que decidieron grabar un álbum completo, compuesto en sólo diez días en la casa de Dave Stewart —otro gran músico de la época—, miembro de Eurythmics, en mayo de 1988. De estas grabaciones saldría Traveling Wilburys Vol. 1.

«Wilbury» era una palabra que Harrison había empleado en la grabación de Cloud Nine cuando algún equipo estaba defectuoso (We’ll bury ‘em in the mix, decía). A partir de ese momento él y Jeff Lynne hablaban de wilburys al referirse a cualquier pequeño error. El término les pareció apropiado para denominar a un grupo nacido fruto de la casualidad. Surgieron así los Traveling Wilburys. Las diez canciones de este primer disco son una muestra de algo que hoy sería casi impensable: hacer buena música rock.

Al poco tiempo moriría Orbison, por lo que el proyecto quedaría cojo, aunque los cuatro miembros restantes grabarían Traveling Wilburys Vol. 3 como homenajeGeorge Harrison falleció en 2001 a los 58 años; Tom Petty lo hizo ayer, de un ataque al corazón. Tenía 66 años. Y me deja con una sensación que me lleva tiempo envolviendo: nos estamos quedando sin referentes musicales.

El ejemplo de la sinrazón política

Lo ocurrido en Cataluña ayer es un ejemplo más de la sinrazón en la que vivimos desde hace unos años. Un auténtico esperpento que si no fuese por la seriedad de los hechos formaría parte de la mejor de las películas de Berlanga. Por un lado, los Mossos acercándose a un colegio electoral tomado por decenas de personas para impedir el voto y preguntando: ¿se puede entrar? ¿No? Pues nos vamos. O a jóvenes levantando muros con paquetes de arena o cemento para impedir la entrada de la Policía. La de fuera, la ajena, la opresora, se entiende. O las urnas retiradas por la Guardia Civil. O gente cargando con bolsas de basura repletas de papeletas que ni la Pantoja, o votando en la calles. Y por otro, las lamentables escenas de miembros de la Benemérita y de la Policía Nacional dando estopa a quienes les impedían el paso: ochocientos y pico heridos, nada menos. También, las imágenes de esos ciudadanos que se revolvían tirando sillas al paso de los agentes, o persiguiendo en masa los furgones policiales o… Como si la violencia fuese una solución, como si desde las instituciones públicas no hubieran podido evitar semejante grado de tensión. Parecen abocados a la máxima: cuando peor, mejor.

A estas alturas creo que ni el Gobierno español ni el catalán tienen razón, pero paralizar una movilización electoral —sea considerada ilegal o no— a golpes demuestra que hay un problema de difícil solución. Un problema que se ha enquistado por la falta de cintura de los políticos, esos seres cuya incapacidad de llegar a acuerdos ha logrado que estemos en un callejón sin salida. Las imágenes de hoy de estudiantes en las calles de Barcelona o las previsibles de mañana con la convocatoria de una huelga general de carácter político sólo provocan incertidumbre. Y a eso añadiremos las muestras de sentimiento patriótico que se están dando en localidades de la península, o la de ayer en el Bernabeu a ritmo de Manolo Escobar.

Llevo tiempo manifestando la ineptitud política de Rajoy y su partido, acostumbrado a la inacción o a las mayorías. Prefiero no escuchar al ministro de Justicia, o a la vicepresidenta, y no digamos ya al portavoz del Gobierno o al del Partido Popular (ese personaje malcarado y lenguaraz). Tampoco me seduce la cantinela de Ciudadanos y de su líder Rivera, un jovencito de ideas rancias situado más a la derecha que el propio PP. De la izquierda, mejor no hablar: el PSOE dejó de ser de izquierdas hace muchísimo tiempo, y Podemos, que venía a relanzar la política, a darle una vuelta, a cambiar, lleva media legislatura sin saber por qué sigue perdiendo votos, e Izquierda Unida dejó de estarlo antes de que el propio partido se enterrase. Los nacionalistas, a lo suyo, los republicanos con su cantinela, los independentistas con la suya, y las minorías qué van a hacer si no tienen dónde caerse muertos. Con este panorama, el futuro se plantea negro, muy negro. En breve, con seguridad en menos de un año, se convocarán elecciones generales y, en este estado de ánimos volverá a ganar Rajoy, y esta vez de calle, ayudado por el peso del mundo rural y de ese sistema electoral que nos hemos dado. Y de nuevo viviremos el rodillo de la mayoría absoluta. Y si ahora lo del diálogo es impensable, entonces será una quimera.

A veces le oigo hablar a José Manuel Maza, fiscal general del estado, cierro los ojos y me parece volver a aquellas imágenes en blanco y negro. Es como si volviera al pasado. A una España centralista y retrógrada. Creo que el despropósito catalán tiene mucho que ver con el empeño en judicializarlo todo, en convertir la justicia en una herramienta más del ejecutivo. ¿Que el referéndum era ilegal? Sin duda. En Cataluña se pasaron las leyes por el forro, las normas de su propio parlamento, las mayorías, todo aquello que hace posible una cierta convivencia. Pero qué hubiera ocurrido si hubieran votado ayer tranquilamente los dos millones de personas que querían hacerlo. Pues nada más que eso: se habría organizado una votación, habría ganado el sí —porque el referéndum iba dirigido a los independentistas, no lo olvidemos— y habríamos vuelto al punto de partida. Y esto es lo verdaderamente importante: desde hace años parece claro que es necesario un acuerdo dialogado a lo que pasa no sólo en Cataluña sino también en Euskadi. Es evidente que existe una desafección a lo que significa ser español —ya sea por educación, por una televisión controlada por los partidos en el poder, por el constante falseamiento de la verdad, no sólo histórica sino de la propia realidad social—. Y que la postura hierática del Gobierno no parece desde luego la más adecuada para calmar los ánimos. La actitud de Rajoy —y de las fuerzas de seguridad del Estado— sólo han provocado tristeza y han reafirmado la postura de quienes quieren dejar España. Y dialogar significa escuchar al otro, escuchar sus opiniones, ceder para llegar a consensos, y en este país las cesiones sólo tienen que ver con el dinero que me puedo llevar para mi terruño. Nos hemos acostumbrado a los diálogos de sordos en los que apenas dejo intervenir al contrario. Porque se trata de eso, de un contrario, de un enemigo, de alguien a quien he de vencer porque sus ideas son distintas a las mías. Como decía hace poco, son actos de fe cusirreligiosos que poco tienen que ver con la razón.

Se votó, mal que bien, y decenas de miles de catalanes mostraron que se quieren ir. Las cargas policiales ayudaron a que se aclarasen las dudas de muchos catalanes que abogan por una Cataluña republicana. Pero quien ganó ayer fue la abstención. Según las cifras de la propia Generalitat votaron dos millones doscientos mil catalanes —un 42% del censo electoral, un 38% a favor del SÍ—, lo que supone que una gran mayoría prefirió quedarse en casa o salir de bares o a andar en bici. Dejemos a un lado la falta de garantías del referéndum (o como lo quieran llamar), el hecho de que hayan salido imágenes de personas que votaron cuatro veces, o que nadie controlara la edad de los votantes o que no hubiera ni interventores, ni junta electoral, ni nada que se le pareciera. O que tras hacer el recuento ha salido un 100,82% de participantes. Un número extraño, cuando menos. Como digo, la abstención ganó ayer por goleada. Una victoria que nadie va a tener en cuenta porque encierra muchas incógnitas que ningún político reconocería. Puigdemont demostró desde el primer día que cualquier resultado iba a provocar un tirar hacia adelante. Una declaración unilateral de la independencia. Qué más daba entonces que se convocase o no una consulta. Nos hubiéramos evitado meses de monopolizar los informativos, los periódicos, las tertulias. Pero si al 58% de los catalanes les da igual, cómo no me lo va a dar a mí.

Y a todo esto, dónde está el Rey. De momento, muy calladito. Rajoy, por su parte, con esa letanía de «hemos hecho lo que teníamos que hacer».

Premio Euskadi de Literatura para Fernando Aramburu

Hay premios que parecen cantados y el Euskadi de este año a Fernando Aramburu en su modalidad en castellano era uno de ellos. Desde su aparición pública Patria se ha convertido en un fenómeno, que le ha valido a su autor la consecución de varios premios —el de la Crítica y el Francisco Umbral a la mejor novela del año—, que siga siendo todavía una de las obras más vendidas del año —400.000 ejemplares y subiendo— o que su argumento sirva para la primera serie de HBO España.

Me alegro mucho por Aramburu, al que considero un gran escritor y al que he podido entrevistar varias veces —la primera de ellas viajando en un autobús a Madrid, con el móvil en la mano, la libreta sobre las rodillas ante la mirada de mi vecina de asiento que me observaba hacer malabares con el bolígrafo y el teléfono—. He leído con placer algunos de sus libros, en especial Años lentos, Viaje con Clara por Alemania —con la que quedó finalista del premio Euskadi en 2011, un premio que ya había obtenido diez años antes con Los ojos vacíos— o los relatos de El vigilante del fiordo y Los peces de la amargura, en estos dos últimos casos con amargo placer dado el tema. He tenido además la oportunidad de charlar con él en varias ocasiones, lo que me ha permitido descubrir a un hombre de fina ironía y ácido sentido del humor. He disfrutado de su conversación las veces que hemos coincidido, muchas menos de las que me hubiera gustado.

Admito que aún no me he atrevido a hincarle el diente a Patria: no soy muy amigo de las novelas extensas y tampoco tengo el cuerpo —aún— para adentrarme en esta visión de la realidad vasca durante los años de plomo. Es demasiado cercana como para no sentirme noqueado por ella. He leído los comentarios de críticos a los que respeto: por un lado César Coca en El Correo «ha construido una novela de enorme ambición porque reparte protagonismo y muestra el dolor que, más allá de sus causas y la consideración moral que pueda suscitar, alcanza a todos»— y por otro Iban Zaldua en el detallado análisis que hizo para Viento Sur —«Uno de los puntos fuertes de la novela, quizá el más potente: la voluntad de abarcar todo, de contar, de una tacada, lo que hasta ahora sólo se había hecho fragmentaria o parcialmente (como él mismo había intentado antes en libros como Los peces de la amargura, Tusquets 2006, o Años lentos, Tusquets 2012). Otra cuestión es cómo lo hace, y si la obra resultante puede calificarse o no de alta literatura» o «Los personajes son, en lo fundamental, estereotipos, reconocibles inmediatamente, y apenas cambian a lo largo de la obra, salvo en su superficie»—. Comentarios que me hacen querer acercarme a la novela. Tendrá que esperar. Quizás cuando le den el Nacional o cuando le vea en una próxima ocasión con un ejemplar para que me lo firme.

Adiós a Florencio Martínez Aguinagalde

Florencio Martínez Aguinagalde fue mi profesor en la UPV y lo recuerdo por su vehemencia a la hora de impartir clase y por su afición al tabaco. Hojeaba esta mañana El Correo cuando me he enterado de su fallecimiento, este sábado 23 de septiembre, a los 67 años de edad. Recuerdo poco de él durante la carrera —sólo me vienen a estas alturas retazos fugaces de todo aquello—, aunque sé que sentía pasión por el periodismo, por la música clásica, especialmente Bach, el cine y la cultura. Y por la crítica, a la que se sumaba con la coherencia del que sabe rebatir cualquier tema, lo que le granjeaba amigos y enemigos al mismo tiempo.

Nacido en Palencia (en el diario decían que en Vitoria), creció en Barcelona, ciudad de la que conservaba no sólo el catalán sino también su afición al Barça. Esto no le impedía considerarse un bilbaíno de pro y estar orgulloso de ello. Trabajó durante tres décadas en diferentes medios de comunicación, aunque era fiel a El Correo, el periódico que llevaba bajo el brazo. Había escrito además la novela Trozos de barro (Hórdago, 1980), Palabra de Chillida (UPV-Gobierno Vasco, 1999) y varios libros sobre periodismo.

En una ocasión se puso en contacto conmigo. Acabábamos de levantar la editorial Elea y tenía un proyecto que consideraba interesante para nosotros. Me ofreció Confieso mi cobardía (Alegato íntimo a favor de Ramón Sampedro), un relato de no ficción en el que rescataba su relación epistolar y telefónica con Ramón Sampedro Cameán, el tetrapléjico que durante treinta años reclamó ayuda para bien morir. En el libro se apreciaban dos actitudes, en palabras del propio Florencio Martínez: «la inquebrantable decisión de Sampedro para dejar de ser un cadáver pensante y la pusilanimidad del autor ante la amenaza de enjuiciamiento, que pesa lo suficiente como para negarle la ayuda a su amigo». Fue el año de Mar adentro, la película de Alejandro Amenábar, que nos ponía de actualidad la figura de Sampedro y la eutanasia.

Con estos elementos, decidimos publicar el libro dentro de la Colección KRONIKA, en la que planteábamos temas de interés social como una forma de discusión plural y abierta, y que ya había visto aparecer  Palestina Hotela, de Joseba Iriondo, uno de los pocos libros que se habían publicado en euskera sobre la guerra de Irak, y Asia, burdel del mundo, del periodista Zigor Aldama. El libro de Martínez tuvo muy buena acogida por parte de las librerías, que lo colocaron en sus escaparates desde el primer momento, pero no del público, que no apreció su intención. Cuando lo que buscábamos era un foro de debate, entender la eutanasia como un acto de libertad de conciencia y de dignidad personal. Quizás Florencio Martínez pedía demasiado, quién sabe. Su muerte me ha hecho recordar todo aquello y he experimentado una sensación de extraña tristeza.

Un problema de creencias

Lo que está pasando en España es un problema de creencias. De fe, religioso. El Estado, con Mariano Rajoy a la cabeza, cree que la democracia se basa en la Ley, que la Ley está por encima de todo, pero sólo plantea con la boquita pequeña que las leyes se cambian, pueden cambiarse si se llega a acuerdos. Su partido no es de los que se dediquen al diálogo, lo demostró cuando tuvo mayoría absoluta, es más de imponer su concepto de españolidad, uno es español o no lo es, pero ni se le pasa por la cabeza que alguien piense que no. Hacerlo supone ser radical, antidemócrata, y por supuesto antiespañol, algo que no es tolerable. Si la gente sale a la calle a protestar, se les define como izquierdistas, rupturistas, antisistema o perroflautas; en fin, lindezas de ésas. Y con eso ya han ganado. No tengo muy claro, además, que esto no sea por su parte más que un estratégico juego político que obligue al resto de partidos a posicionarse, y con eso también a los votantes para unas próximas elecciones en las que fagocite a Ciudadanos, arrase con el PSOE y gane terreno frente a la izquierda. A Podemos ya no le teme porque se ha desinflado sin llegar a tocar cacho.

El Gobierno catalán, por su parte, cree que las leyes las deben marcar ellos y que Cataluña es independiente o ha de haber un referéndum para que lo sea. Y si se ha de pasar por encima de los que no lo creen no pasa nada. Puigdemont se ha convertido en un gobernante que sólo gobierna para una parte. Pero no se le puede achacar nada. También otros políticos lo han hecho de igual forma. El President apela a los sentimientos de unos, y me da igual que sea un cuarenta y cinco o un ochenta por ciento. Y juega con ventaja: su partido —destrozado por lo que llaman deriva independentista y por la peste a corrupción que emana (como el PP, por otro lado)— lleva años planteando mentiras sociales como las de «España nos roba» —los casos del 3% y Pujol han demostrado lo contrario—, controlando los medios de comunicación (TV3) y la educación. Con esas armas a su favor es sencillo imponer la sensación de que la independencia les llevará a la cima europea o mundial. Y si cuando uno apela a los sentimientos no es necesario que explique cómo va a poner en marcha sus planes, o cómo va a declarar la independencia ante una Europa o un mundo que no le reconoce. Da igual, todo esto —supone tanto él como ERC— vendrá por añadidura. En el caso de la CUP su objetivo es dinamitar el sistema. Lo demás ya se verá.

Tengo claro que la Ley, así escrita, con mayúsculas, debe prevalecer, pero también que cuando el ruido de la calle es tan evidente, los gobernantes han de intentar buscar los motivos del descontento. La calle da miedo, lo dan las masas encendidas que son incontrolables y pueden provocar incidentes. Y de aquí pasar a la violencia. Además, ninguno de los representantes políticos está favoreciendo la tranquilidad. Tiene razón el lehendakari cuando dice que un conflicto político con amplio arraigo social necesita una respuesta política. Pero me temo que vivimos en un país que sólo acostumbra a reveses detrás de la red. Y negociar es una palabra que no está en el diccionario de muchos representantes políticos. Negociar implica aproximación, pero dos creencias no pueden aproximarse sin más. La fe de que mi Dios es el verdadero choca necesariamente con la del adversario.

Porque sí, todo esto es un tema político. Pero España carece de políticos. Con mayúsculas, claro. Personas que hagan política a largo plazo, no de cara a las próximas elecciones. Personas a las que se les paga para ello, y que parecen más interesados en envolverse en la bandera del patriotismo.

María Teresa Castells o la defensa de la libertad

La librería donostiarra Lagun y María Teresa Castells fueron durante muchos años la muestra de que Euskadi estaba luchando contra la libertad de expresión. Lo había hecho cuando el franquismo era moneda corriente, y tanto ella como su marido —el intelectual y político socialista José Ramón Recalde— se erigían en estandartes antifranquistas. Más tarde, cuando ETA y su entorno radical los pusieron en el centro de sus ataques.

Recalde —que durante años sería Consejero de Educación o Justicia del Gobierno vasco— sufriría un atentado terrorista en Igeldo por defender sus ideas, del que saldría gravemente herido. La librería Lagun, situada en la Parte Vieja donostiarra, en plena Plaza de la Constitución, se vería acosada por ataques permanentes, ya no sólo mediante pintadas del tipo «faxistas kanpora» o rotura de los escaparates, sino también mediante la quema de libros al más puro estilo de las juventudes nazis. Qué paradoja que quienes eran acusados de fascistas fuesen precisamente los presionados por la intolerancia de la kale borroka y de la izquierda radical vasca. En 2001, tras el atentado a Recalde, Lagun cerró sus puertas y tardaría en volver a abrirlas pese al apoyo de miles de donostiarras. El peso de la intolerancia, que volvería a llenar la plaza de pintadas amenazantes, pudo más que la defensa de la libertad y el respeto de la diversidad.

María Teresa Castells falleció este domingo 10 de septiembre a los 82 años de edad, pocos meses antes de que la librería Lagun, que ella fundó junto a Recalde e Ignacio Latierro, cumpla cincuenta años de resistencia. La librería volvió a abrir sus puertas, esta vez en la calle Urdaneta, en un entorno más tranquilo de San Sebastián, y con una foto de la fundadora presidiendo su escaparate.

Qué pereza da España (y Cataluña y Euskadi)

Hace ya casi diez años el ex presidente del Gobierno Felipe González decía que era muy difícil ser vasco o español, porque uno parecía obligado a preguntarse y contestar a todas horas si lo era. Y uno, aún joven, miraba al exterior y se preguntaba cómo sería en el resto de países. Y de pronto recordaba que en Estados Unidos, cualquiera de sus ciudadanos se definían como americanos, en mayor o menor medida, coloreaban sus casas con la bandera y se se sentían orgullosos de ello. En nuestro país, en cambio, todo eran posiciones enfrentadas, o eras de derechas o de izquierdas, demócrata o populista, soberanista o constitucionalista, vasco/catalán o español, de los míos o de los otros.

Hace unos años, no tantos como podríamos pensar, en Euskadi daba pereza escuchar las noticias: a todas horas se oía el racarraca sobre la independencia, la autodeterminación, el derecho a decidir y definiciones parecidas que enmascaraban lo mismo; si a eso le añadíamos la violencia física o verbal y un terrorismo que estaba ya de capa caída, asegurar en público que uno era vasco, español o ambas cosas era cuando menos aburrido. Tenía que andar dando explicaciones, no sólo en casa sino también al escapar de su espacio de confort. Y salir a la calle o ir de fiestas populares —en especial en algunos pueblos cercanos o en barrios de mi ciudad—, era toparse con paredes y pancartas recubiertas de proclamas que no sólo ofendían por su mal gusto. De socializar el sufrimiento se pasó a socializar las ideas políticas y a mantenerse en un permanente estado de enfrentamiento ideológico. En seguida se sabía de qué pie cojeaba el otro dependiendo de si hablaba de Euskadi, País Vasco o Euskal Herria. O si recurría a molestos circunloquios para no expresar que un crimen era sencillamente eso.

Desde hace unos meses, del problema vasco se ha pasado al catalán, del nacionalismo al secesionismo, de la ikurriña a la estelada. Y de nuevo las posturas están tan enfrentadas y son tan maniqueas que sorprende que no acaben en una batalla campal. Desconozco en qué situación se encontrarán los catalanes, si el sentimiento es tan fuerte que impide cualquier reacción, si no habrá otro problema que atenace sus vidas —pobreza, paro, desahucios, turismofobia, enamoramientos repentinos, muertes de amigos y familiares, sueldos ridículos— si la mayoría es esa que sale a la calle o la que se queda en casa porque se la suda todo. O porque, como decía el otro día un político independentista, ha preferido irse a la playa o quedarse en la cama que defender sus ideas. Desconozco si será esto o sólo la reacción de medios de comunicación y políticos para enmascarar otro tipo de realidad. Pero sí sé que me dio vergüenza el teatrillo que se montaron en el Parlament —para que luego digan que no son españoles, si fue un caso claro de esperpento hispano—, o escuchar a la presidente Forcadell, que parecía un juez del antiguo Oeste, los míos aquí, el resto a la horca, o los gritos, los desplantes —genial ese momento en el que la portavoz de Ciudadanos, Inés Arrimadas, se dirigía a Forcadell con gestos de ruego y ésta abandonaba el hemiciclo dejándola con la palabra en la boca, lo que demuestra el talante— y la votación final con la mitad de los escaños vacíos mientras los ganadores entonaban Els Segadors.

Da pereza es vivir en un país como España, en el que lo temas políticos son recurrentes, donde los medios de comunicación insisten en repetir día tras días los mismos temas en boca de idénticos tertulianos. Pereza es darse cuenta de que en Madrid no entienden nada de lo que pasa fuera de la capital, y de que el Gobierno se escuda en la democracia y en una Constitución —que al parecer es inmodificable salvo que Europa lo requiera— como otros lo hacen en patria, libertad y, por supuesto, democracia. Hay palabras tan intangibles que tienen distintos significados dependiendo de quién las suelte por la boca.

España es un coñazo. Lo es por el fútbol, y por ese empeño televisivo de que todos seamos o del Madrid o del Barça. Por Mariano Rajoy y su constante inacción, por los catalanes de la CUP o de Puigdemont y como se llame su partido, o de ese tipo que hace honor a su apellido (Rufián) o ese otro que ha salido ahora, un tal Jordi Turull, que exhorta a los catalanes a que impriman en sus casas su propias papeletas y que divide a los catalanes en los unos o los otros. Al paso que vamos se votará por mail o a través de alguna aplicación de móvil. La modernidad permite estos avances: otra cosa es que haya seguridad jurídica. Lo es por no ser capaces nunca de mantener un diálogo en el que las posturas se acerquen en vez de insistir en posturas contrarias e irreconciliables. Es gracioso que llevemos años mencionando la palabra diálogo en un país en el que nadie escucha al de enfrente.

Estamos en una democracia de cartón piedra, en la que preferimos gritar sentimientos políticos y olvidar cuestiones tan importantes —alojadas en las columnas pares de los periódicos— como el rescate bancario del que no va devolverse el dinero por mucho que el Gobierno dijera que no nos costaría un duro. Sólo esta noticia debería empujarnos a salir a la calle con banderas para protestar por las mentiras que nos siguen contando. Y en Cataluña igual: no he visto a nadie manifestarse en masa contra el famoso 3% que hizo ricos al honorable, a sus hijos y a la madre que los parió. Quizás es que lo identitario puede más que lo económico. O que en el fondo cualquiera de nosotros sabe que muchos políticos están cuatro u ocho años en el poder para enriquecerse y forzar la apariencia de que se les necesita. Tampoco he visto que se tomen las calles ante la evidencia de que un año más miles de alumnos de Aragón, Andalucía, Cataluña o la Comunidad Valenciana han comenzado el curso en barracones; o que tenemos uno de los peores sistemas educativos de Europa, o que hay 19 libros de matemáticas distintos dependiendo de cada comunidad del país; por no hablar de esa Sanidad hecha unos zorros, o una justicia politizada a la que prefieren no modernizar, o…

Qué pereza de país, qué pereza de políticos visitadores de estudios de radio, platós de televisión o encuentros con ciudadanos en mítines pagados con nuestro dinero. Qué pereza sentir, como dicen las encuestas, que son ellos precisamente —y su incapacidad manifiesta— uno de los problemas que más nos preocupan en nuestro país. Y que cada uno lo llame como quiera.

Memorias de un editor

Todos los proyectos tienen un comienzo y unas memorias. Libros de pizarra se fraguó en febrero de 2011 en Balmaseda, en la casa de Joël López Astorkiza, en una comida a la que fuimos invitados Elena Sierra, Javier Maura, Beatriz Celaya, Carmen Pardo y yo. Andaba ya con el runrún de volver a lanzarme a la edición después de que la editorial Elea —el primer proyecto de estas características que levanté junto a Iñaki Mendiazabal— acabase en nada; pero claro, dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Jöel tenía en casa un gramófono antiguo en el que nos ponía discos de pizarra, por lo que el nombre vino rodado; incluso el logotipo surgió de ese encuentro: una ele y una pe de la que sobresalía un círculo en forma de disco. Y desde el primer momento conté con el apoyo de todos, que me ayudaron, entre otras cosas, en tareas de corrección o de selección de posibles autores.

Lo siguiente fue hablar con Luisa Etxenike, que estaba dando los últimos retoques a su última novela, El detective de sonidos. Consideré que Etxenike era la autora adecuada para servir de apertura editorial. El acuerdo verbal se fraguó en San Sebastián, lo que supuso tener ya claro que el proyecto se ponía en marcha. Posteriormente hablé con Willy Uribe para la reedición de los relatos que había autopublicado años antes con el título de Ciudad Bilboa; como tercer libro publicaría mi colección de relatos y micros El sueño de los hipopótamos, en los que estaba trabajando junto a la ilustradora Olga Zulueta. En ese proceso, Uribe prefirió abandonar el proyecto, y apostar por Los libros del lince y por su editor Enrique Murillo.

Abriríamos entonces con dos títulos y una premisa: la editorial debía apostar no sólo por la calidad de los contenidos, sino también por un formato que la identificase. Y en papel, en un momento en que se hablaba mucho del libro digital y esas cosas. Contamos para ello con la inestimable ayuda de Leyre Delgado, que sugería un libro con aspecto de Moleskine, envuelto en un chaleco en color y papel de alto gramaje, que hacía que los libros pesasen un poco más pero que le daban una imagen muy reconocible.

Para su novela Luisa Etxenike me propuso hablar con un grafitero francés, Nemo, porque había visto uno de sus trabajos en París que se identificaba perfectamente con el argumento de su novela. Incluso nos planteamos la posibilidad de traerlo a Bilbao en el entorno del Instituto Francés. Así fue. Nemo acabaría dibujando uno de sus grafitis en la entrada del Instituto y otro en el naciente Pabellón 6 —mural que ha sido maltratado tras la colocación sobre él de un cartel indicador del centro de artes escénicas de Zorrozaurre, pero que aún se puede intuir—.

La presentación del libro de Etxenike discurrió por los cauces previstos: Myriam Miranda, que trabajaba como jefa de prensa para Alberdania, nos ayudó en cuestiones informativas, especialmente en Donosti, y a organizar un macroevento con cóctel incluido que contó con el apoyo de María Eugenia Salaverri. Una noche en la que conocimos a Diego Vasallo, que por allí andaba. Lo dicho: la memoria trae esta clase de recuerdos.

En el caso de El sueño de los hipopótamos, volví a contar  para la portada con Alain Urrutia —que me había ilustrado la cubierta de Las hermanas Alba para Bassarai—, y aunque se imprimió en noviembre, retrasé la presentación a febrero del año siguiente, en la sede de BilbaoCentro, que amablemente me ofrecieron Olga Zulueta y Jorge Aio. Un encuentro multitudinario pero de infausto recuerdo, porque acabamos llamando a una ambulancia y creo que también a la Ertzaintza tras un incidente del que nunca tuve todos los datos con un borracho que acabo herido.

A partir de ese segundo título, el correo de Libros de pizarra —contábamos con una web magnífica diseñada por Mikel Apodaka— comenzó a llenarse de propuestas editoriales y manuscritos, a los que no siempre supimos contestar como es debido. Una cosa tenía clara: no podía dejarme atontar por el ritmo de las novedades; teníamos que ser conscientes de que se trataba de un proyecto pequeño, una mota dentro de la vorágine editorial, dos libros al año a lo sumo, al que le costaría tener repercusión mediática —estamos hablando de cultura y libros—, aparecer en los suplementos culturales y menos aún en los escaparates de las librerías. Había que recurrir, por tanto, a otros medios de promoción: redes sociales, encuentro de autores, etc.

Un inciso: en Bilbao contamos siempre con el apoyo de dos librerías, Tintas y Cámara, que nos dedicaron bonitos escaparates en cada una de las presentaciones que preparamos con ellos. Queríamos que nuestros libros fuesen eso que llaman longseller —qué inocencia—, que tuvieran una vida más allá del primer mes. Para eso contábamos con la mejor distribuidora de libros independientes del país, nada menos que UDL, que trabajó con profesionalidad e hizo lo que suele hacer en estos casos: llevar a Canarias o Huelva libros que sólo estaban pensados para Bilbao y alrededores —como con El espíritu de la alhóndiga, una recopilación de relatos de los alumnos de los talleres literarios que organizaba Alhóndiga Bilbao y que desapareció pronto de las librerías bilbaínas porque estaba viajando a las Baleares o a Galicia, lugares donde, como es obvio, no tuvo repercusión alguna— o posicionar sólo un porcentaje mínimo de los títulos que se les enviaba. El resto permanecía embalado en cajas que no se abrirían nunca. Cosas de los distribuidores que algún día se deberá analizar con ojo clínico —y crítico—.

La distribución nos permitió descubrir una esas paradojas que tiene la relación entre la distribuidora y las librerías: presentar un libro que no ha llegado a destino, encontrarlo aún guardado en cajas pese a tener la presentación esa misma tarde, pagar un 55% del valor del libro, devoluciones a mansalva a la semana de haberlo presentado, facturas por exceso de almacenaje que nos hacía pensar que resultaba mejor tenerlo en stock que moverlo por las librerías, asistir a la Feria del Libro de Madrid y que no hubiera ni un solo ejemplar de tu sello en el stand de la distribuidora, o que te preguntaran qué podían hacer con el medio centenar de libros devueltos porque estaban estropeados, gastados, usados, viejos, cuando la imprenta los había entregado inmaculados, perfectos, vírgenes de lectores. Libros que se descontaban de la factura final y que, por supuesto, corrían a cargo del editor.

En fin, menudencias…

Tras los dos primeros títulos llegué a un acuerdo con AlhóndigaBilbao para publicar el libro de relatos del que ya he hablado —un libro diseñado por Elena Perea con esa mirada de quien prima el diseño sobre el contenido, que no gustó a muchos de los alumnos porque parecía que estaba sin acabar, que era un poco el concepto que se perseguía con él— a partir de cuentos que seleccionamos entre Pedro Ugarte y yo, profesores ambos del Taller de Literatura Viva que se organizaba en el actual Azkuna Zentroa. Mi idea era apostar por el relato, como hacían otras editoriales a las que mirábamos con envidia —Páginas de espuma, Salto de Página, Menoscuarto—, de ahí que el siguiente título fuese una selección de cuentos de Óscar Alonso Álvarez, Los futuros imperfectos. Siempre he sentido predilección por la ironía narrativa de Alonso, como lo demuestra el hecho de que ha sido al único autor al que he publicado dos libros en las dos editoriales en las que me he involucrado —el primero de ellos, El coleccionista de cabezas reducidas—. Los futuros imperfectos contaba con una magnífica portada del actor Juan Viadas y con una novedad: editamos dos portadas diferentes aunque parecidas, que lo convertían en un título doblemente especial.

Y teníamos en marcha ya otros libros. Beatriz Celaya me había propuesto la posibilidad de editar el primer libro de Manuel Sánchez de Nogués, Mucho por recorrer, un viaje novelado alrededor del mundo en el que se trataban temas como la homosexualidad o las diferencias interculturales; Luisa Etxenike me había hablado de una novela de la escritora francesa Brigitte Paulino-Neto, En cuanto te mueras, llámame, que podíamos traducir si contábamos con la ayuda del Instituto Francés; y de igual manera, Antonio Maura me había comentado que el escritor Rodrigo Lacerda no había sido aún traducido en España y que su novela Otra vida acaparaba reconocimientos de crítica y público. Nos lanzamos a la piscina para traducir ambas novelas, y digo lanzamos porque para entonces Esti Bartolomé se había unido a Libros de pizarra, encargándose, entre otras muchas cosas, de las correcciones de texto o de que las portadas de muchos de los libros fuesen atractivas y sugerentes. Se convirtió en el alma de la editorial y en la presencia necesaria para que el proyecto avanzase.

Teníamos otros dos libros en cartera, que acabaron publicándose antes —Los libros prestados, de Xabier López López, un volumen de relatos editado en gallego y traducido al castellano, después de que el propio autor se pusiera en contacto conmigo; y Spam, de Francisco Castro, también originariamente en gallego, cuyo autor me había recomendado el propio López—. La editorial crecía y parecía madurar.

Presentaciones a lo largo y ancho del país, viajes entrañables con autores, largas conversaciones sobre literatura y vida, discusiones sobre la necesidad de apostar o no por un título, de contar con un traductor u otro, cuestiones tipográficas, de estilo… Pero sobre todo contacto humano. Como aquel encuentro en La Coruña en que acabamos hablando en castellano, gallego y portugués. La alegría que transmitía Rodrigo Lacerda, a pesar de que en el periplo que nos llevó por cinco ciudades españolas apenas contamos con público lector o periodístico. O el viaje a Burdeos para presentar la novela de Luisa Etxenike en plena Escale du Livre, que nos mostró que hay ferias que saben hacer bien las cosas. Y otras curiosidades editoriales que he ido olvidando.

¿Ventas? Pocas. En algunos casos ridículas, teniendo en cuenta el esfuerzo. Quedan los libros para quien quiera volver a ellos, o el reconocimiento de que la novela de Luisa Etxenike fuese traducida al francés por la editorial Naïve. Era como ver que desde fuera creían en lo que hacíamos. Pero como decía al principio, todo proyecto tiene un comienzo. También un final. Y el de Libros de pizarra ha tenido lugar esta semana. Un adiós que no sé si será un hasta luego, porque el gusanillo de editor sigue dentro. Y si caí una segunda vez, quién sabe si no habrá una tercera…

 

 

¿Y el precio de la gasolina? Bien, gracias

Como esta semana he tenido coche me he permitido hacer un estudio empírico: la gasolina, o en este caso el gasóleo, ha subido 0,030 céntimos en menos de cinco días. Y así visto puede parecer ridículo, pero teniendo en cuenta que mi depósito tenía unos cuarenta litros, eso le suponía a mi bolsillo un incremento de 1,20 euros. ¿Y cuáles han sido los motivos? ¿El incremento del barril de crudo? ¿Los atentados en Cataluña y el despiste que ha provocado en el resto de noticias? ¿La última aparición pública de Trump o Maduro? ¿O tendrá algo que ver con el hecho de que se esperan cuatro millones y medio de desplazamientos en los próximos días? Y eso, se mire como se mire es mucho dinero.

Qué hemos hecho nosotros para manifestar el enfado y detener la sangría. ¿Hemos aparcado el coche? ¿Hemos salido a la calle a protestar? ¿Nos hemos quemado a lo bonzo en una estación de servicio? Pues no: nos hemos callado como cuando Iberdrola sube el precio de la luz porque se le pone. A lo más lo hemos comentado en el bar y hemos alzado los brazos en plan protesta para evidenciar que las petroleras, las eléctricas y cualquier compañía telefónica, por ejemplo, nos hacen un corte de mangas si tienen la oportunidad.

¿Y el Gobierno? Bien, gracias. Preocupado por el desafío independentista —esas dos palabras de moda hoy en día—, Venezuela, el populismo…, en fin, esas cosas. Porque lo importante es la macroeconomía, que el país arranque, que los números digan que estamos mejor que hace diez años. La economía del usuario de a pie, la micro, el Gobierno no la maneja —ni siquiera esos parlamentarios que cobran dietas en agosto sin ir a curar—. Y tampoco van a andar preguntando los motivos de la subida, no vaya a ser que cuando un ministro abandone la política se quede sin un puesto en un consejo de administración. Porque eso sí es preocuparse por la economía. La suya, por supuesto.

Adiós a Carlos Bacigalupe

Conocí a Carlos Bacigalupe antes de que me lo llegasen a presentar. Su padre, Alberto, era compañero de mi abuelo en el Club de Leones y me hablaba con orgullo de sus dos hijos, Alberto y Carlos, que habían estudiado periodismo como él —yo quería estudiarlo— y a los que escuchaba en la radio. Mi abuelo no tenía muy claro que yo debiese dedicarme al periodismo en vez de al derecho, que le parecía una carrera más acertada para un nieto con buenas notas, pero no fue capaz de quitármelo de la cabeza. De ahí que hablase con Alberto padre para que me diera algunas recomendaciones. No recuerdo si llegó a dármelas, pero sí que me presentó a sus hijos.

Lo curioso no fue lo que saqué de aquel encuentro, sino que apenas tendría contacto con sus hijos, en concreto con Carlos hasta años después. Coincidí en el periódico Bilbao, gracias a Elena Puccini, que volvió a presentarnos. Para entonces yo ya seguía su trayectoria, no sólo en la radio, sino en los artículos que escribía para El Mundo, en la edición del País Vasco —en la que curiosamente acabaría haciendo yo mis primeros pinitos como plumillas tras salir de la facultad de Leioa— y para el propio Bilbao. Supe así de su pasión por el teatro —fue uno de los artífices de los Premios Ercilla—, y de esa bilbainía clásica, muy presente en un libro que considero fundamental: Cafés parlantes de Bilbao. Además, fue el ideólogo de la colección «Bilbainos recuperados» (del que publicó su primer título, Viejo caballo de hierro, sobre el tren de La Robla), que editó durante años Muelle de Uribitarte con la ayuda de la Fundación Bilbao 700, y que se ha convertido en una referencia para quienes quieran conocer a los prohombres de la Villa, incluso a aquellos que no son tan reconocidos.

La rumorología de una pequeña ciudad como Bilbao hizo que me enterase hace poco que estaba enfermo. Ayer la propia Elena Puccini fue la encargada de anunciarme la noticia de su fallecimiento. Tenía 71 años de edad. Y ha sido cuando además de todo lo que yo sabía me he enterado de que era miembro supernumerario de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País y de que recibió múltiples premios y reconocimientos —de los que nunca hizo alarde—: el Farolillo de Papel a la mejor tarea de divulgación del libro en 1998, la Pluma de Oro al mejor libro sobre valores turísticos (por su libro Cafés parlantes de Bilbao), y el Premio Alfiler de la bufanda de Vale Inclán, en reconocimiento a su labor teatral en 2001.

En la foto aparece junto al escritor José Ramón Blanco, uno de los artífices de la editorial Muelle de Uribitarte.