Las lecciones de modestia de Cristiano Ronaldo

Me da pena Cristiano Ronaldo: es tan joven, tan guapo, tan alto, con ese cuerpo de escultura griega. Y es tan buen futbolista que necesita que sus seguidores, la prensa, el público, el Madrid, se lo digan constantemente. Un rasgo de inseguridad, tal vez. Así que el planeta entero alaba sus méritos y le dicen que sí, que es el mejor. Con mayúsculas. Le entregan premios, balones de oro que son como los Golden Globe Awards de Hollywood pero en grande y pretencioso, botas doradas, medallas, todos ellos con baños de oro que nos recuerden que es el Rey Midas. Y por supuesto, los trofeos que gana con sus equipos, aunque muchas veces uno se pregunta si la selección o el Madrid no son simplemente él.

Debe de ser magnífico tenerlo como compañero en el club, como trabajador de una plantilla que está en crisis si pierde dos partidos seguidos —y con ellos todo el país, por supuesto—, como amigo que te deja llevar el volante de cualesquiera de los coches de su colección. Los más caros y exclusivos. Imagino que le reirán las gracias, le mirarán con arrobo, acaso con envidia (insana, la otra no existe).

Pero como este país está lleno de envidiosos que no soportan el éxito del vecino, las habladurías dirán que es un jugador egoísta, lo que tradicionalmente llamaríamos un chupón, que el equipo juega para que pueda marcar más goles y así rellenar aún más sus vitrinas de regalos, o lo compararán con Messi, más hábil con el balón en los pies pero menos lucido para la prensa deportiva o el papel couché. Y sembrarán cizaña diciendo que sus parejas sólo son receptáculos para tener descendencia, o modelos que lucir en las galas, que las tendencias sexuales del jugador madridista son otras, pero a ver quién las pone sobre el tapete en un deporte marcado por la testosterona. Habladurías de bar, de seguidores de otros clubes que no soportan el éxito ajeno, o que por pegar patadas a un balón pueda ganar en un día lo que un asalariado medio no lograría en un año.

A Ronaldo las críticas le duelen, son como dardos envenenados que no le permiten rendir, y ya se sabe que una estrella del fútbol ha de divertirse, ha de estar contento, la tristeza es una mala compañera para un profesional. Así que la prensa, el presidente de su club, el entrenador nos recuerdan que nos hallamos ante el mejor jugador del mundo. Pero por si hubiera dudas y críticos recalcitrantes, aún nos quedan las palabras del propio Ronaldo: “Soy el mejor jugador de la historia (…) Ningún futbolista hace las cosas que las que yo soy capaz. Y yo hago cosas que los otros no pueden hacer. No hay ningún jugador más completo que yo”. Ya no le basta con las alabanzas de los demás. Necesita decírselo él también. Una lección de modestia. Un ejemplo para quienes lo mantienen como ídolo en sus altares.

Primer título de la colección “Literatura Topaketak/Encuentros Literarios”

La Diputación Foral de Bizkaia ha publicado el primer título de su colección Literatura Topaketak / Encuentros Literarios; en concreto, el que corresponde a las conferencias que se celebraron a lo largo de 2017 en la Biblioteca Foral. Desde hace casi diez años, una vez al mes se organizan charlas liteararias en las que escritores vascos desgranan los detalles de su obra. Hasta este año, el autor hablaba sobre su trayectoria o sobre lo último que había publicado. Este año se decidió cambiar el esquema y plantear a cada escritor que disertara sobre un tema que sugiriera el debate con los lectores. Las conferencias se publicarían posterioremente en un libro de cara a la Feria del Libro de Durango.

En este primer volumen hemos participado nueve escritores, cinco en euskera y cuatro en castellano, con reflexiones literarias muy distintas. En euskera, Goizalde Landabaso se planteó un interrogante: “Literatura eta kazetaritza gauza esberdinak ote dira?”. Iban Zaldua habló sobre “Euskal literaturaren mitoak”; Leire Bilbao sobre “Poesia versus bertsoa”; Kirmen Uribe sobre “Errealitatea fikzio bihurtu: fikzioarekin egia osatu” y Jabier Kaltzakorta, con motivo del Euskararen eguna, trajo a colación la figura del Olentzero en una charla titulada “Olentzero-eguneko kantak eta mitoa”. Por su parte, las charlas en castellano corrieron a cargo de Iván Repila (“Hacia una literatura sin coordenadas”), Izaskun Gracia Quintana (“La literatura en la distancia”) y Esther Zorrozua (“El elemento onírico en la narrativa actual”). Mi conferencia trató de un tema del que disfruto: “El yo como objeto literario”.

Una historia de Montero en #RelatosEnredados

Me llegaron ayer ejemplares de #RelatosEnredados, una propuesta literaria de la editorial barcelonesa Huacanamo en la que he publicado una pequeña historia de Montero: una aventura de youtubers y canales virtuales que pienso que tiene gracia, aunque el humor es como el olor corporal, que cada uno tiene el suyo y no siempre es del gusto de los demás.

Conocía Huacanamo gracias al poemario Cara o cruz, de Itziar Mínguez Arnáiz —que también participa en el libro y a la que sigo con devoción—, pero también a Diego Vasallo (Canciones que no fueron) y Michel Gaztambide (Moscas en los incunables), libros que en su momento tuve la oportunidad de leer y reseñar. #RelatosEnredados es un libro que conmemora los diez años de vida de la editorial, un hecho que es de por sí una heroicidad; y lo hace a través de más de una treintena de textos o imágenes de autores que habitualmente trasteamos por Internet cuya línea argumental es el humor en las redes sociales. Hay quienes firmamos con el nombre de usuario de Instagram o Twitter, otros con su nombre y apellidos, pero el resultado es una comunidad igual de heterogénea que las que podemos encontrar en la red. Y lo curioso es verlo en tus manos cuando la colaboración surgió también así, a partir de la efímera relación que manteníamos, en mi caso gracias a Instagram, y en el interés por saber lo que hacen editoriales que se mantienen trabajando para dar luz a sus proyectos.

#RelatosEnredados es en este sentido una celebración mayor si cabe. La ilusión de un músico, Xavi Sánchez, que tras un golpe de suerte decidió levantar un proyecto creativo en el que embarcó a otro músico, Vicente Llorente, al que le debemos el nombre de la editorial, el primer poemario y gran parte de la promoción. Una década de letras, treinta libros publicados, tres espectáculos poético-musicales y varios autores vascos en su catálogo: los ya citados, Karmelo C. Iribarren y Harkaitz Cano. Larga vida…

Raca raca la matraca (o el canto de la guacharaca)

Hoy la noticia, amigo mío, me ha dicho Montero, no es que Puigdemont haya huido con el rabo entre las piernas con cinco de sus exconsellers a Bélgica, dicen que a pedir axilo político sino que en la cárcel de Soto del Real el compañero de Jordi Sànchez, ya sabes, el presidente de la ANC, ha pedido que le cambien de celda harto de la matraca independentista del tío. Que dice que es un chapas, que se pasa todo el día hablando de la independencia y que ya está bien. Que él está en la cárcel pero no tiene por qué aguantar la doble condena del cansino y aburrevacas. Imagínate al tipo todo el día que si Cataluña por aquí, y por allá, y ahora estelada, y después independencia. Como el sonajero de un niño o la matraca de las ferias de los pueblos. En Venezuela y Colombia hay un pájaro al que llaman guacharaca, una especie de cotorra, que se pasa todo el rato gritando guach guach guach guach guach guach. Muy desagradable, se mire como se mire. Lo curioso es que también llaman así en Panamá a una especie de sonajero construido con una calabaza, en cuyo interior meten piedrecitas. Pues Jordi Sánchez es como una guacharaca. Y mira que el otro era uno de esos presos que llevaba sin quejarse desde que lo encerraron. Cómo será el Jordi ese, que según llegó ya se quejó de que le trasladaran de módulo porque un preso le había gritado Viva España. Piel muy sensible se llama a eso, para lo que quieren, claro. Todo este tema del independentismo es ya una cuestión de agotamiento. Que estamos tan hartos, amigo, que me parecería bien que se independizaran, a ver si así dejamos de oír hablar del Process, del 155 y de tipos que están en política porque no sirven ni para liar canutos. Estoy por proponer a la Academia una nueva acepción de guacharaca: runrún independentista, cacerolada, murga de los políticos, sindicatos y otras especies afines. Quizás como sigamos así acaben haciéndome caso.

Pedro Ugarte, Premio Setenil 2017 con “Nuestra historia”

Las redes sociales nos han traído una buena noticia: Pedro Ugarte ha obtenido el premio Setenil por su libro Nuestra historia (Páginas de espuma). Dicen que el Setenil, promovido por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Molina de Segura, es el Oscar del cuento. Lo desconozco, pero para quienes nos dedicamos a escribir es uno de los reconocimientos literarios más honestos.

Desde mi punto de vista, el premio tiene un doble ganador.

Por un lado, el propio Ugarte. Me identifico con el ritmo que impone a sus textos, por esos personajes que bajo el nombre de Jorge esconden a un hombre sencillo, acuciado por problemas triviales: el trabajo, las relaciones con los compañeros y las mujeres, posteriormente con la pareja y ahora con los hijos. Sus protagonistas son tan normales como cualquiera de nosotros, responden a obsesiones, virtudes y defectos que trascienden del entorno en que viven. Quizás sus cuentos hayan perdido ironía —a mí al menos ya no me dejan aquel rictus de comicidad que hizo que me enganchara a ellos—, pero muestran la madurez de un gran escritor.

Y por otro, Juan Casamayor, con seguridad uno de los editores que más están haciendo en defensa del relato en España. Su último premio al Mérito Editorial de la FIL de Guadalajara así lo evidencia.

A Pedro Ugarte le debo muchas cosas, cuatro de ellas muy personales: que pensara en mí para la presentación en 2003 de su libro Materiales para una expedición, cuando yo comenzaba en esto, y que supuso un espaldarazo íntimo; que contara conmigo para el diseño de la revista Campusa, que editaba la UPV, y posteriormente que me propusiera como jefe de prensa del Colegio Notarial del País Vasco, cargo que sigo desempeñando; y finalmente, que juntos nos embarcáramos en los primeros talleres de escritura que organizaba la Alhóndiga, de los que nació la actual AleaBilbao. Durante algunos años Pedro Ugarte decía una frase para retratar mi capacidad de estar en mil frentes: Quién no tiene en Bilbao un negocio con Álex Oviedo. Quizás fuera verdad. La quinta cosa que le debo es mi afición al relato, a partir de muchos de los que leí en sus libros. Que haya obtenido el Setenil es, por tanto, una alegría que yo también me llevo.

Y luego dicen que en Bilbao somos exagerados

Y nos llaman exagerados a los de Bilbao. Pero es que todo esto de ver quién pone la bandera más grande o quién agrupa a más número de personas agitando banderines se nos está yendo de las manos. Creo que no habíamos visto tanto rojo y amarillo en la vida. Hasta en Bilbao han colgado banderas de los balcones, cosa que sorprende por lo extraño y porque sus colores no son tan vistosos como esas que se ven por las calles de Madrid, nuevitas y acabadas de sacar de la funda de plástico.

Durante muchos años si subías por la calle Ibáñez de Bilbao desde el Ayuntamiento asistías a un juego casi entrañable: en la ascensión descubrías de pronto los colores de la ikurriña escapando de Sabin Etxea y a lo lejos la rojigualda de la Comandancia de Marina. Y te daba la sensación de que ambos buscaban que su estandarte fuese el más grande. Como si esperasen a última hora para ver el modelo que tocaba hoy: el mediano, el extra o el plus-size. Siempre pensé que aquello era algo como muy de Bilbao, una pelea natural de personas a las que siempre nos han tachado de exagerados.

Pero aquel año fui a trabajar a Madrid, a la redacción del periódico Metro, situada en la calle Serrano. Y al salir el día de mi llegada por una de las bocas del suburbano, me topé con la bandera de la plaza Colón que ondeaba autoritaria y desafiante, tan grande que abarcaba todo el cielo azul. Y me dije que también en eso los bilbaínos pecábamos de provincianos. La capital del Reino debía marcar distancias con el Norte, o marcar tendencia, quién sabe, dejar claro que la españolidad era madrileña o no era. Admito que estuve durante unos minutos viéndola ondear, moviendo la cabeza de arriba abajo, sin dar crédito a la exageración. Era domingo, apenas habían dado las tres, hacía uno de esos calores secos de la meseta y las calles estaban vacías. La bandera de marras imponía aún más si cabe, ajena a los escasos transeúntes que no parecían sentirse afectados por el brillo de sus colores. Creo que lo de la bandera de la plaza de Colón fue una idea del ex ministro de defensa Federico Trillo y del ex presidente Aznar, dos hombres ocurrentes y siempre dados a los excesos. Y que la ocurrencia les llevó al Libro Guinness: sus dimensiones de 21×14 metros lo merecían.

Pero ahora, César Cort, un promotor inmobiliario madrileño, ha colgado en Valdebebas una mayor, el doble, y la ha situado en la fachada de un edificio de 14 plantas. La enseña de marras pesa 248 kilos, tiene 731 metros cuadrados, 17 metros de ancho y 43 de largo. Una auténtica barbaridad que se vislumbra, imagino, desde decenas de kilómetros. La exageración ha tomado las calles en forma de sentimiento patrio. Y no dejo de preguntarme si no habría que promulgar una ley —dado que Rajoy es proclive a hablar del imperio de la misma en democracia— que evitara el exceso de ruido visual en nuestras ciudades. Que con tanto brillo y el exceso de banderines cualquier día de estos nos vamos a quedar ciegos.

Que sí, pero no, o todo lo contrario

Al igual que muchos de nosotros, Montero no acaba de creerse lo que está sucediendo en las últimas semanas en el país. O lo que dice la prensa que está sucediendo. En Cataluña y en España (en el Estado español, por eso de las suspicacias). Hoy le he visto aparecer en el bar con una bolsa y dentro un teléfono de baquelita negra, que guardaba su abuelo en casa, y me ha preguntado mi opinión sobre el sí es no de Puigdemont, la independencia o las caras que se les quedaron a los independentistas en Barcelona. “Un poema”, me ha dicho, “los que estaban en la calle saltaban de alegría al pensarse independientes, que debe de ser muy doloroso tener semejante sentimiento tan interiorizado, ha de doler o algo así para llorar al ver que no, que ya no, o que quizás más tarde, y me pregunto si no tendrán otros problemas en su vida, trabajo precario o simple dolor de estómago”.

He sonreído al oírle hablar. Quizás no tengan otras preocupaciones, le he dicho. Y me ha mirado con un mueca de sarcasmo dibujada en su cara. “Quizás se hayan pensado que al ser sólo catalanes van a ser más altos, más guapos o más listos. Bueno, listos no. Porque se seguirán dejando engañar, como todos nosotros, y los Pujol se saldrán de rositas, y nadie responderá por ese 3% que se llevaban bajo la manga y del que todo el mundo estaba enterado. No se trataba del España nos roba sino de CIU nos palea. Pero a la CUP todo eso se la resbala”, ha apuntado mi amigo, “la CUP es como la Batasuna catalana, sólo tienes que ver las pintas, el corte de pelo giputzi de su líder y el aspecto de recién bajados del monte que se les ha quedado a todos (y todas)”.

Se ha reído de su propio chiste y ha sacado el teléfono dejándolo sobre la barra.

“Y luego está el presidente, a Rajoy me refiero, preguntando por carta a Puigdemont si se ha declarado independiente o no. ¿Una declaración de independencia en diferido? Si está claro que CIU y el PP cada vez se parecen más. Hablan de hacer cosas en diferido, como los pagos aquellos al tesorero Bárcenas. Todo esto es como un vodevil o un chiste sin gracia”.

Ha cogido el auricular, se lo ha llevado a la oreja y ha simulado marcar un número.

“¿Es la Generalitat? Soy Rajoy, ponme con el President…” Ha tabaleado un rato sobre el mostrador. “Puigde, oye, que soy Mariano, que al final lo de ayer no me quedó claro, ¿os vais o no? Es para saber qué hacer. El 155 y eso, ya sabes, ¿me lo podrías aclarar? Que tengo al país revolucionado, y al pequeñín de Ciudadanos de mosca cojonera, y a la Cospe con los tanques; y como mañana es el Día de la Hispanidad he mandado a mi cuñado imprimir un millón de banderas. A ver si les damos salida… Bueno… pero me dices el lunes, ¿eh?”

Montero ha vuelto a colgar el teléfono y me ha mirado con un gesto de decepción.

“En fin… Gila hubiese hecho un gran chiste con todo esto”.

La lógica

La lógica es aquello a lo que muchos interlocutores recurren cuando hablan con otros y tratan de imponer su punto de vista. La lógica es lo que explica que no pueda haber diálogo entre dos personas que no se escuchan. La lógica muestra que si uno se salta las leyes es probable que llegue la justicia y te lo haga pagar de una forma u otra. La lógica tiene tantos matices como la cobardía, la violencia, la patria, la democracia y todas esas palabras a las que recurrimos para mostrar que el otro está equivocado. La lógica dice que si provocas que la gente se eche a la calle es probable que la reacción no sea pacífica. La lógica es lo que no tienen ni las masas, ni los cargos políticos, ni los intereses económicos, ni las personas que sólo buscan medrar. La lógica es aquello que queremos que tenga sentido para explicar muchas de nuestras acciones. La lógica diría que quien lleva a una sociedad al enfrentamiento tenga que ser el responsable. O que si la haces, la pagas, y debas dar explicaciones o dimitir.

Lógico sería que un trabajador que no sepa hacer su trabajo se vaya a la calle, sea funcionario, responsable público, director de un banco, presidente del gobierno, rey. Como lógico sería pensar que un lehendakari o un presidente debiera gobernar para su país y no para los votantes de su partido. Tendría lógica que los conflictos se dirimieran en una mesa de diálogo, no en la calle, o con un arma, o con un banderín de colores. Como sería lógico que uno diferenciara entre política y deporte, y que si en las noticias se habla de fútbol no tengamos que aguantar las opiniones de un defensa o de un presidente de un equipo. Si apenas son capaces de construir una frase con sentido sin recurrir a coletillas absurdas por qué molestarse en opinar.

Sería lógico que uno no leyera esto si no quiere ni le obligaran a hacerlo, o que no colgara fotos diciendo que está de vacaciones o haciendo el amor con su pareja, o haciéndose un selfie mientras vuelan las balas en una plaza. O que no tuviera que aguantar la cacerolada de un montón de personas frente a tu casa, o los silbidos, o los gritos de cualquier energúmeno. Son lógicas tantas cosas que han dejado ya de serlo.

Se ha ido otro de los Traveling Wilburys

Cuando he sabido esta mañana el fallecimiento de Tom Petty una idea me ha venido a la cabeza: se ha ido otro de los Traveling Wilburys. Primero fue Roy Orbison, luego George Harrison, ahora Tom Petty. Un músico que citábamos de carrerilla ligado siempre a The Heartbrakers, con los que sacaría su primer disco homónimo nada menos que en 1976. El grupo lideró el rock and roll norteamericano de los ochenta con su estilo acelerado, melodías guitarreras —gracias en parte al guitarrista Mike Campbell, segundo de a bordo y mano derecha de Petty— y letras en las que hablaba de la situación del americano medio, la crisis, sus ilusiones de prosperar. Alcanzó la fama en Estados Unidos donde fue reverenciado y considerado como uno de los grandes músicos del rock al otro lado del Atlántico. En Europa no hubo unanimidad, y menos aún en España, donde fue, quizás, un gran desconocido, sin demasiados temas que alcanzasen las listas de éxitos, a excepción de Learning to fly, I Won´t Back DownFree fallin’. Y formó la que sigue siendo una banda mítica, una broma iniciada al juntarse los hermanos Nelson, Lefty, Otis, Charlie T. y Lucky Wilbury, o lo que es lo mismo, George Harrison, Roy Orbison, Jeff Lynne, Tom Petty y Bob Dylan (casi nada) para grabar la cara B del single This Is Love, del álbum Cloud Nine del ex Beatle.

Tras una comida entre Harrison, Lynne y Roy Orbison, se unieron a Bob Dylan en su estudio de Malibú. Harrison había dejado su guitarra en la casa de Tom Petty, por lo que se pasó a recogerla y aprovechó para llevarse con él al músico. Los cinco compusieron Handle With Careun auténtico bombazo que a la Warner le pareció demasiado bueno para relegarlo a una cara B. Los cinco músicos habían estado tan a gusto tocando juntos que decidieron grabar un álbum completo, compuesto en sólo diez días en la casa de Dave Stewart —otro gran músico de la época—, miembro de Eurythmics, en mayo de 1988. De estas grabaciones saldría Traveling Wilburys Vol. 1.

“Wilbury” era una palabra que Harrison había empleado en la grabación de Cloud Nine cuando algún equipo estaba defectuoso (We’ll bury ‘em in the mix, decía). A partir de ese momento él y Jeff Lynne hablaban de wilburys al referirse a cualquier pequeño error. El término les pareció apropiado para denominar a un grupo nacido fruto de la casualidad. Surgieron así los Traveling Wilburys. Las diez canciones de este primer disco son una muestra de algo que hoy sería casi impensable: hacer buena música rock.

Al poco tiempo moriría Orbison, por lo que el proyecto quedaría cojo, aunque los cuatro miembros restantes grabarían Traveling Wilburys Vol. 3 como homenajeGeorge Harrison falleció en 2001 a los 58 años; Tom Petty lo hizo ayer, de un ataque al corazón. Tenía 66 años. Y me deja con una sensación que me lleva tiempo envolviendo: nos estamos quedando sin referentes musicales.