La sonrisa del Joker

Me llaman la atención algunas de las fotografías de líderes europeos que se ven en los periódicos. En ellas aparecen riéndose a carcajadas, con una de esas risotadas explosivas, exitosas, histriónicas, hiperbólicas. Como la de Jack Nicholson en el papel de Joker o el mucho más tenebroso Jared Leto. Qué es lo que provoca esa risa descoyuntada, me pregunto siempre que les veo, qué clase de humor afecta a estos personajes de nombres impronunciables cuya labor desconocemos pero de cuyas decisiones depende nuestro presente. Cómo pueden reírse con esa contundencia unos políticos que tienen sobre sus mesas el dilema de los refugiados, la crisis económica que afecta a los ciudadanos de su vieja Europa, la distancia cada vez más flagrante entre ricos y pobres, el ascenso de los ultranacionalismos… Qué burbuja les mantiene tan alejados del suelo que pisamos.

De Jean-Claude Juncker —ese personaje salido de una novela de Mario Puzo— recuerdo aquella otra instantánea en la que agarraba por el cuello al ministro español de Economía, Luis de Guindos, toda una metáfora de lo que estaba por venir. Y se reían, de nuevo a carcajadas, como si todo aquello no les afectase. Luego, eso sí, mudaban el gesto, como sus máscaras de teatro griego. Un trabajador del Parlamento me dejó una vez las cosas claras: «Es todo teatro, amigo. Ante las cámaras parece que se pelean, que discuten, que se insultan. Pero luego, apagados los focos, se van todos juntos a celebrarlo al restaurante más cercano».

Pan de pueblo

Se movía de un lado a otro, nervioso, como si le costase elegir. A veces echaba la vista hacia atrás, mirándome de soslayo. Sólo es una barra de pan, pensé en decirle para que se decidiera. Finalmente optó por una de ésas a las que echan nueces y pasas, que no sabes si comes pan o un bollo dulce. Me acordé entonces de los bollos de azúcar que comprábamos para el café. O de las vienas, aquellos panecillos de tacto suave y esponjoso que nos daban para merendar. Como una medianoche de jamón. Se volvió y me sonrió. Noté que quería decirme algo, pero no parecía atreverse a ello. «Perdone si le molesto», se decidió al fin; «¿no es usted Ceci?» Le dije que sí algo sorprendida, y le pregunté si le conocía. «Soy Alberto», se presentó. «El nieto de Amelia Cruz. Vivíamos puerta con puerta en Gregorio Balparda». «¡Bendito Dios!», exclamé. «Pero cómo me has reconocido… Si han pasado ya… Serías un chiquillo». «Imagínese, cuarenta años», apuntó con seguridad. «Pero está usted igual», añadió zalamero. Un comentario que logró que me sonrojara: hacía tiempo que no me decían un piropo como aquel. «Gracias…», murmuré, «has conseguido que hoy sea un día alegre». Cogió su pan dulce y se marchó con una sonrisa en la cara. «¿Lo de siempre?», me preguntó la dependienta entregándome una hogaza de pan de pueblo. »Sí, pero ponme también una como la que se ha llevado el chico.»

Huele a tabaco en mi pantalla

Vivimos en una época en la que el Gran Hermano vigila para que estemos bien: miran por nuestra salud, por nuestra economía, por nuestro ocio. Todo desde un punto de vista políticamente correcto, claro está. Porque el buenismo —esa terrible palabra— se ha apoderado de lo que verdaderamente ha de importarnos. Ahora llega de nuevo con el tabaco. No podrán decirme que soy un talibán en eso de las prohibiciones. Soy de los que ven nacer estalactitas en la nariz acompañando a un fumador mientras toma café en una terraza en pleno invierno. Pero también de los que han palmeado como una foca gritando «Por fin» al descubrir que el pescado al horno no llega a la mesa envuelto en una fumata blanca. En mi casa no dejo fumar; o mejor dicho, pueden hacerlo en la cocina. Con la ventana abierta, eso sí. Aunque es cierto que el grupo de fumadores que me rodeaba como una invasión alienígena de las de Expediente X ha descendido de manera aritmética. No sé si debido a las imágenes que adornan las cajetillas —que ni en las peores películas gore—, al precio astronómico de los paquetes de cigarrillos o a que el tabaco cada vez lleva menos tabaco y más productos químicos. Como la comida. Pero leo en los diarios que la Organización Mundial de la Salud, siempre atenta a nuestro bienestar, ha pedido a los Estados que establezcan un sistema de certificación que evite la proliferación de fumadores. Para ello, y después de analizar las películas que se han hecho a lo largo de toda la historia del cine, ha propuesto que aquéllas en las que se fume contengan una calificación especial. Como los dos rombos en tiempos de Franco. Películas no aptas para adolescentes. Los americanos, muy dados a los estudios, detectaron que el 37% de los jóvenes se iniciaron en el tabaco influidos por lo que veían en la pantalla. Y ya en 2014 el gobierno de los Estados Unidos planteó calificar los filmes con escenas de fumadores como películas para adultos. Ver fumar a Humphey Bogart o Lauren Bacall en Tener y no tener, a Eve Marie Saint en Con la muerte en los talones, o a James Bond en cualquiera de las entregas protagonizadas por Sean Connery promueve el vicio. El de fumar, claro. Del alcohol no dicen nada. De momento.

Nueva andadura

En un intento de ser fiel a las frases hechas, con el nuevo año tengo web nueva. Olvidados los rescoldos de aquella web llamada escritoresvascos (en la que pretendí, sobre todo, mostrar los trabajos que estaban haciendo otros —una especie de punto de encuentro—), comienza la andadura de esta web personal: últimas publicaciones, reseñas de libros, entrevistas… Una web que quiere estar viva y en la que cada semana colgaré una o dos entradas nuevas, sin presión, con ganas de mantener también aquí idéntica ilusión e igual número de amigos lectores.