Manuel Robles o la pasión por el partido (político)

Me desperté ayer escuchando a un tipo que no conozco y por el que no tengo ningún interés pero que me ha hecho pensar: un tal Manuel Robles, alcalde de Fuenlabrada, se jubila tras 16 años al frente del Ayuntamiento. Como dejar un cargo político es ya una noticia, y estar tanto tiempo en el poder es de premio, la noticia ha salido en todos los medios. Al parecer, abandona el cargo porque quiere dedicarse a la familia. Y dice tener tres pasiones: “mi familia, la ciudad a la que amo y mi partido”. Al escucharlo me he dicho. ¿Pasión por su mujer? Lo entiendo. ¿Por su ciudad? Sin duda, me sacan de Bilbao y me salen escaras. ¿Pero el partido? Si aún fuese el Athletic. O la triada Atletico-Barça-Madrid para los aficionados a los medios deportivos y a Antena3. ¿Pero el partido? ¿Se puede sentir pasión por un partido político sea el PSOE, el PP, el PNV…? En este caso, Manuel Robles lleva no sé cuántos en el PSOE, por cuyas siglas siente una pasió irreprimible, casi sexual.

Se nos ha ido Dolores O´Riordan

Prácticamente toda la música que escucho procede del placer que experimenté, una vez acabada la carrera, al descubrir nuevos sonidos que me alejasen de lo clásico. Buscaba en cada rincón temas que me atrapasen, desde el progresismo sinfónico hasta el New Age, desde lo indie a lo más pop, rock australiano, grunge, AOR, folk irlandés… Me dejaba guiar por quienes suponía que sabían de esto: Ramón Trecet en Diálogos Tres, Julio Ruiz en Disco Grande, José Miguel López en Discópolis y tantos otros (Jesús Ordovás, Lara López, Tomás Fernando Flores, Juan de Pablos…) Y por supuesto, escuchaba lo que alguno de mis amigos me ofrecía como novedad.

Gracias a una de ellas descubrí cantantes y grupos procedentes de Inglaterra e Irlanda, y entre esa lista la desgarrada voz de Dolores O’Riordan, cuya imagen rompedora lideraba The Cranberries. Su álbum de debut, Everybody else is doing it, so why can’t we? en 1993, fue todo un descubrimiento, y aquella canción sobre el rechazo y el desamor titulada Linger, un tema no demasiado comercial que sin embargo los catapultó al éxito. Quién iba a pensar que su siguiente disco sería aún más rotundo: No need to argue, una declaración de principios, y un tema demoledor que mostraba la devastación que provoca el terrorismo en una sociedad y en las personas: Zombie, un single que aún nos taladra el recuerdo.

Hubo más discos (To the faithful departed, Bury the hatchet, Wake up and smell the coffe…), una separación, dos elepés en solitario, el reencuentro del grupo y la promesa —por mi parte— de que iría a verlos en concierto algún día. El fallecimiento repentino de Dolores O´Riordan vuelve a truncar lo que uno imagina.

La prensa pronto empezará a especular sobre su muerte, sobre su vida, sobre razones y sinrazones. Como si no diera igual. Yo me veo escuchando Just my imagination, quizás su tema más amable y soñador, lo que me apetece para recordarla.

Tabarnia o la República Independiente de La Casilla

Cuando el independentismo y ETA estaban en su apogeo en Euskadi bromeábamos en privado diciendo que nosotros también queríamos crear la República Independiente de La Casilla. Era una manera de descontextualizar la lógica de ciertos sectores de la política vasca y de la violencia terrorista que, no lo olvidemos, era moneda habitual en nuestras calles y en los medios de comunicación. Si todo era un tema de diferenciación,  de sentimientos, de libertad, de lengua o de derechos históricos, qué teníamos en común los habitantes de Bilbao con los pueblos del Duranguesado o el Goierri guipuzcoano. ¿O qué nos acercaba a la llanada alavesa y a Vitoria, si en nuestra opinión la capital económica y política de Euskadi siempre sería Bilbao? La capitalidad de Vitoria era un regalo, decíamos, una concesión de los partidos, y en concreto del PNV para que Álava no se sintiese la hermana pobre del País Vasco.

Lo cierto es que desde nuestro pequeño submundo urbano y bilbaíno el nacionalismo que nos vendían nos resultaba reduccionista, arcaico, fruto de épocas caducas, y apelaba a semejanzas que no lo eran; y el terrorismo una lacra que debíamos extirpar de la sociedad y que tenía que ver más con rencillas rurales de personas que se dejaban engañar por postulados primitivos —lo nuestro, lo de ellos, lo del pueblo, lo de fuera— y por términos que procedían de otros siglos, que se actualizaban otorgándoles la divinidad de las mayúsculas —Patria, Pueblo Vasco, Nación y ese concepto global y aún no suficientemente estudiado llamado Euskal Herria—. Nuestras reivindicaciones pasaban por un bilbaocentrismo tan absurdo y contestable como el que nos exhortaba a tomar la ikurriña y avanzar. Nos parecía bien que se apelase a que un vasco tiene poco que ver con un andaluz o con un catalán, pero no entendíamos por qué debía romperse la relación mantenida durante siglos; además, quienes vociferaban las diferencias de las costumbres e idioma recurrían siempre a una Historia en muchos casos falseada y sus argumentos estaban repletos de frases hechas o insultos, en plan si no te sientes vasco puedes largarte de aquí, por no hablar de adjetivos como españolazo, un auténtico descubrimiento. Del tiro en la nuca o la bomba lapa no merece la pena insistir.

Pero no sólo eso, si realmente como vascos teníamos derecho a exigir la libertad de nuestro pueblo, por qué no extender esas peticiones a una comarca, a un municipio, a un barrio o a una comunidad de vecinos. O a nuestra plaza de La Casilla, en cuyos alrededores vivíamos. Nos parecía bien que se independizase Guipúzcoa, y que nos librásemos de sus monsergas, su aspecto de recién llegados del monte o sus cortes de pelo a hachazos. Estereotipos que se imponían como todo lo que nos resulta ajeno y molesto. Además, pensábamos en nuestra inocencia juvenil, en caso de una previsible independencia, qué opinaría el País Vasco francés, Navarra y, por supuesto, Álava, ya se sabe, la provincia traidora y todo eso. En fin…, que nos limitábamos a rebatir los argumentos de quienes insistían en que tenían el derecho inalienable a decidir su futuro, a independizarse, a cumplir con el mandato cuasidivino de una Euskal Herria con capacidad para formar parte de Europa sin la intromisión del Estado español (opresor, fascista y otras lindezas).

Claro que si por cualquier circunstancia nos topábamos con algún defensor a ultranza (pacífico) de tomar las de Villadiego para Euskadi y le planteábamos esas dudas, nos aseguraba que no, que Euskal Herria lo formarían los siete territorios, que no había opción a separaciones que poco tenían que ver con nuestra Historia. Y recurrían a argumentos conocidos —y repetidos ahora en Cataluña y base de cualquier nacionalismo—, con un puntito de victimismo en su rostro: que si el bienestar común, la mejora de nuestra situación sociopolítica, el mantenimiento de unas costumbres e idioma ancestrales, el florecimiento de esa Arcadia feliz que Francia y España obstaculizaban a base de represión y torturas. Rebatir cualquiera de esos argumentos era sencillo, pero implicaba posiciones y debates que no se iban a producir. En el fondo, sólo eran conversaciones de bar, tan parecidas a las de los parlamentos o los foros políticos. Nos interesaba el tema de la independencia porque conllevaba muerte e imposición y porque suponía cierta dificultad hablar en las calles con quien no pensase como tú. Acabado el terrorismo, dejamos de escuchar cantinelas repetidas cada hora, eslóganes patrios o soniquetes molestos. Sólo si encendías la televisión o enchufabas la radio, especialmente las locales, corrías el riesgo de oír a un político o sindicalista hablar de lo mismo.

Con Cataluña está pasando algo similar, sólo que sin la violencia de una organización terrorista. Quienes insisten en ello tienen poco que ver inicialmente con la calle y más con partidos políticos y un Gobierno catalán que ha preferido esconder en todos estos años sus vergüenzas tapándose con esteladas. Y es fácil crear un caldo de cultivo si falseas la historia, escondes datos o insistes sólo en lo que viene bien a tus intereses. O si otorgas mayor representatividad a unas zonas que a otras gracias a leyes electorales que debieran revisarse. De la educación ni hablemos, ya que cualquier gobierno que se precie en este país prefiere gobernar a ciudadanos incultos que ofrecerle los mimbres para que edifique su propio punto de vista. Añadiremos, además, que se trata de diferencias entre lo rural y lo urbano, como se ha demostrado en estas últimas elecciones. De ahí que la propuesta de una comunidad autónoma llamada Tabarnia y formada por territorios de Tarragona y Barcelona, además de una ocurrencia supone la reiteración de lo evidente: si una comunidad puede independizarse de otra, ¿convertiríamos cualquier país en una suerte de matrioskas o reinos de Taifas incluso aunque sólo un individuo decidiese que sí?

¡Es la economía, estúpido!

“Es la economía, estúpido”, fue una frase utilizada durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992 contra George Bush (padre). Y es la economía es lo que me digo cada día cuando intento explicar gastos que no entiendo. Por ejemplo: quién paga a Puigdemont su estancia en Bruselas, o los viajes de miles de partidarios de la independencia que coparon la capital europea con su esteladas hace unas semana; quién paga los coches oficiales, las campañas electorales, los sueldos multimillonarios de los consejeros de cualquier banco o empresa eléctrica, los rescates bancarios, las duplicidades de instituciones públicas y parlamentos autonómicos, el sueldo del rey y su familia y sus colaboradores, los miles de asesores que hay en el país, el cementerio de elefantes del Senado, lo que antes denominábamos la Corte y que son los mismos perros con otros collares. Y más que iré añadiendo. Esto sólo ha sido una vomitona inicial. Pero en cualquier caso, sí, nosotros, y los impuestos que comenzarán a subir en cuanto llegue el uno de enero. Y si no, al tiempo…

Las alegrías literarias me las regalan ellos

Lo he comentado en alguna ocasión: muchas de las alegrías literarias de los últimos años no me corresponden. No son mías. Me las han regalado otras personas. Muchas de ellas tienen que ver con Alea Bilbao, la asociación de la que formo parte desde hace unos años y en cuya sede imparto talleres de escritura creativa. Al princio fueron cursos de iniciación, que se fueron especializando hasta convertirse en uno de los primeros talleres sobre construcción de novela que se impartían en Bilbao. De él nacieron ocho novelas, una de las cuales, Cerezas amargas, fue editada por Elena Fernández, con éxito de ventas y público, hasta el punto de publicarse también en euskera (Gerezi mingotsak) y presentarse en la pasada edición de la Durangoko Azoka. Anteriormente, Javier Ibarrola había finalizado su primera novela y presentado a varias editoriales. Pound se publicará en 2018 en la editorial Menoscuarto. Además, la novela de Lola López de Lacalle, Melocotones de viña, también verá la luz el próximo año, en esta ocasión bajo el sello Txertoa. Un subidón, que espero se mantenga con la publicación del resto de trabajos.

Pero las alegrías, como decía, vienen de antes. Varios de los alumnos se fueron presentando a concursos literarios, en parte por mi insistencia de apisonadora, porque son una prueba de fuego y porque su escritura tenía la calidad suficiente como para lanzarse al ruedo. Algunos de ellos habían obtenido ya el reconocimiento en certámenes literarios puntuales, como es el caso de Begoña Elorrieta, Andoni Abenójar, Ana Arenaza, Idoia Barrondo, Iñaki Ateca, Sol Aguirre, Taicha Peñín…

La primera gran alegría la recibí por partida doble: en 2014, en la sexta edición del premio BizkaIdatz, que organiza la Diputación Foral de BIzkaia, Elena Fernández resultó ganadora con la continuación de un relato en castellano propuesto por Esther Zorrozua. Y otro relato de Pilar Pallarés obtenía el tercer premio ex aequo. Recuerdo a todos los alumnos en la Sala Noble de la Biblioteca Foral celebrándolo como si el premio nos lo hubieran dado a nosotros. Las emociones no acabaron ahí. Al año siguiente, dos de los alumnos del taller, Andoni Abenójar e Idoia Barrondo lograban el primer premio en la séptima edición del BizkaIdatz, el primero continuando un relato de Iván Repila; la segunda (en euskera) por otro de Ana Urkiza.

Podrá parecer una simpleza contar esto, porque premios literarios hay muchos, pero considero que el BizkaIdatz es uno de los más complicados que se organizan no sólo en Euskadi sino también en España porque consiste en continuar un texto ajeno, y adaptar el tono, la forma de escribir, los personajes… Y supone escribir más de una quincena de páginas que en caso de no resultar ganadoras no tendrán otra salida. De ahí su importancia.

Hace quince días, Lola López de Lacalle me telefoneó para contarme la noticia: había quedado finalista de la novena edición del BizkaIdatz con un texto divertido e ingenioso que continuaba el comenzado por Alejandro Fernández Aldasoro. Y de nuevo nos juntamos a celebrarlo como si el premio nos lo hubieran dado a todos. Y volví a entender que la literatura se hace de celebraciones como éstas…

 

En la fotografía, algunos de los miembros de los talleres organizados por AleaBilbao, junto a la Diputada de Cultura, Lorea Bilbao.

A Teresa ya no la dejan soñar

Comienza a resultar paradójica la oleada de puritanismo que recorre un mundo, más preocupado por el escote de un vestido o por una imagen tildada de sexista que por el número de muertos tras una controvertida decisión política. Hay dos palabras que parecen marcar los primeros años de este siglo XXI —si dejamos a un lado la postverdad, o lo que es lo mismo, la mentira maquillada—: el puritanismo y el buenismo. Que todas procedan de Estados Unidos puede indicar el camino hacia el que nos dirigimos.

El último escándalo, si es que puede llamarse así, es el creado a partir de un cuadro titulado Teresa soñando del pintor franco-polaco Balthasar Klossowski de Rola —más conocido como Balthus—, en el que se ve a una joven de doce o trece años inclinada hacia atrás y a la que se le ven las bragas. Alrededor de 9.000 personas han firmado una petición para que la obra se retire del Museo Metropolitano de Nueva York (MET), por considerarla “lasciva” o para que se coloque junto a ella un cartel en el que aclare que el cuadro puede resultar ofensivo. Dicen que todo esto tiene que ver con la cantidad de denuncias de acoso sexual surgidas a partir del famoso escándalo Harvey Weinstein, pero que en el siglo XXI consideremos escandalosa una pintura de 1938 sólo es un indicio del retroceso al que nos está llevando el mundo de hoy. Que los críticos digan de la obra que inspira luz propia y pureza al ver la placidez del sueño de una joven no parece calmar a los firmantes. Tampoco que Balthus dijera que las niñas para él eran “sencillamente ángeles y en tal sentido su inocente impudor propio de la infancia. Lo morboso se encuentra en otro lado”. El MET se ha negado a retirar el cuadro aduciendo que “las artes visuales son uno de los medios más importantes que tenemos para reflexionar a la vez sobre el pasado y el presente, y esperamos motivar la continua evolución de la cultura actual a través de una discusión informada y de respeto por la expresión creativa”.

Estamos en una época oscura en la que el arte parece ofender, la escritura se mira con la lupa de los censores, la ironía ha desaparecido de los discursos, y en las redes sociales se puede insultar libremente a alguien, mentir con total libertad, colgar vídeos en los que se apalea a un indigente pero se difuminan los pezones de un desnudo artístico. También la escena del Juicio Final de Miguel Ángel fue considerada obscena e inmoral y se ordenó cubrir los cuerpos de los personajes con hojas de parra o velos. Era el siglo XVI. A veces la Historia se empeña en mostrarnos lo que no debemos hacer sin que le hagamos demasiado caso.

Las lecciones de modestia de Cristiano Ronaldo

Me da pena Cristiano Ronaldo: es tan joven, tan guapo, tan alto, con ese cuerpo de escultura griega. Y es tan buen futbolista que necesita que sus seguidores, la prensa, el público, el Madrid, se lo digan constantemente. Un rasgo de inseguridad, tal vez. Así que el planeta entero alaba sus méritos y le dicen que sí, que es el mejor. Con mayúsculas. Le entregan premios, balones de oro que son como los Golden Globe Awards de Hollywood pero en grande y pretencioso, botas doradas, medallas, todos ellos con baños de oro que nos recuerden que es el Rey Midas. Y por supuesto, los trofeos que gana con sus equipos, aunque muchas veces uno se pregunta si la selección o el Madrid no son simplemente él.

Debe de ser magnífico tenerlo como compañero en el club, como trabajador de una plantilla que está en crisis si pierde dos partidos seguidos —y con ellos todo el país, por supuesto—, como amigo que te deja llevar el volante de cualesquiera de los coches de su colección. Los más caros y exclusivos. Imagino que le reirán las gracias, le mirarán con arrobo, acaso con envidia (insana, la otra no existe).

Pero como este país está lleno de envidiosos que no soportan el éxito del vecino, las habladurías dirán que es un jugador egoísta, lo que tradicionalmente llamaríamos un chupón, que el equipo juega para que pueda marcar más goles y así rellenar aún más sus vitrinas de regalos, o lo compararán con Messi, más hábil con el balón en los pies pero menos lucido para la prensa deportiva o el papel couché. Y sembrarán cizaña diciendo que sus parejas sólo son receptáculos para tener descendencia, o modelos que lucir en las galas, que las tendencias sexuales del jugador madridista son otras, pero a ver quién las pone sobre el tapete en un deporte marcado por la testosterona. Habladurías de bar, de seguidores de otros clubes que no soportan el éxito ajeno, o que por pegar patadas a un balón pueda ganar en un día lo que un asalariado medio no lograría en un año.

A Ronaldo las críticas le duelen, son como dardos envenenados que no le permiten rendir, y ya se sabe que una estrella del fútbol ha de divertirse, ha de estar contento, la tristeza es una mala compañera para un profesional. Así que la prensa, el presidente de su club, el entrenador nos recuerdan que nos hallamos ante el mejor jugador del mundo. Pero por si hubiera dudas y críticos recalcitrantes, aún nos quedan las palabras del propio Ronaldo: “Soy el mejor jugador de la historia (…) Ningún futbolista hace las cosas que las que yo soy capaz. Y yo hago cosas que los otros no pueden hacer. No hay ningún jugador más completo que yo”. Ya no le basta con las alabanzas de los demás. Necesita decírselo él también. Una lección de modestia. Un ejemplo para quienes lo mantienen como ídolo en sus altares.

Primer título de la colección “Literatura Topaketak/Encuentros Literarios”

La Diputación Foral de Bizkaia ha publicado el primer título de su colección Literatura Topaketak / Encuentros Literarios; en concreto, el que corresponde a las conferencias que se celebraron a lo largo de 2017 en la Biblioteca Foral. Desde hace casi diez años, una vez al mes se organizan charlas liteararias en las que escritores vascos desgranan los detalles de su obra. Hasta este año, el autor hablaba sobre su trayectoria o sobre lo último que había publicado. Este año se decidió cambiar el esquema y plantear a cada escritor que disertara sobre un tema que sugiriera el debate con los lectores. Las conferencias se publicarían posterioremente en un libro de cara a la Feria del Libro de Durango.

En este primer volumen hemos participado nueve escritores, cinco en euskera y cuatro en castellano, con reflexiones literarias muy distintas. En euskera, Goizalde Landabaso se planteó un interrogante: “Literatura eta kazetaritza gauza esberdinak ote dira?”. Iban Zaldua habló sobre “Euskal literaturaren mitoak”; Leire Bilbao sobre “Poesia versus bertsoa”; Kirmen Uribe sobre “Errealitatea fikzio bihurtu: fikzioarekin egia osatu” y Jabier Kaltzakorta, con motivo del Euskararen eguna, trajo a colación la figura del Olentzero en una charla titulada “Olentzero-eguneko kantak eta mitoa”. Por su parte, las charlas en castellano corrieron a cargo de Iván Repila (“Hacia una literatura sin coordenadas”), Izaskun Gracia Quintana (“La literatura en la distancia”) y Esther Zorrozua (“El elemento onírico en la narrativa actual”). Mi conferencia trató de un tema del que disfruto: “El yo como objeto literario”.

Una historia de Montero en #RelatosEnredados

Me llegaron ayer ejemplares de #RelatosEnredados, una propuesta literaria de la editorial barcelonesa Huacanamo en la que he publicado una pequeña historia de Montero: una aventura de youtubers y canales virtuales que pienso que tiene gracia, aunque el humor es como el olor corporal, que cada uno tiene el suyo y no siempre es del gusto de los demás.

Conocía Huacanamo gracias al poemario Cara o cruz, de Itziar Mínguez Arnáiz —que también participa en el libro y a la que sigo con devoción—, pero también a Diego Vasallo (Canciones que no fueron) y Michel Gaztambide (Moscas en los incunables), libros que en su momento tuve la oportunidad de leer y reseñar. #RelatosEnredados es un libro que conmemora los diez años de vida de la editorial, un hecho que es de por sí una heroicidad; y lo hace a través de más de una treintena de textos o imágenes de autores que habitualmente trasteamos por Internet cuya línea argumental es el humor en las redes sociales. Hay quienes firmamos con el nombre de usuario de Instagram o Twitter, otros con su nombre y apellidos, pero el resultado es una comunidad igual de heterogénea que las que podemos encontrar en la red. Y lo curioso es verlo en tus manos cuando la colaboración surgió también así, a partir de la efímera relación que manteníamos, en mi caso gracias a Instagram, y en el interés por saber lo que hacen editoriales que se mantienen trabajando para dar luz a sus proyectos.

#RelatosEnredados es en este sentido una celebración mayor si cabe. La ilusión de un músico, Xavi Sánchez, que tras un golpe de suerte decidió levantar un proyecto creativo en el que embarcó a otro músico, Vicente Llorente, al que le debemos el nombre de la editorial, el primer poemario y gran parte de la promoción. Una década de letras, treinta libros publicados, tres espectáculos poético-musicales y varios autores vascos en su catálogo: los ya citados, Karmelo C. Iribarren y Harkaitz Cano. Larga vida…

Raca raca la matraca (o el canto de la guacharaca)

Hoy la noticia, amigo mío, me ha dicho Montero, no es que Puigdemont haya huido con el rabo entre las piernas con cinco de sus exconsellers a Bélgica, dicen que a pedir axilo político sino que en la cárcel de Soto del Real el compañero de Jordi Sànchez, ya sabes, el presidente de la ANC, ha pedido que le cambien de celda harto de la matraca independentista del tío. Que dice que es un chapas, que se pasa todo el día hablando de la independencia y que ya está bien. Que él está en la cárcel pero no tiene por qué aguantar la doble condena del cansino y aburrevacas. Imagínate al tipo todo el día que si Cataluña por aquí, y por allá, y ahora estelada, y después independencia. Como el sonajero de un niño o la matraca de las ferias de los pueblos. En Venezuela y Colombia hay un pájaro al que llaman guacharaca, una especie de cotorra, que se pasa todo el rato gritando guach guach guach guach guach guach. Muy desagradable, se mire como se mire. Lo curioso es que también llaman así en Panamá a una especie de sonajero construido con una calabaza, en cuyo interior meten piedrecitas. Pues Jordi Sánchez es como una guacharaca. Y mira que el otro era uno de esos presos que llevaba sin quejarse desde que lo encerraron. Cómo será el Jordi ese, que según llegó ya se quejó de que le trasladaran de módulo porque un preso le había gritado Viva España. Piel muy sensible se llama a eso, para lo que quieren, claro. Todo este tema del independentismo es ya una cuestión de agotamiento. Que estamos tan hartos, amigo, que me parecería bien que se independizaran, a ver si así dejamos de oír hablar del Process, del 155 y de tipos que están en política porque no sirven ni para liar canutos. Estoy por proponer a la Academia una nueva acepción de guacharaca: runrún independentista, cacerolada, murga de los políticos, sindicatos y otras especies afines. Quizás como sigamos así acaben haciéndome caso.