El Real Madrid, o el poder del dinero

El Real Madrid —ese equipo al que todos tendríamos que estar abonados, o adorar, el mejor del mundo, el que más ganancias y noticias genera—, y sus dirigentes, comprendieron un buen día que el dinero da la felicidad, conforma un grupo de jugadores hechos para ganar, da igual cómo se llamen mientras vistan de blanco, se puedan vender a los medios de comunicación y acaparar las portadas (del Marca, por supuesto, pero también de otros diarios menos deportivos), y que los periodistas hablen de ellos, y los encumbren con el balón de oro o la zapatilla de plata. Y se vendan camisetas y bufandas y pines, o cualquier otro tipo de merchandising que permita seguir hinchando la burbuja económica del deporte rey.

Los presidentes del club blanco entendieron que Madrid necesita un equipo que aúne al país, que sea el referente de la capital y de España, del que se hable en toda la galaxia, cuya blancura sea superior a cualquier otra pero que sobre todo genere riqueza. Qué más daban entonces las cláusulas de rescisión, los abultados precios de un jugador, la proyección de un portero que despunta en otro equipo si se cuenta con el capital suficiente como para llevárselo a Valdebebas, aunque luego se pase años chupando banquillo y pueda desarrollar esas aptitudes por las que fue elegido. Qué más daba todo si contamos con dinero para hacerlo.

Y la avaricia del mejor equipo del mundo alcanzó también a la selección española, a su entrenador, un Julen Lopetegui que cayó en las fauces del cómo no voy a entrenar al club que cuenta con más figuras internacionales y más reconocimientos en forma de copa; porque una cosa es hacerlo con figuras de la nación, y otro con jugadores interestelares que elevarán mi caché y mi nómina. Y tampoco es necesario ser un buen entrenador: basta con dejar jugar a las estrellas. Y no hace falta tener demasiado criterio (o carácter), no vaya a ser que se enfade su delantera o su figura más mediática (que se lo digan a aquel entrenador que no supo reconocer entre Messi y Ronaldo quién era el máster del universo). Así que Florentino Pérez optó por fichar a Lopetegui y provocar el caos en la selección a dos días de su estreno contra Portugal. Y se hizo noticia. Y Luis Rubieles, presidente de la Real Federación Española de Fútbol, optó por destituirlo de inmediato. Y nombró a Hierro. Y Lopetegui será presentado hoy ante la afición madridista. Quizás porque los responsables blancos también entendieron que el equipo que representa a España no es la selección sino el Real Madrid.

Lo decía esta mañana Iñaki Gabilondo: “Piqué, el denostado, nunca le perdió el respeto a la selección; el Real Madrid, grande de España, se lo perdió ayer por completo”.

El microrrelato en la España plurilingüe, de Irene Andres-Suárez

En octubre de 2017 comenzaba a impartir en Alea Bilbao un taller de escritura creativa dedicado al microrrelato, cuyo material de trabajo era algunos de los libros de Fernando Valls e Irene Andres-Suárez, quizás los autores que más saben sobre el tema. Conocí a Valls a través de alguna antología del relato y microrrelato publicada por Menoscuarto y en especial por mi colaboración en uno de sus libros, Mar de pirañas, en el que tuve la suerte de compartir espacio con otros escritores vascos como Pedro Ugarte, Iban Zaldua, Jesús Esnaola, Rocío Romero o Javier Sáez de Ibarra. También por su blog La nave de los locos, que seguía con interés.

No había tenido el gusto, sin embargo, de tratar con Irene Andres-Suárez, aunque el trabajo que quería llevar a cabo con mis alumnos se centraba fundamentalmente en su edición para Cátedra Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.

Precisamente este interés por el microrrelato hizo que lograra ponerme en contacto con ella. A partir de ese momento mantuvimos una amable relación epistolar en la que Andres-Suárez me facilitó material para desarrollar mis clases, además de consideraciones oportunas sobre el microrrelato en gallego, catalán o euskera, que sirvió para que me interesara por algunos de los autores euskaldunes que lo practican: el citado Iban Zaldua, Karlos Linazasoro o Ana Malagón. Le comenté entonces que en 2011 había publicado un libro de relatos, cuya segunda parte estaba dedicada íntegramente al microrrelato. La filóloga desconocía la existencia de aquel, por lo que me comprometí a enviárselo. A vuelta de correo, me apuntó que había tenido oportunidad de leerlo y que le serviría de apoyo un libro que estaba a punto de finalizar, El microrrelato en la España plurilingüe, y que se publicaría a mediados de 2018.

La semana pasada recibí un ejemplar del libro editado por la Universidad de Valladolid y la Cátedra Miguel Delibes de Nueva York, en el que se analiza en profundidad el microrrelato en España. Junto al exhaustivo análisis del microrrelato escrito en catalán, gallego o euskera, se hace referencia a tres autores que escribimos habitualmente microrrelatos en castellano: Julia Otxoa, Jesús Esnaola y yo —casos aparte son, como dice la propia Andres-Suárez, los de Pedro Ugarte y Espido Freire, a cuya obra dedicará en su momento otras páginas—.

De Julia Otxoa, una internacionalmente reconocida autora de género breve, se analizan dos de sus últimos libros, Escenas de familia con fantasma y Confesiones de una mosca, ambos publicados por Menoscuarto, “en los que predominan lo grotesco y los esperpéntico (…) Con ironía e imaginación, la autora fustiga la deshumanización, la violencia, el mercantilismo y la depauperación de una buena parte de la sociedad española y carga aún más las tintas cuando aborda la realidad política, minada por la corrupción, la irresponsabilidad o los nacionalismos extremistas que manipulan a los ciudadanos, falsifican la historia e imponen el reino de la confusión y del miedo”.

De Jesús Esnaola se analiza su libro Los años de lluvia (Paréntesis), ochenta y seis textos “de gran calidad estética”, en los que la lluvia “funciona como metáfora de la insignificancia de la vida humana frente a los elementos naturales”, un libro dividido en dos partes, una primera en la que el autor donostiarra sobre “la realidad y sus límites”, y una segunda “más realista”, historias que nos llegan “por lo general a través de la voz y de la perspectiva de un narrador-protagonista adulto que vuelve su mirada hacia la infancia y la contempla desde su atalaya con evidente perplejidad y, a veces, sarcasmo y estupor”.

Respecto a mi libro El sueño de los hipopótamos, publicado hace años por la desaparecida Libros de pizarra, Andres-Suárez pone el ojo en el sentido simbólico de los dos bloques en que se divide la obra, el primero marcado por los problemas sociales, que dejan paso a los existenciales en el segundo: “la dificultad de encontrar un camino propio que dé sentido a su existencia, el vacío interior, el miedo a afrontar el día a día, el hartazgo de vivir, la soledad y la muerte, la inautenticidad y el juego de disfraces”. (…)

Tres autores vascos que escribimos en castellano recogidos en un libro imprescindible para quienes quieran acercarse al llamado cuarto género narrativo, como lo definió en su momento la propia autora. Ejemplo de que escribir microrrelatos requiere sus propias reglas y no se trata únicamente de un relato corto.

Respeto por el rugby y el deporte de verdad

Al día siguiente de que el Cardiff Blues ganara la Challenge Cup por un emocionante 31-30, en la sección de Deportes en Antena 3 abrían con un twitt de un jugador de fútbol que anunciaba que estaba orgulloso de lucir la camiseta de un equipo parisino para la temporada que viene. Lo más de lo más de lo noticiable. La banalidad informativa llevada al extremo. Hace tiempo que el Deporte en televisión ha dejado de interesar. Al menos que no seas una fanático del fútbol, o mejor dicho, del Madrid, del Barcelona o del Atleti. Hay que ocupar minutos, y los entrenamientos, los desenfadados rondós de jugadores multimillonarios, los vídeos en redes sociales e incluso las fotos luciendo la nueva marca de calzoncillos de alguna estrella del balompié se convierten en la esencia de los informativos. La estupidez abriendo el telediario. Sin olvidarnos de informaciones deportivas tan relevantes como las de que un estadio pite el himno nacional o que un grupo de padres se hayan pegado en un campo de juveniles en un pueblo de Almería. De fútbol, claro está. Cualquier otro deporte se convierte en convidado de piedra del mayor espectáculo circense del mundo. Y eso me recuerda al jugador del Paris Saint Germain, orgulloso hoy de los colores de su equipo, que en Barcelona era un ejemplo de vistosidad pero también de marrullería, infantilismo, soberbia, antideportividad… Todo lo contrario a lo que pudimos ver en San Mamés en las finales de rugby, en cuyas gradas se mezclaban los colores de los equipos que disputaban las finales sin que hubiese conato alguno de violencia, donde cuando el pateador iba a lanzar una falta de castigo se pedía silencio en las pantallas (“Please respect the kicker”) y en las gradas (con un largo ssssssshhhhhhhh acogido con normalidad por el público, al que sí se le podía llamar entonces respetable).

Crónica de la sentencia judicial contra La Manada

O sea, ¿que cinco anormales con el cerebro en la entrepierna, que se definen a sí mismos como La Manada, lo que evidencia su instinto animal y gregario, que se jactan a través de grupos de wásap de buscar mujeres con las que hacérselo, que graban en vídeo a la chica de la que se están aprovechando sexualmente, a la que empalan por delante, por detrás, que le obligan a que se la coma, y a la que han metido en un portal a la fuerza, a la que luego dejan tirada y medio desnuda, a la que uno de ellos le roba el teléfono móvil —sustraer empleando un término jurídico— para que no pueda quedar a los demás —o chivarse en la jerga de estos cinco trogloditas que ha educado nuestro país— y que están a la espera de juicio por otros hechos similares no han violado a la chica? Pues nada, que fue sexo en un ambiente de jolgorio en el que a una mujer le ponía mucho montárselo con cinco a un tiempo, por eso de superar algún récord —si se me permite la ironía—. Que se vieron en la calle en plenos sanfermines y les dijo, oye, qué os parece si me dais por el culo, pero así, en grupo, que me produce morbo. Y todo fue de perlas, tanto que ella prefirió quedarse medio en bolas en el portal por eso de descansar un poco. Y que lo de mangarle el móvil fue una broma, porque ella los llamó picha floja, capullos o algún que otro apelativo cariñoso. ¿Qué tendría que haber hecho la mujer, defenderse? ¿Liarse a golpes para que esos cinco anormales le dieran de hostias, le desgarrasen la ropa o el culo y la abandonaran sobre un cerco de sangre?
En fin. Un despropósito. Pero es que, claro, no somos jueces, ni hemos visto los vídeos porno esos que se marcaron, así que sólo podemos conjeturar. Pero así, de primeras, la sentencia suena a rancio, a país casposo en el que la mujer sigue estando por debajo en el escalafón.
Esta es la opinión. Ahora la teoría: ¿Qué diferencia existe entre abuso y agresión sexual teniendo en cuenta que los chavalotes han sido acusados de un delito continuado de abuso sexual en su modalidad de prevalimiento con pena de 9 años de prisión? Tanto el abuso como la agresión tienen en común el ataque o atentado a la libertad sexual de la persona. No hay por tanto consentimiento por parte de la víctima. ¿Cuál es entonces la diferencia? En el segundo caso, la falta de consentimiento se realiza a través de violencia (física) o intimidación (violencia psíquica). Si la agresión sexual se produce con penetración se denomina violación, y tiene una pena de entre 6 a 12 años. Nueve ha sido la condena de La Manada, pero no es el número de años sino la definición del delito. Los jueces han entendido que la falta de consentimiento ha sido debida a que los cinco acusados “se prevalieron de una situación de superioridad tanto por el número de personas como por las circunstancias de lugar en que se produjeron los hechos”, pero que no recurrieron a la violencia. ¿Qué tendría que haber pasado entonces para que hubiera habido violencia? ¿Y cómo es posible que uno de los jueces haya emitido un voto particular de absolución? En fin, la ilógica me impide pensar.

El máster de Cifuentes

El máster de Cifuentes demuestra lo que ya es un secreto a voces: el PP cree que España es su chiringuito y que el público se traga cualquier cosa. Será la derecha o una forma de gobernar, quién sabe. O será Madrd, la Corte, el poder… Hoy en Radio Nacional, Alfonso Alonso, destacado miembro del PP, y al que no considero una persona estúpida, venía a decir que tenían “que defender a los suyos —es decir a Cifuentes—, porque forma parte del Partido”. Qué más da si miente o no, si sus excusas suenan a eso, si ha dado explicaciones desde una pantalla de plasma —muy al estilo Rajoy— o desde su propia plataforma virtual para no tener que enfrentarse a la prensa y a preguntas icómodas. Tampoco importa que enseñe papeles con firmas falsificadas, que no sea capaz de entregar un trabajo de fin de máster —habría sido lo más fácil para evitar todo este esperpento— o que a estas alturas esté haciendo un daño irreparable a la universidad y a la educación. Nadie se cree ni sus mentiras, ni sus sonrisas ni su altanería de deidad barnizada en oro. Pero es que tampoco nos creemos a esos vendedores de sueños y baratijas que llaman políticos, capaces de anteponer las necesidades de su partido a las del país. Qué necesidad de regeneración, de cultura, de educación haría falta para que hacer cambiar todo esto. Durante dos años un amigo mío estuvo haciendo un máster al que dedicaba la práctica totalidad de su jornada: clases presenciales, trabajos colectivos, encuentros con otros compañeros… cuestiones que Cifuentes se pasó por la entrepierna con el visto bueno de la Universidad Rey Juan Carlos. Los responsables de la misma ya han dado a entender que el máster de la Presidenta de la Comunidad de Madrid funcionaba de manera irregular. Lo que nos hace cuestionarnos si no habrá ocurrido lo mismo con las carreras o los másteres de otros políticos hispanos, deseosos de ver engordar sus currículos como si en realidad todo eso les sirviese para algo. Como si no creyésemos que nos gobierna una pandilla de iletrados.

La novela fragmentaria de Muñoz Molina

Durante muchos años, dos libros de Antonio Muñoz Molina marcaron mi forma de entender la literatura, por un lado El jinete polaco, y por otro Plenilunio, obra por la que siento predilección y que supuso el germen de una de mis novelas. Las de Muñoz Molina eran obras densas, narradas con la rotundidad de un gran escritor, excesivas quizás para los lectores de hoy. Quizás por ello no sorprenda que su ultimo libro, Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) sea más fragmentario, acorde a los tiempos que nos ha tocado vivir, con un contenido singular también en su forma. El escritor jienense ha estado en Bilbao presentando esta novela que refleja un proceso narrativo y que surgió por casualidad, como dice que nacen muchos de sus proyectos, inconscientemente, llega una idea y uno empieza a desarrollarla. El impulso de Un andar solitario entre la gente fue ir fijándose en las cosas que estaban cerca de uno, un posavasos, una persona pidiendo en una esquina, un artista callejero, un artículo de periódico. “Quería contar lo inmediato, y según escribía lo que estaba haciendo cobraba forma. Era una especie de diario en el que recopilaba recortes, frases, iba con un cuadernos y un lápiz pero a la vez con un iPhone en el que registraba grabaciones, por ejemplo los pregones de la gente en la calle, los cánticos de una vendedora de melocotones, en la que te das cuenta de la musicalidad del habla. Mis escritos se convirtieron en una crónica de viajes con la que prolongaba la tradición sobre la literatura de la ciudad”.

Dice Muñoz Molina que siempre le ha gustado la escritura fragmentaria, que la inmediatez siempre ha estado ligada con el periodismo, y que “el periodismo es literatura porque es contar el mundo con palabras”. Pero como en todas las artes, hay buen y mal periodismo. Y por tanto buena y mala literatura. Y recurriendo a Choyce: “La casualidad me provee justo de lo que yo necesito”. Todos los escritores que aparecen en el libro son escritores de periódicos. Esta nueva literatura se corresponde con la nueva realidad. Por qué define su novela de urbana: “Porque la ciudad por definición es un mosaico, y por eso mismo las novelas sobre la ciudad suelen ser así”. En ese proceso el escritor descubrió una palabra que le refleja perfectamente la sociedad de hoy: basuraleza. “El nivel actual de residuos es brutal, muy serio, a lo largo de la novela aparece varias veces esa presencia constante de basura en nuestras calles. Cada cultura trabaja con el material que tenemos, y en la nuestra los deshechos son con los que trabajaremos en el futuro”.

En qué trabaja Celia Villalobos

Cada vez que la veo me lo pregunto: en qué trabaja Celia Villalobos, me ha soltado Montero esta mañana al ver la cara de la diputada en la televisión mientras nos tomábamos un café. Y yo, que tampoco lo sabía, porque en el fondo me da igual, he trasteado en Internet: «Es una política española, diputada en el Congreso por Málaga desde 1989, portavoz adjunta al PP y presidenta de la comisión del Pacto de Toledo. Opositó para funcionaria del Estado siendo su destino la Organización Sindical, más conocido como Sindicato Vertical, la organización sindical al servicio del franquismo, en Málaga. Está casada con Pedro Arriola, otro de esos asesores que tiene el PP. Ha sido Ministra de Sanidad, Vicepresidenta del Congreso de los Diputados y Alcaldesa de Málaga», he leído.

O sea, ha reflexionado Montero dando un sorbo a su café solo, que se ha pasado toda la vida viviendo de la sopa boba. Viviendo de lo público y de nosotros. Vamos, que lo de trabajar en serio como que ni lo ha catado. ¿Y esta señora preside el Pacto Toledo?, se ha preguntado. Porque, por si no lo sabes, son los que se ocupan de las pensiones, los que tienen en la calle a los jubilados con sus sueldos de miseria, que ayer en una reunión a puerta cerrada en el Congreso debió de ponerse a gritar como una verdulera, una mujer que es capaz de decir que los jóvenes tendrían que ahorrar dos eurillos al mes, menos que una cerveza, soltó en TVE sin sonrojarse, durante toda su vida laboral para la jubilación. Pues hubieran conseguido 1.200 euros en cincuenta años, menos de lo que cobra ella a la semana. Porque claro, nadie habla de los sueldos de esta gente. ¿La oíste el otro día? Dijo que “hay pensionistas que están más tiempo cobrando la pensión que trabajando”. O que la jornada laboral de los españoles es larga porque se entretienen hablando de fútbol. Con ocurrencias como ésta, la señora es trendic topic y el hazmerreír de los votantes, pero ahí sigue, permitiéndose dar lecciones de economía, de trabajo, y de vida. En fin, y lo dice una tipa a la que pillaron durmiendo en el Congreso, o tirada en su escaño o interrumpiendo a gritos al parlamentario de la oposición. Una señora que presidía el Congreso a golpe de Candy Crush sin que se le cayera el refajo de la vergüenza. En otro país, la política andaluza estaría ya en su casa y nadie la echaría de menos. Cobrando una pasta, eso sí, porque no creo que tenga problemas con su jubilación. Que con 68 años ya le toca, ha subrayado Montero.

Sí, le he dicho, y seguro que se permite decir que si ella puede estar currando a su edad también puede hacerlo un minero. O una enfermera.

El mito de la libertad de expresión

En estos días se esta hablando mucho de la libertad de expresión, elevada ala categoría de mito por culpa de la censura de un libro, la retirada de colección de fotos pixeladas calificadas de obra de arte o los tres años de cárcel a un rapero por unas letras llamando a la revolución. Más allá del gusto de la canción, de la calidad de las fotografías o del texto, resulta curioso el retroceso a la libertad de expresión que estamos viviendo en los últimas décadas. Decían el otro día que con el cambio del código penal, el concepto de exaltación del terrorismo está siendo trendic topic en los juzgados. Todo es ya exaltación.

Pues nada, que cuando estaba en plena carrera, los profesores nos hablaban sin parar del artículo 20 de la Constitución, el que sigue:

    1. Se reconocen y protegen los derechos:

      a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

      b) A la producción y creación literaria, artística, científica y técnica.

      c) A la libertad de cátedra.

      d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. La ley regulará el derecho a la cláusula de conciencia y al secreto profesional en el ejercicio de estas libertades.

    2. El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.

    3. La ley regulará la organización y el control parlamentario de los medios de comunicación social dependientes del Estado o de cualquier ente público y garantizará el acceso a dichos medios de los grupos sociales y políticos significativos, respetando el pluralismo de la sociedad y de las diversas lenguas de España.

    4. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia.

    5. Sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial.

La educación en el Salvaje Oeste

Imagino a Donald Trump entrando en una escuela de la América profunda en pleno Salvaje Oeste con sus dos pistolas al cinto, su cara de cabreo y esa tortilla de huevos sin yema que tiene por pelo. Es un sueño recurrente. A veces su contrincante es Clint Easwood, otras Burt Lancaster, a veces también James Stewart. O el Duque. Y siempre gana Trump. Pienso que la historia los olvidará para dejar paso al pistolero americano por excelencia al que sus compatriotas elevaron a los altares de la Casa Blanca.

A veces cuando veo a los políticos de este país —ramplones, iletrados, vocingleros, maleducados y vividores— me animo diciendo que en España tenemos a Rajoy, y no a Donald Trump. Y que a ambos les votaron y puede que sigan haciéndolo. Me entran entonces sudores fríos, un pánico irracional, me dan ganas de independizarme del país o del mundo, encerrarme en un garito y esperar que al rubio americano no le dé por decir que él la tiene más larga y apretar el botón nuclear para acabar con el coreano. Por ejemplo. Como en el Salvaje Oeste, otra vez. Pero como digo, me animo al pensar que aquí al presidente no se le ocurren idioteces como la de querer armar a los profesores en la escuela para evitar que un joven se líe a tiros. No pasarás, forastero. Y disparar a la mínima que huela un peligro. Que ya son ocurrencias.

Me decía Montero ayer que una idea semejante sólo podía venir de un niño de parvulario o  de un mayor con el cerebro licuado, como esos personajes que aparecen en Tele 5. Pero que los votos le dieron la presidencia, y que como a Hitler millones de compatriotas le rieron las gracias. Lo que demostró su escasa capacidad crítica.

Despido por wásap

Hacía tiempo que no veía a mi amigo Montero. Desde que llegó el invierno —frío y blanco, acaso optimista si hacemos caso a los refranes—, permanecía encerrado en su casa sin que ninguno de sus amigos consiguiéramos hacerle salir a la calle. Pero esta mañana me ha telefoneado: quería contarme un historia que le tiene encabronado. A una amiga suya la han despedido. Por wásap. “Para que luego se le llene la boca a la Fátima Báñez esa. ¿La viste el otro día hablar de las bondades del empleo en España? Que si el país camina hacia un empleo de calidad, que si estamos mejor que hace diez años, que si se ha mantenido el poder adquisitvo de los pensionistas pese a sólo haber ganado un 0,07% desde 2007, y bla bla bla. La trilera de los datos, la voy a llamar. Aunque claro, imagino que a una señora con seis pisos, dos fincas, un solar, un sueldo de ministra y sus dietas de alojamiento en Madrid lo del empleo de los demás se la tiene que traer bien floja”.

Me he interesado por su amiga al ver que Montero comenzaba a irse por peteneras; y entonces me ha contado lo del despido. “Imagínate el caso”, me ha dicho: “Mireia trabajaba en un bar, los primeros quince días en negro para ver qué tal, luego uno de esos contratos de cuarenta horas como ayudante de camarera aunque lo de ayudante sea otra excusa para pagar menos, con un cláusula que indica que está de prueba dos meses, y seis días a la semana, que si te pones a hacer números supera con creces las cincuenta y dos horas semanales. El cobro de las horas extra ni lo huele, como puedes imaginar. Trabaja una semana de tarde, otra de mañana, los lunes libres. Lo que vendría a ser uno de esos currelos que la Ministra de marras llamaría de recuperación. El bar, renovado, amable, cuenta con todos los boletos para funcionar, si no fuese porque la dueña trabaja menos que un eurodiputado y oculta su incompetencia presionando a los trabajadores. En esto, Mireia le reclama las horas extra, que su jefa esquiva con una frase de manual: si no estás contenta, ahí tienes la puerta. Ella sabe que el dinero es una necesidad y mi amiga no está para protestar. Así que Mireia calla. Pero al cabo de dos días sufre un tirón en la espalda por andar cargando cajas y se queda en casa con una lumbalgia del quince. El médico la ve y le diagnostica una contractura, que necesita reposo y le da la baja. Una semana. Mireia acude al bar, le entrega la baja a la señora a la que de pronto ve bracear como un teleñeco, no me puedes hacer esto, y ahora a quién llamo…, frases que provocan malestar en ambas: la una porque se siente traicionada, la otra porque pese al dolor, a no haber cobrado aún el sueldo del mes —y han pasado seis días desde que enero puso el punto final— y a que sabe que las extras se han esfumado, se siente obligada y le parece mal dejar a la dueña con el culo al aire. La cuestión es que finalmente sale por la puerta del bar, se monta en el coche para ir a casa y al cabo de diez minutos recibe un wásap que le indica que no ha cumplido las expectativas y que está despedida. Sin explicaciones, con baja y sin opción a nada. El despido del futuro”.

A partir de ahí  todo se precipita. Mireia siente que ha hecho EL MAL, que no ha debido cogerse la baja, que tenía que haber ido a trabajar aunque se quebrase, que el empresario —mujer en este caso—, sólo miraba por ella, por el negocio, por la economía, por mejorar la situación de los trabajadores y esas cosas que aparecen en la television y en los diarios; Mireia sabe además que el barrio es pequeño y que pronto los rumores la señalarán como culpable, quizás la llamen vaga, y digan que no ha contribuido a mejorar el país y todas esas mentiras que se dicen. Su jefa no le devuelve las cosas que ha dejado en el bar y son suyas, no le envía los papeles del despido, no le abona el finiquito por el que tendrá que luchar. Y además, se ha quedado sin trabajo. Que es, en el fondo, lo que más le jode.