Una historia de Montero en #RelatosEnredados

Me llegaron ayer ejemplares de #RelatosEnredados, una propuesta literaria de la editorial barcelonesa Huacanamo en la que he publicado una pequeña historia de Montero: una aventura de youtubers y canales virtuales que pienso que tiene gracia, aunque el humor es como el olor corporal, que cada uno tiene el suyo y no siempre es del gusto de los demás.

Conocía Huacanamo gracias al poemario Cara o cruz, de Itziar Mínguez Arnáiz —que también participa en el libro y a la que sigo con devoción—, pero también a Diego Vasallo (Canciones que no fueron) y Michel Gaztambide (Moscas en los incunables), libros que en su momento tuve la oportunidad de leer y reseñar. #RelatosEnredados es un libro que conmemora los diez años de vida de la editorial, un hecho que es de por sí una heroicidad; y lo hace a través de más de una treintena de textos o imágenes de autores que habitualmente trasteamos por Internet cuya línea argumental es el humor en las redes sociales. Hay quienes firmamos con el nombre de usuario de Instagram o Twitter, otros con su nombre y apellidos, pero el resultado es una comunidad igual de heterogénea que las que podemos encontrar en la red. Y lo curioso es verlo en tus manos cuando la colaboración surgió también así, a partir de la efímera relación que manteníamos, en mi caso gracias a Instagram, y en el interés por saber lo que hacen editoriales que se mantienen trabajando para dar luz a sus proyectos.

#RelatosEnredados es en este sentido una celebración mayor si cabe. La ilusión de un músico, Xavi Sánchez, que tras un golpe de suerte decidió levantar un proyecto creativo en el que embarcó a otro músico, Vicente Llorente, al que le debemos el nombre de la editorial, el primer poemario y gran parte de la promoción. Una década de letras, treinta libros publicados, tres espectáculos poético-musicales y varios autores vascos en su catálogo: los ya citados, Karmelo C. Iribarren y Harkaitz Cano. Larga vida…

Raca raca la matraca (o el canto de la guacharaca)

Hoy la noticia, amigo mío, me ha dicho Montero, no es que Puigdemont haya huido con el rabo entre las piernas con cinco de sus exconsellers a Bélgica, dicen que a pedir axilo político sino que en la cárcel de Soto del Real el compañero de Jordi Sànchez, ya sabes, el presidente de la ANC, ha pedido que le cambien de celda harto de la matraca independentista del tío. Que dice que es un chapas, que se pasa todo el día hablando de la independencia y que ya está bien. Que él está en la cárcel pero no tiene por qué aguantar la doble condena del cansino y aburrevacas. Imagínate al tipo todo el día que si Cataluña por aquí, y por allá, y ahora estelada, y después independencia. Como el sonajero de un niño o la matraca de las ferias de los pueblos. En Venezuela y Colombia hay un pájaro al que llaman guacharaca, una especie de cotorra, que se pasa todo el rato gritando guach guach guach guach guach guach. Muy desagradable, se mire como se mire. Lo curioso es que también llaman así en Panamá a una especie de sonajero construido con una calabaza, en cuyo interior meten piedrecitas. Pues Jordi Sánchez es como una guacharaca. Y mira que el otro era uno de esos presos que llevaba sin quejarse desde que lo encerraron. Cómo será el Jordi ese, que según llegó ya se quejó de que le trasladaran de módulo porque un preso le había gritado Viva España. Piel muy sensible se llama a eso, para lo que quieren, claro. Todo este tema del independentismo es ya una cuestión de agotamiento. Que estamos tan hartos, amigo, que me parecería bien que se independizaran, a ver si así dejamos de oír hablar del Process, del 155 y de tipos que están en política porque no sirven ni para liar canutos. Estoy por proponer a la Academia una nueva acepción de guacharaca: runrún independentista, cacerolada, murga de los políticos, sindicatos y otras especies afines. Quizás como sigamos así acaben haciéndome caso.

Pedro Ugarte, Premio Setenil 2017 con “Nuestra historia”

Las redes sociales nos han traído una buena noticia: Pedro Ugarte ha obtenido el premio Setenil por su libro Nuestra historia (Páginas de espuma). Dicen que el Setenil, promovido por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Molina de Segura, es el Oscar del cuento. Lo desconozco, pero para quienes nos dedicamos a escribir es uno de los reconocimientos literarios más honestos.

Desde mi punto de vista, el premio tiene un doble ganador.

Por un lado, el propio Ugarte. Me identifico con el ritmo que impone a sus textos, por esos personajes que bajo el nombre de Jorge esconden a un hombre sencillo, acuciado por problemas triviales: el trabajo, las relaciones con los compañeros y las mujeres, posteriormente con la pareja y ahora con los hijos. Sus protagonistas son tan normales como cualquiera de nosotros, responden a obsesiones, virtudes y defectos que trascienden del entorno en que viven. Quizás sus cuentos hayan perdido ironía —a mí al menos ya no me dejan aquel rictus de comicidad que hizo que me enganchara a ellos—, pero muestran la madurez de un gran escritor.

Y por otro, Juan Casamayor, con seguridad uno de los editores que más están haciendo en defensa del relato en España. Su último premio al Mérito Editorial de la FIL de Guadalajara así lo evidencia.

A Pedro Ugarte le debo muchas cosas, cuatro de ellas muy personales: que pensara en mí para la presentación en 2003 de su libro Materiales para una expedición, cuando yo comenzaba en esto, y que supuso un espaldarazo íntimo; que contara conmigo para el diseño de la revista Campusa, que editaba la UPV, y posteriormente que me propusiera como jefe de prensa del Colegio Notarial del País Vasco, cargo que sigo desempeñando; y finalmente, que juntos nos embarcáramos en los primeros talleres de escritura que organizaba la Alhóndiga, de los que nació la actual AleaBilbao. Durante algunos años Pedro Ugarte decía una frase para retratar mi capacidad de estar en mil frentes: Quién no tiene en Bilbao un negocio con Álex Oviedo. Quizás fuera verdad. La quinta cosa que le debo es mi afición al relato, a partir de muchos de los que leí en sus libros. Que haya obtenido el Setenil es, por tanto, una alegría que yo también me llevo.

Y luego dicen que en Bilbao somos exagerados

Y nos llaman exagerados a los de Bilbao. Pero es que todo esto de ver quién pone la bandera más grande o quién agrupa a más número de personas agitando banderines se nos está yendo de las manos. Creo que no habíamos visto tanto rojo y amarillo en la vida. Hasta en Bilbao han colgado banderas de los balcones, cosa que sorprende por lo extraño y porque sus colores no son tan vistosos como esas que se ven por las calles de Madrid, nuevitas y acabadas de sacar de la funda de plástico.

Durante muchos años si subías por la calle Ibáñez de Bilbao desde el Ayuntamiento asistías a un juego casi entrañable: en la ascensión descubrías de pronto los colores de la ikurriña escapando de Sabin Etxea y a lo lejos la rojigualda de la Comandancia de Marina. Y te daba la sensación de que ambos buscaban que su estandarte fuese el más grande. Como si esperasen a última hora para ver el modelo que tocaba hoy: el mediano, el extra o el plus-size. Siempre pensé que aquello era algo como muy de Bilbao, una pelea natural de personas a las que siempre nos han tachado de exagerados.

Pero aquel año fui a trabajar a Madrid, a la redacción del periódico Metro, situada en la calle Serrano. Y al salir el día de mi llegada por una de las bocas del suburbano, me topé con la bandera de la plaza Colón que ondeaba autoritaria y desafiante, tan grande que abarcaba todo el cielo azul. Y me dije que también en eso los bilbaínos pecábamos de provincianos. La capital del Reino debía marcar distancias con el Norte, o marcar tendencia, quién sabe, dejar claro que la españolidad era madrileña o no era. Admito que estuve durante unos minutos viéndola ondear, moviendo la cabeza de arriba abajo, sin dar crédito a la exageración. Era domingo, apenas habían dado las tres, hacía uno de esos calores secos de la meseta y las calles estaban vacías. La bandera de marras imponía aún más si cabe, ajena a los escasos transeúntes que no parecían sentirse afectados por el brillo de sus colores. Creo que lo de la bandera de la plaza de Colón fue una idea del ex ministro de defensa Federico Trillo y del ex presidente Aznar, dos hombres ocurrentes y siempre dados a los excesos. Y que la ocurrencia les llevó al Libro Guinness: sus dimensiones de 21×14 metros lo merecían.

Pero ahora, César Cort, un promotor inmobiliario madrileño, ha colgado en Valdebebas una mayor, el doble, y la ha situado en la fachada de un edificio de 14 plantas. La enseña de marras pesa 248 kilos, tiene 731 metros cuadrados, 17 metros de ancho y 43 de largo. Una auténtica barbaridad que se vislumbra, imagino, desde decenas de kilómetros. La exageración ha tomado las calles en forma de sentimiento patrio. Y no dejo de preguntarme si no habría que promulgar una ley —dado que Rajoy es proclive a hablar del imperio de la misma en democracia— que evitara el exceso de ruido visual en nuestras ciudades. Que con tanto brillo y el exceso de banderines cualquier día de estos nos vamos a quedar ciegos.

Que sí, pero no, o todo lo contrario

Al igual que muchos de nosotros, Montero no acaba de creerse lo que está sucediendo en las últimas semanas en el país. O lo que dice la prensa que está sucediendo. En Cataluña y en España (en el Estado español, por eso de las suspicacias). Hoy le he visto aparecer en el bar con una bolsa y dentro un teléfono de baquelita negra, que guardaba su abuelo en casa, y me ha preguntado mi opinión sobre el sí es no de Puigdemont, la independencia o las caras que se les quedaron a los independentistas en Barcelona. “Un poema”, me ha dicho, “los que estaban en la calle saltaban de alegría al pensarse independientes, que debe de ser muy doloroso tener semejante sentimiento tan interiorizado, ha de doler o algo así para llorar al ver que no, que ya no, o que quizás más tarde, y me pregunto si no tendrán otros problemas en su vida, trabajo precario o simple dolor de estómago”.

He sonreído al oírle hablar. Quizás no tengan otras preocupaciones, le he dicho. Y me ha mirado con un mueca de sarcasmo dibujada en su cara. “Quizás se hayan pensado que al ser sólo catalanes van a ser más altos, más guapos o más listos. Bueno, listos no. Porque se seguirán dejando engañar, como todos nosotros, y los Pujol se saldrán de rositas, y nadie responderá por ese 3% que se llevaban bajo la manga y del que todo el mundo estaba enterado. No se trataba del España nos roba sino de CIU nos palea. Pero a la CUP todo eso se la resbala”, ha apuntado mi amigo, “la CUP es como la Batasuna catalana, sólo tienes que ver las pintas, el corte de pelo giputzi de su líder y el aspecto de recién bajados del monte que se les ha quedado a todos (y todas)”.

Se ha reído de su propio chiste y ha sacado el teléfono dejándolo sobre la barra.

“Y luego está el presidente, a Rajoy me refiero, preguntando por carta a Puigdemont si se ha declarado independiente o no. ¿Una declaración de independencia en diferido? Si está claro que CIU y el PP cada vez se parecen más. Hablan de hacer cosas en diferido, como los pagos aquellos al tesorero Bárcenas. Todo esto es como un vodevil o un chiste sin gracia”.

Ha cogido el auricular, se lo ha llevado a la oreja y ha simulado marcar un número.

“¿Es la Generalitat? Soy Rajoy, ponme con el President…” Ha tabaleado un rato sobre el mostrador. “Puigde, oye, que soy Mariano, que al final lo de ayer no me quedó claro, ¿os vais o no? Es para saber qué hacer. El 155 y eso, ya sabes, ¿me lo podrías aclarar? Que tengo al país revolucionado, y al pequeñín de Ciudadanos de mosca cojonera, y a la Cospe con los tanques; y como mañana es el Día de la Hispanidad he mandado a mi cuñado imprimir un millón de banderas. A ver si les damos salida… Bueno… pero me dices el lunes, ¿eh?”

Montero ha vuelto a colgar el teléfono y me ha mirado con un gesto de decepción.

“En fin… Gila hubiese hecho un gran chiste con todo esto”.

La lógica

La lógica es aquello a lo que muchos interlocutores recurren cuando hablan con otros y tratan de imponer su punto de vista. La lógica es lo que explica que no pueda haber diálogo entre dos personas que no se escuchan. La lógica muestra que si uno se salta las leyes es probable que llegue la justicia y te lo haga pagar de una forma u otra. La lógica tiene tantos matices como la cobardía, la violencia, la patria, la democracia y todas esas palabras a las que recurrimos para mostrar que el otro está equivocado. La lógica dice que si provocas que la gente se eche a la calle es probable que la reacción no sea pacífica. La lógica es lo que no tienen ni las masas, ni los cargos políticos, ni los intereses económicos, ni las personas que sólo buscan medrar. La lógica es aquello que queremos que tenga sentido para explicar muchas de nuestras acciones. La lógica diría que quien lleva a una sociedad al enfrentamiento tenga que ser el responsable. O que si la haces, la pagas, y debas dar explicaciones o dimitir.

Lógico sería que un trabajador que no sepa hacer su trabajo se vaya a la calle, sea funcionario, responsable público, director de un banco, presidente del gobierno, rey. Como lógico sería pensar que un lehendakari o un presidente debiera gobernar para su país y no para los votantes de su partido. Tendría lógica que los conflictos se dirimieran en una mesa de diálogo, no en la calle, o con un arma, o con un banderín de colores. Como sería lógico que uno diferenciara entre política y deporte, y que si en las noticias se habla de fútbol no tengamos que aguantar las opiniones de un defensa o de un presidente de un equipo. Si apenas son capaces de construir una frase con sentido sin recurrir a coletillas absurdas por qué molestarse en opinar.

Sería lógico que uno no leyera esto si no quiere ni le obligaran a hacerlo, o que no colgara fotos diciendo que está de vacaciones o haciendo el amor con su pareja, o haciéndose un selfie mientras vuelan las balas en una plaza. O que no tuviera que aguantar la cacerolada de un montón de personas frente a tu casa, o los silbidos, o los gritos de cualquier energúmeno. Son lógicas tantas cosas que han dejado ya de serlo.

Se ha ido otro de los Traveling Wilburys

Cuando he sabido esta mañana el fallecimiento de Tom Petty una idea me ha venido a la cabeza: se ha ido otro de los Traveling Wilburys. Primero fue Roy Orbison, luego George Harrison, ahora Tom Petty. Un músico que citábamos de carrerilla ligado siempre a The Heartbrakers, con los que sacaría su primer disco homónimo nada menos que en 1976. El grupo lideró el rock and roll norteamericano de los ochenta con su estilo acelerado, melodías guitarreras —gracias en parte al guitarrista Mike Campbell, segundo de a bordo y mano derecha de Petty— y letras en las que hablaba de la situación del americano medio, la crisis, sus ilusiones de prosperar. Alcanzó la fama en Estados Unidos donde fue reverenciado y considerado como uno de los grandes músicos del rock al otro lado del Atlántico. En Europa no hubo unanimidad, y menos aún en España, donde fue, quizás, un gran desconocido, sin demasiados temas que alcanzasen las listas de éxitos, a excepción de Learning to fly, I Won´t Back DownFree fallin’. Y formó la que sigue siendo una banda mítica, una broma iniciada al juntarse los hermanos Nelson, Lefty, Otis, Charlie T. y Lucky Wilbury, o lo que es lo mismo, George Harrison, Roy Orbison, Jeff Lynne, Tom Petty y Bob Dylan (casi nada) para grabar la cara B del single This Is Love, del álbum Cloud Nine del ex Beatle.

Tras una comida entre Harrison, Lynne y Roy Orbison, se unieron a Bob Dylan en su estudio de Malibú. Harrison había dejado su guitarra en la casa de Tom Petty, por lo que se pasó a recogerla y aprovechó para llevarse con él al músico. Los cinco compusieron Handle With Careun auténtico bombazo que a la Warner le pareció demasiado bueno para relegarlo a una cara B. Los cinco músicos habían estado tan a gusto tocando juntos que decidieron grabar un álbum completo, compuesto en sólo diez días en la casa de Dave Stewart —otro gran músico de la época—, miembro de Eurythmics, en mayo de 1988. De estas grabaciones saldría Traveling Wilburys Vol. 1.

“Wilbury” era una palabra que Harrison había empleado en la grabación de Cloud Nine cuando algún equipo estaba defectuoso (We’ll bury ‘em in the mix, decía). A partir de ese momento él y Jeff Lynne hablaban de wilburys al referirse a cualquier pequeño error. El término les pareció apropiado para denominar a un grupo nacido fruto de la casualidad. Surgieron así los Traveling Wilburys. Las diez canciones de este primer disco son una muestra de algo que hoy sería casi impensable: hacer buena música rock.

Al poco tiempo moriría Orbison, por lo que el proyecto quedaría cojo, aunque los cuatro miembros restantes grabarían Traveling Wilburys Vol. 3 como homenajeGeorge Harrison falleció en 2001 a los 58 años; Tom Petty lo hizo ayer, de un ataque al corazón. Tenía 66 años. Y me deja con una sensación que me lleva tiempo envolviendo: nos estamos quedando sin referentes musicales.

El ejemplo de la sinrazón política

Lo ocurrido en Cataluña ayer es un ejemplo más de la sinrazón en la que vivimos desde hace unos años. Un auténtico esperpento que si no fuese por la seriedad de los hechos formaría parte de la mejor de las películas de Berlanga. Por un lado, los Mossos acercándose a un colegio electoral tomado por decenas de personas para impedir el voto y preguntando: ¿se puede entrar? ¿No? Pues nos vamos. O a jóvenes levantando muros con paquetes de arena o cemento para impedir la entrada de la Policía. La de fuera, la ajena, la opresora, se entiende. O las urnas retiradas por la Guardia Civil. O gente cargando con bolsas de basura repletas de papeletas que ni la Pantoja, o votando en la calles. Y por otro, las lamentables escenas de miembros de la Benemérita y de la Policía Nacional dando estopa a quienes les impedían el paso: ochocientos y pico heridos, nada menos. También, las imágenes de esos ciudadanos que se revolvían tirando sillas al paso de los agentes, o persiguiendo en masa los furgones policiales o… Como si la violencia fuese una solución, como si desde las instituciones públicas no hubieran podido evitar semejante grado de tensión. Parecen abocados a la máxima: cuando peor, mejor.

A estas alturas creo que ni el Gobierno español ni el catalán tienen razón, pero paralizar una movilización electoral —sea considerada ilegal o no— a golpes demuestra que hay un problema de difícil solución. Un problema que se ha enquistado por la falta de cintura de los políticos, esos seres cuya incapacidad de llegar a acuerdos ha logrado que estemos en un callejón sin salida. Las imágenes de hoy de estudiantes en las calles de Barcelona o las previsibles de mañana con la convocatoria de una huelga general de carácter político sólo provocan incertidumbre. Y a eso añadiremos las muestras de sentimiento patriótico que se están dando en localidades de la península, o la de ayer en el Bernabeu a ritmo de Manolo Escobar.

Llevo tiempo manifestando la ineptitud política de Rajoy y su partido, acostumbrado a la inacción o a las mayorías. Prefiero no escuchar al ministro de Justicia, o a la vicepresidenta, y no digamos ya al portavoz del Gobierno o al del Partido Popular (ese personaje malcarado y lenguaraz). Tampoco me seduce la cantinela de Ciudadanos y de su líder Rivera, un jovencito de ideas rancias situado más a la derecha que el propio PP. De la izquierda, mejor no hablar: el PSOE dejó de ser de izquierdas hace muchísimo tiempo, y Podemos, que venía a relanzar la política, a darle una vuelta, a cambiar, lleva media legislatura sin saber por qué sigue perdiendo votos, e Izquierda Unida dejó de estarlo antes de que el propio partido se enterrase. Los nacionalistas, a lo suyo, los republicanos con su cantinela, los independentistas con la suya, y las minorías qué van a hacer si no tienen dónde caerse muertos. Con este panorama, el futuro se plantea negro, muy negro. En breve, con seguridad en menos de un año, se convocarán elecciones generales y, en este estado de ánimos volverá a ganar Rajoy, y esta vez de calle, ayudado por el peso del mundo rural y de ese sistema electoral que nos hemos dado. Y de nuevo viviremos el rodillo de la mayoría absoluta. Y si ahora lo del diálogo es impensable, entonces será una quimera.

A veces le oigo hablar a José Manuel Maza, fiscal general del estado, cierro los ojos y me parece volver a aquellas imágenes en blanco y negro. Es como si volviera al pasado. A una España centralista y retrógrada. Creo que el despropósito catalán tiene mucho que ver con el empeño en judicializarlo todo, en convertir la justicia en una herramienta más del ejecutivo. ¿Que el referéndum era ilegal? Sin duda. En Cataluña se pasaron las leyes por el forro, las normas de su propio parlamento, las mayorías, todo aquello que hace posible una cierta convivencia. Pero qué hubiera ocurrido si hubieran votado ayer tranquilamente los dos millones de personas que querían hacerlo. Pues nada más que eso: se habría organizado una votación, habría ganado el sí —porque el referéndum iba dirigido a los independentistas, no lo olvidemos— y habríamos vuelto al punto de partida. Y esto es lo verdaderamente importante: desde hace años parece claro que es necesario un acuerdo dialogado a lo que pasa no sólo en Cataluña sino también en Euskadi. Es evidente que existe una desafección a lo que significa ser español —ya sea por educación, por una televisión controlada por los partidos en el poder, por el constante falseamiento de la verdad, no sólo histórica sino de la propia realidad social—. Y que la postura hierática del Gobierno no parece desde luego la más adecuada para calmar los ánimos. La actitud de Rajoy —y de las fuerzas de seguridad del Estado— sólo han provocado tristeza y han reafirmado la postura de quienes quieren dejar España. Y dialogar significa escuchar al otro, escuchar sus opiniones, ceder para llegar a consensos, y en este país las cesiones sólo tienen que ver con el dinero que me puedo llevar para mi terruño. Nos hemos acostumbrado a los diálogos de sordos en los que apenas dejo intervenir al contrario. Porque se trata de eso, de un contrario, de un enemigo, de alguien a quien he de vencer porque sus ideas son distintas a las mías. Como decía hace poco, son actos de fe cusirreligiosos que poco tienen que ver con la razón.

Se votó, mal que bien, y decenas de miles de catalanes mostraron que se quieren ir. Las cargas policiales ayudaron a que se aclarasen las dudas de muchos catalanes que abogan por una Cataluña republicana. Pero quien ganó ayer fue la abstención. Según las cifras de la propia Generalitat votaron dos millones doscientos mil catalanes —un 42% del censo electoral, un 38% a favor del SÍ—, lo que supone que una gran mayoría prefirió quedarse en casa o salir de bares o a andar en bici. Dejemos a un lado la falta de garantías del referéndum (o como lo quieran llamar), el hecho de que hayan salido imágenes de personas que votaron cuatro veces, o que nadie controlara la edad de los votantes o que no hubiera ni interventores, ni junta electoral, ni nada que se le pareciera. O que tras hacer el recuento ha salido un 100,82% de participantes. Un número extraño, cuando menos. Como digo, la abstención ganó ayer por goleada. Una victoria que nadie va a tener en cuenta porque encierra muchas incógnitas que ningún político reconocería. Puigdemont demostró desde el primer día que cualquier resultado iba a provocar un tirar hacia adelante. Una declaración unilateral de la independencia. Qué más daba entonces que se convocase o no una consulta. Nos hubiéramos evitado meses de monopolizar los informativos, los periódicos, las tertulias. Pero si al 58% de los catalanes les da igual, cómo no me lo va a dar a mí.

Y a todo esto, dónde está el Rey. De momento, muy calladito. Rajoy, por su parte, con esa letanía de “hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

Premio Euskadi de Literatura para Fernando Aramburu

Hay premios que parecen cantados y el Euskadi de este año a Fernando Aramburu en su modalidad en castellano era uno de ellos. Desde su aparición pública Patria se ha convertido en un fenómeno, que le ha valido a su autor la consecución de varios premios —el de la Crítica y el Francisco Umbral a la mejor novela del año—, que siga siendo todavía una de las obras más vendidas del año —400.000 ejemplares y subiendo— o que su argumento sirva para la primera serie de HBO España.

Me alegro mucho por Aramburu, al que considero un gran escritor y al que he podido entrevistar varias veces —la primera de ellas viajando en un autobús a Madrid, con el móvil en la mano, la libreta sobre las rodillas ante la mirada de mi vecina de asiento que me observaba hacer malabares con el bolígrafo y el teléfono—. He leído con placer algunos de sus libros, en especial Años lentos, Viaje con Clara por Alemania —con la que quedó finalista del premio Euskadi en 2011, un premio que ya había obtenido diez años antes con Los ojos vacíos— o los relatos de El vigilante del fiordo y Los peces de la amargura, en estos dos últimos casos con amargo placer dado el tema. He tenido además la oportunidad de charlar con él en varias ocasiones, lo que me ha permitido descubrir a un hombre de fina ironía y ácido sentido del humor. He disfrutado de su conversación las veces que hemos coincidido, muchas menos de las que me hubiera gustado.

Admito que aún no me he atrevido a hincarle el diente a Patria: no soy muy amigo de las novelas extensas y tampoco tengo el cuerpo —aún— para adentrarme en esta visión de la realidad vasca durante los años de plomo. Es demasiado cercana como para no sentirme noqueado por ella. He leído los comentarios de críticos a los que respeto: por un lado César Coca en El Correo “ha construido una novela de enorme ambición porque reparte protagonismo y muestra el dolor que, más allá de sus causas y la consideración moral que pueda suscitar, alcanza a todos”— y por otro Iban Zaldua en el detallado análisis que hizo para Viento Sur —“Uno de los puntos fuertes de la novela, quizá el más potente: la voluntad de abarcar todo, de contar, de una tacada, lo que hasta ahora sólo se había hecho fragmentaria o parcialmente (como él mismo había intentado antes en libros como Los peces de la amargura, Tusquets 2006, o Años lentos, Tusquets 2012). Otra cuestión es cómo lo hace, y si la obra resultante puede calificarse o no de alta literatura” o “Los personajes son, en lo fundamental, estereotipos, reconocibles inmediatamente, y apenas cambian a lo largo de la obra, salvo en su superficie”—. Comentarios que me hacen querer acercarme a la novela. Tendrá que esperar. Quizás cuando le den el Nacional o cuando le vea en una próxima ocasión con un ejemplar para que me lo firme.