La novela fragmentaria de Muñoz Molina

Durante muchos años, dos libros de Antonio Muñoz Molina marcaron mi forma de entender la literatura, por un lado El jinete polaco, y por otro Plenilunio, obra por la que siento predilección y que supuso el germen de una de mis novelas. Las de Muñoz Molina eran obras densas, narradas con la rotundidad de un gran escritor, excesivas quizás para los lectores de hoy. Quizás por ello no sorprenda que su ultimo libro, Un andar solitario entre la gente (Seix Barral) sea más fragmentario, acorde a los tiempos que nos ha tocado vivir, con un contenido singular también en su forma. El escritor jienense ha estado en Bilbao presentando esta novela que refleja un proceso narrativo y que surgió por casualidad, como dice que nacen muchos de sus proyectos, inconscientemente, llega una idea y uno empieza a desarrollarla. El impulso de Un andar solitario entre la gente fue ir fijándose en las cosas que estaban cerca de uno, un posavasos, una persona pidiendo en una esquina, un artista callejero, un artículo de periódico. “Quería contar lo inmediato, y según escribía lo que estaba haciendo cobraba forma. Era una especie de diario en el que recopilaba recortes, frases, iba con un cuadernos y un lápiz pero a la vez con un iPhone en el que registraba grabaciones, por ejemplo los pregones de la gente en la calle, los cánticos de una vendedora de melocotones, en la que te das cuenta de la musicalidad del habla. Mis escritos se convirtieron en una crónica de viajes con la que prolongaba la tradición sobre la literatura de la ciudad”.

Dice Muñoz Molina que siempre le ha gustado la escritura fragmentaria, que la inmediatez siempre ha estado ligada con el periodismo, y que “el periodismo es literatura porque es contar el mundo con palabras”. Pero como en todas las artes, hay buen y mal periodismo. Y por tanto buena y mala literatura. Y recurriendo a Choyce: “La casualidad me provee justo de lo que yo necesito”. Todos los escritores que aparecen en el libro son escritores de periódicos. Esta nueva literatura se corresponde con la nueva realidad. Por qué define su novela de urbana: “Porque la ciudad por definición es un mosaico, y por eso mismo las novelas sobre la ciudad suelen ser así”. En ese proceso el escritor descubrió una palabra que le refleja perfectamente la sociedad de hoy: basuraleza. “El nivel actual de residuos es brutal, muy serio, a lo largo de la novela aparece varias veces esa presencia constante de basura en nuestras calles. Cada cultura trabaja con el material que tenemos, y en la nuestra los deshechos son con los que trabajaremos en el futuro”.

En qué trabaja Celia Villalobos

Cada vez que la veo me lo pregunto: en qué trabaja Celia Villalobos, me ha soltado Montero esta mañana al ver la cara de la diputada en la televisión mientras nos tomábamos un café. Y yo, que tampoco lo sabía, porque en el fondo me da igual, he trasteado en Internet: «Es una política española, diputada en el Congreso por Málaga desde 1989, portavoz adjunta al PP y presidenta de la comisión del Pacto de Toledo. Opositó para funcionaria del Estado siendo su destino la Organización Sindical, más conocido como Sindicato Vertical, la organización sindical al servicio del franquismo, en Málaga. Está casada con Pedro Arriola, otro de esos asesores que tiene el PP. Ha sido Ministra de Sanidad, Vicepresidenta del Congreso de los Diputados y Alcaldesa de Málaga», he leído.

O sea, ha reflexionado Montero dando un sorbo a su café solo, que se ha pasado toda la vida viviendo de la sopa boba. Viviendo de lo público y de nosotros. Vamos, que lo de trabajar en serio como que ni lo ha catado. ¿Y esta señora preside el Pacto Toledo?, se ha preguntado. Porque, por si no lo sabes, son los que se ocupan de las pensiones, los que tienen en la calle a los jubilados con sus sueldos de miseria, que ayer en una reunión a puerta cerrada en el Congreso debió de ponerse a gritar como una verdulera, una mujer que es capaz de decir que los jóvenes tendrían que ahorrar dos eurillos al mes, menos que una cerveza, soltó en TVE sin sonrojarse, durante toda su vida laboral para la jubilación. Pues hubieran conseguido 1.200 euros en cincuenta años, menos de lo que cobra ella a la semana. Porque claro, nadie habla de los sueldos de esta gente. ¿La oíste el otro día? Dijo que “hay pensionistas que están más tiempo cobrando la pensión que trabajando”. O que la jornada laboral de los españoles es larga porque se entretienen hablando de fútbol. Con ocurrencias como ésta, la señora es trendic topic y el hazmerreír de los votantes, pero ahí sigue, permitiéndose dar lecciones de economía, de trabajo, y de vida. En fin, y lo dice una tipa a la que pillaron durmiendo en el Congreso, o tirada en su escaño o interrumpiendo a gritos al parlamentario de la oposición. Una señora que presidía el Congreso a golpe de Candy Crush sin que se le cayera el refajo de la vergüenza. En otro país, la política andaluza estaría ya en su casa y nadie la echaría de menos. Cobrando una pasta, eso sí, porque no creo que tenga problemas con su jubilación. Que con 68 años ya le toca, ha subrayado Montero.

Sí, le he dicho, y seguro que se permite decir que si ella puede estar currando a su edad también puede hacerlo un minero. O una enfermera.

El mito de la libertad de expresión

En estos días se esta hablando mucho de la libertad de expresión, elevada ala categoría de mito por culpa de la censura de un libro, la retirada de colección de fotos pixeladas calificadas de obra de arte o los tres años de cárcel a un rapero por unas letras llamando a la revolución. Más allá del gusto de la canción, de la calidad de las fotografías o del texto, resulta curioso el retroceso a la libertad de expresión que estamos viviendo en los últimas décadas. Decían el otro día que con el cambio del código penal, el concepto de exaltación del terrorismo está siendo trendic topic en los juzgados. Todo es ya exaltación.

Pues nada, que cuando estaba en plena carrera, los profesores nos hablaban sin parar del artículo 20 de la Constitución, el que sigue:

    1. Se reconocen y protegen los derechos:

      a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción.

      b) A la producción y creación literaria, artística, científica y técnica.

      c) A la libertad de cátedra.

      d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. La ley regulará el derecho a la cláusula de conciencia y al secreto profesional en el ejercicio de estas libertades.

    2. El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.

    3. La ley regulará la organización y el control parlamentario de los medios de comunicación social dependientes del Estado o de cualquier ente público y garantizará el acceso a dichos medios de los grupos sociales y políticos significativos, respetando el pluralismo de la sociedad y de las diversas lenguas de España.

    4. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia.

    5. Sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial.

La educación en el Salvaje Oeste

Imagino a Donald Trump entrando en una escuela de la América profunda en pleno Salvaje Oeste con sus dos pistolas al cinto, su cara de cabreo y esa tortilla de huevos sin yema que tiene por pelo. Es un sueño recurrente. A veces su contrincante es Clint Easwood, otras Burt Lancaster, a veces también James Stewart. O el Duque. Y siempre gana Trump. Pienso que la historia los olvidará para dejar paso al pistolero americano por excelencia al que sus compatriotas elevaron a los altares de la Casa Blanca.

A veces cuando veo a los políticos de este país —ramplones, iletrados, vocingleros, maleducados y vividores— me animo diciendo que en España tenemos a Rajoy, y no a Donald Trump. Y que a ambos les votaron y puede que sigan haciéndolo. Me entran entonces sudores fríos, un pánico irracional, me dan ganas de independizarme del país o del mundo, encerrarme en un garito y esperar que al rubio americano no le dé por decir que él la tiene más larga y apretar el botón nuclear para acabar con el coreano. Por ejemplo. Como en el Salvaje Oeste, otra vez. Pero como digo, me animo al pensar que aquí al presidente no se le ocurren idioteces como la de querer armar a los profesores en la escuela para evitar que un joven se líe a tiros. No pasarás, forastero. Y disparar a la mínima que huela un peligro. Que ya son ocurrencias.

Me decía Montero ayer que una idea semejante sólo podía venir de un niño de parvulario o  de un mayor con el cerebro licuado, como esos personajes que aparecen en Tele 5. Pero que los votos le dieron la presidencia, y que como a Hitler millones de compatriotas le rieron las gracias. Lo que demostró su escasa capacidad crítica.

Despido por wásap

Hacía tiempo que no veía a mi amigo Montero. Desde que llegó el invierno —frío y blanco, acaso optimista si hacemos caso a los refranes—, permanecía encerrado en su casa sin que ninguno de sus amigos consiguiéramos hacerle salir a la calle. Pero esta mañana me ha telefoneado: quería contarme un historia que le tiene encabronado. A una amiga suya la han despedido. Por wásap. “Para que luego se le llene la boca a la Fátima Báñez esa. ¿La viste el otro día hablar de las bondades del empleo en España? Que si el país camina hacia un empleo de calidad, que si estamos mejor que hace diez años, que si se ha mantenido el poder adquisitvo de los pensionistas pese a sólo haber ganado un 0,07% desde 2007, y bla bla bla. La trilera de los datos, la voy a llamar. Aunque claro, imagino que a una señora con seis pisos, dos fincas, un solar, un sueldo de ministra y sus dietas de alojamiento en Madrid lo del empleo de los demás se la tiene que traer bien floja”.

Me he interesado por su amiga al ver que Montero comenzaba a irse por peteneras; y entonces me ha contado lo del despido. “Imagínate el caso”, me ha dicho: “Mireia trabajaba en un bar, los primeros quince días en negro para ver qué tal, luego uno de esos contratos de cuarenta horas como ayudante de camarera aunque lo de ayudante sea otra excusa para pagar menos, con un cláusula que indica que está de prueba dos meses, y seis días a la semana, que si te pones a hacer números supera con creces las cincuenta y dos horas semanales. El cobro de las horas extra ni lo huele, como puedes imaginar. Trabaja una semana de tarde, otra de mañana, los lunes libres. Lo que vendría a ser uno de esos currelos que la Ministra de marras llamaría de recuperación. El bar, renovado, amable, cuenta con todos los boletos para funcionar, si no fuese porque la dueña trabaja menos que un eurodiputado y oculta su incompetencia presionando a los trabajadores. En esto, Mireia le reclama las horas extra, que su jefa esquiva con una frase de manual: si no estás contenta, ahí tienes la puerta. Ella sabe que el dinero es una necesidad y mi amiga no está para protestar. Así que Mireia calla. Pero al cabo de dos días sufre un tirón en la espalda por andar cargando cajas y se queda en casa con una lumbalgia del quince. El médico la ve y le diagnostica una contractura, que necesita reposo y le da la baja. Una semana. Mireia acude al bar, le entrega la baja a la señora a la que de pronto ve bracear como un teleñeco, no me puedes hacer esto, y ahora a quién llamo…, frases que provocan malestar en ambas: la una porque se siente traicionada, la otra porque pese al dolor, a no haber cobrado aún el sueldo del mes —y han pasado seis días desde que enero puso el punto final— y a que sabe que las extras se han esfumado, se siente obligada y le parece mal dejar a la dueña con el culo al aire. La cuestión es que finalmente sale por la puerta del bar, se monta en el coche para ir a casa y al cabo de diez minutos recibe un wásap que le indica que no ha cumplido las expectativas y que está despedida. Sin explicaciones, con baja y sin opción a nada. El despido del futuro”.

A partir de ahí  todo se precipita. Mireia siente que ha hecho EL MAL, que no ha debido cogerse la baja, que tenía que haber ido a trabajar aunque se quebrase, que el empresario —mujer en este caso—, sólo miraba por ella, por el negocio, por la economía, por mejorar la situación de los trabajadores y esas cosas que aparecen en la television y en los diarios; Mireia sabe además que el barrio es pequeño y que pronto los rumores la señalarán como culpable, quizás la llamen vaga, y digan que no ha contribuido a mejorar el país y todas esas mentiras que se dicen. Su jefa no le devuelve las cosas que ha dejado en el bar y son suyas, no le envía los papeles del despido, no le abona el finiquito por el que tendrá que luchar. Y además, se ha quedado sin trabajo. Que es, en el fondo, lo que más le jode.

El puestazo del ministro

Desconozco las habilidades del ministro Luis de Guindos más allá de su prepotencia y de tratar a la prensa como si fuesen apestados. Debe de tener un fino sentido del humor, a juzgar por el rostro de comicidad que se le queda cuando un plumillas saca la pregunta a pasear o cuando habla con sus colegas europeos y se echa esas enormes risotadas que provocan inseguridad y miedo. No en vano, muchas de sus decisiones acabarán golpeándonos tarde o temprano. Siempre me he preguntado qué sentirá un tipo de estos, si es que sienten algo. Si en verdad piensan que trabajan por el bien del país.

Personalmente, jamás he podido tomarlo en consideración. Ni siquiera en serio. No me gusta, no me fío de él, le oigo hablar y me entran sudores fríos, como si oyera caer una guillotina. Será porque soy un fiel seguidor de las teorías de Johann Caspar Lavater y de su obra El arte de conocer a los hombres por su fisonomía, y a mí la del ministro se me antoja como la de un pez globo —considerado el segundo vertebrado más venenoso del mundo—, el rostro de un personaje que podría esperar en cualquier esquina para desplumarte. Pero claro, es sólo una impresión. Y por tanto irracional, por mucho que nos acojamos a teorías del siglo XVIII.

Nunca entendí cómo un tipo que estuvo de asesor en Lehman Brothers —uno de los responsables de la crisis financiera mundial, no lo olvidemos— pudo acabar como Ministro de Economía. Hay gente que nace con padrinos y tampoco son necesarios demasiados méritos para ser ministrable. Basta con poner cara de póker y no contestar a lo que se le pregunta. En algunos casos, ni siquiera son necesarios acreditar idiomas o carrera. De estos, De Guindos tenía, no lo vamos a negar. Y ha demostrado ser listo. Se va a levantar más de trescientos mil euros al año si accede a la vicepresidencia del Banco Central Europeo.  Y no abandona de momento el cargo de Ministro, no vaya a ser que… Eso sí, todo por el bien del país. Imagino que parte de su sueldo lo devolverá a las arcas públicas, ya que gracias al Estado ha logrado acceder a los méritos por los que ahora se postula. Y los contactos que le permiten llamar a quien quiera y medrar. Aún no he oído a ningún medio de comunicación hablar de la obscendidad de un sueldo como el que le van a pagar. Pero sí decir que va a venir bien a España tener a una persona como De Guindos en el BCE. Como si su nombramiento fuera a ayudar en algo a mi economía.

Manuel Robles o la pasión por el partido

Me desperté ayer escuchando a un tipo que no conozco y por el que no tengo ningún interés pero que me ha hecho pensar: un tal Manuel Robles, alcalde de Fuenlabrada, se jubila tras 16 años al frente del Ayuntamiento. Como dejar un cargo político es ya una noticia, y estar tanto tiempo en el poder es de premio, la noticia ha salido en todos los medios. Al parecer, abandona el cargo porque quiere dedicarse a la familia. Y dice tener tres pasiones: “mi familia, la ciudad a la que amo y mi partido”. Al escucharlo me he dicho. ¿Pasión por su mujer? Lo entiendo. ¿Por su ciudad? Sin duda, me sacan de Bilbao y me salen escaras. ¿Pero el partido? Si aún fuese el Athletic. O la triada Atletico-Barça-Madrid para los aficionados a los medios deportivos y a Antena3. ¿Pero el partido? ¿Se puede sentir pasión por un partido político sea el PSOE, el PP, el PNV…? En este caso, Manuel Robles lleva no sé cuántos en el PSOE, por cuyas siglas siente una pasión irreprimible, casi sexual. Y uno de pronto entiende: nuestro sistema político permite que un ciudadano elegido no se deba a la sociedad a la que representa sino al partido que le da de comer. En circunstancias como esa, es normal que Robles sienta pasión. O que haga cualquier cosa que le pida el partido, aunque vaya en contra de su pueblo o de su país (palabras en este caso escritas en minúscula, para remarcar su intrascendencia).

Se nos ha ido Dolores O´Riordan

Prácticamente toda la música que escucho procede del placer que experimenté, una vez acabada la carrera, al descubrir nuevos sonidos que me alejasen de lo clásico. Buscaba en cada rincón temas que me atrapasen, desde el progresismo sinfónico hasta el New Age, desde lo indie a lo más pop, rock australiano, grunge, AOR, folk irlandés… Me dejaba guiar por quienes suponía que sabían de esto: Ramón Trecet en Diálogos Tres, Julio Ruiz en Disco Grande, José Miguel López en Discópolis y tantos otros (Jesús Ordovás, Lara López, Tomás Fernando Flores, Juan de Pablos…) Y por supuesto, escuchaba lo que alguno de mis amigos me ofrecía como novedad.

Gracias a una de ellas descubrí cantantes y grupos procedentes de Inglaterra e Irlanda, y entre esa lista la desgarrada voz de Dolores O’Riordan, cuya imagen rompedora lideraba The Cranberries. Su álbum de debut, Everybody else is doing it, so why can’t we? en 1993, fue todo un descubrimiento, y aquella canción sobre el rechazo y el desamor titulada Linger, un tema no demasiado comercial que sin embargo los catapultó al éxito. Quién iba a pensar que su siguiente disco sería aún más rotundo: No need to argue, una declaración de principios, y un tema demoledor que mostraba la devastación que provoca el terrorismo en una sociedad y en las personas: Zombie, un single que aún nos taladra el recuerdo.

Hubo más discos (To the faithful departed, Bury the hatchet, Wake up and smell the coffe…), una separación, dos elepés en solitario, el reencuentro del grupo y la promesa —por mi parte— de que iría a verlos en concierto algún día. El fallecimiento repentino de Dolores O´Riordan vuelve a truncar lo que uno imagina.

La prensa pronto empezará a especular sobre su muerte, sobre su vida, sobre razones y sinrazones. Como si no diera igual. Yo me veo escuchando Just my imagination, quizás su tema más amable y soñador, lo que me apetece para recordarla.

Tabarnia o la República Independiente de La Casilla

Cuando el independentismo y ETA estaban en su apogeo en Euskadi bromeábamos en privado diciendo que nosotros también queríamos crear la República Independiente de La Casilla. Era una manera de descontextualizar la lógica de ciertos sectores de la política vasca y de la violencia terrorista que, no lo olvidemos, era moneda habitual en nuestras calles y en los medios de comunicación. Si todo era un tema de diferenciación,  de sentimientos, de libertad, de lengua o de derechos históricos, qué teníamos en común los habitantes de Bilbao con los pueblos del Duranguesado o el Goierri guipuzcoano. ¿O qué nos acercaba a la llanada alavesa y a Vitoria, si en nuestra opinión la capital económica y política de Euskadi siempre sería Bilbao? La capitalidad de Vitoria era un regalo, decíamos, una concesión de los partidos, y en concreto del PNV para que Álava no se sintiese la hermana pobre del País Vasco.

Lo cierto es que desde nuestro pequeño submundo urbano y bilbaíno el nacionalismo que nos vendían nos resultaba reduccionista, arcaico, fruto de épocas caducas, y apelaba a semejanzas que no lo eran; y el terrorismo una lacra que debíamos extirpar de la sociedad y que tenía que ver más con rencillas rurales de personas que se dejaban engañar por postulados primitivos —lo nuestro, lo de ellos, lo del pueblo, lo de fuera— y por términos que procedían de otros siglos, que se actualizaban otorgándoles la divinidad de las mayúsculas —Patria, Pueblo Vasco, Nación y ese concepto global y aún no suficientemente estudiado llamado Euskal Herria—. Nuestras reivindicaciones pasaban por un bilbaocentrismo tan absurdo y contestable como el que nos exhortaba a tomar la ikurriña y avanzar. Nos parecía bien que se apelase a que un vasco tiene poco que ver con un andaluz o con un catalán, pero no entendíamos por qué debía romperse la relación mantenida durante siglos; además, quienes vociferaban las diferencias de las costumbres e idioma recurrían siempre a una Historia en muchos casos falseada y sus argumentos estaban repletos de frases hechas o insultos, en plan si no te sientes vasco puedes largarte de aquí, por no hablar de adjetivos como españolazo, un auténtico descubrimiento. Del tiro en la nuca o la bomba lapa no merece la pena insistir.

Pero no sólo eso, si realmente como vascos teníamos derecho a exigir la libertad de nuestro pueblo, por qué no extender esas peticiones a una comarca, a un municipio, a un barrio o a una comunidad de vecinos. O a nuestra plaza de La Casilla, en cuyos alrededores vivíamos. Nos parecía bien que se independizase Guipúzcoa, y que nos librásemos de sus monsergas, su aspecto de recién llegados del monte o sus cortes de pelo a hachazos. Estereotipos que se imponían como todo lo que nos resulta ajeno y molesto. Además, pensábamos en nuestra inocencia juvenil, en caso de una previsible independencia, qué opinaría el País Vasco francés, Navarra y, por supuesto, Álava, ya se sabe, la provincia traidora y todo eso. En fin…, que nos limitábamos a rebatir los argumentos de quienes insistían en que tenían el derecho inalienable a decidir su futuro, a independizarse, a cumplir con el mandato cuasidivino de una Euskal Herria con capacidad para formar parte de Europa sin la intromisión del Estado español (opresor, fascista y otras lindezas).

Claro que si por cualquier circunstancia nos topábamos con algún defensor a ultranza (pacífico) de tomar las de Villadiego para Euskadi y le planteábamos esas dudas, nos aseguraba que no, que Euskal Herria lo formarían los siete territorios, que no había opción a separaciones que poco tenían que ver con nuestra Historia. Y recurrían a argumentos conocidos —y repetidos ahora en Cataluña y base de cualquier nacionalismo—, con un puntito de victimismo en su rostro: que si el bienestar común, la mejora de nuestra situación sociopolítica, el mantenimiento de unas costumbres e idioma ancestrales, el florecimiento de esa Arcadia feliz que Francia y España obstaculizaban a base de represión y torturas. Rebatir cualquiera de esos argumentos era sencillo, pero implicaba posiciones y debates que no se iban a producir. En el fondo, sólo eran conversaciones de bar, tan parecidas a las de los parlamentos o los foros políticos. Nos interesaba el tema de la independencia porque conllevaba muerte e imposición y porque suponía cierta dificultad hablar en las calles con quien no pensase como tú. Acabado el terrorismo, dejamos de escuchar cantinelas repetidas cada hora, eslóganes patrios o soniquetes molestos. Sólo si encendías la televisión o enchufabas la radio, especialmente las locales, corrías el riesgo de oír a un político o sindicalista hablar de lo mismo.

Con Cataluña está pasando algo similar, sólo que sin la violencia de una organización terrorista. Quienes insisten en ello tienen poco que ver inicialmente con la calle y más con partidos políticos y un Gobierno catalán que ha preferido esconder en todos estos años sus vergüenzas tapándose con esteladas. Y es fácil crear un caldo de cultivo si falseas la historia, escondes datos o insistes sólo en lo que viene bien a tus intereses. O si otorgas mayor representatividad a unas zonas que a otras gracias a leyes electorales que debieran revisarse. De la educación ni hablemos, ya que cualquier gobierno que se precie en este país prefiere gobernar a ciudadanos incultos que ofrecerle los mimbres para que edifique su propio punto de vista. Añadiremos, además, que se trata de diferencias entre lo rural y lo urbano, como se ha demostrado en estas últimas elecciones. De ahí que la propuesta de una comunidad autónoma llamada Tabarnia y formada por territorios de Tarragona y Barcelona, además de una ocurrencia supone la reiteración de lo evidente: si una comunidad puede independizarse de otra, ¿convertiríamos cualquier país en una suerte de matrioskas o reinos de Taifas incluso aunque sólo un individuo decidiese que sí?

¡Es la economía, estúpido!

“Es la economía, estúpido”, fue una frase utilizada durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992 contra George Bush (padre). Y es la economía es lo que me digo cada día cuando intento explicar gastos que no entiendo. Por ejemplo: quién paga a Puigdemont su estancia en Bruselas, o los viajes de miles de partidarios de la independencia que coparon la capital europea con su esteladas hace unas semana; quién paga los coches oficiales, las campañas electorales, los sueldos multimillonarios de los consejeros de cualquier banco o empresa eléctrica, los rescates bancarios, las duplicidades de instituciones públicas y parlamentos autonómicos, el sueldo del rey y su familia y sus colaboradores, los miles de asesores que hay en el país, el cementerio de elefantes del Senado, lo que antes denominábamos la Corte y que son los mismos perros con otros collares. Y más que iré añadiendo. Esto sólo ha sido una vomitona inicial. Pero en cualquier caso, sí, nosotros, y los impuestos que comenzarán a subir en cuanto llegue el uno de enero. Y si no, al tiempo…