Viviendo vidas pasadas

Según pasan los años me gusta más el teatro y me merece un respeto mayor, en especial por esa capacidad de actores y actrices de enfrentarse al público, de transformarse, de mudar de piel, una especie de desnudez sin barreras que no es tan evidente en otras artes. Y disfruto —en ocasiones con cierta sensación de intromisión en lo privado— cuando el teatro se convierte en un espectáculo cercano, como el que ofrece Pabellón 6, o el esfuerzo que Richard Sahagún está realizando para impulsar La Hacería. Dos salas en las que creo haber visto algunas de las obras más refrescantes de esta temporada: Orquesta de señoritas —sin olvidar Chichinabo cabaret—, en el caso de Pabellón 6, o El abrazo de Heróntidas, en La Hacería—obra que será representada el próximo 15 de enero de 2017 en el Guggenheim—.

La utilización de salas pequeñas y cercanas no es nueva, así como la ruptura con el espacio escénico para que el espectador se sienta dentro de la propia obra. Decía hace unos días el crítico Pedro Barea, que «el formato tiraniza», y de ahí que el lugar de la representación así como la cercanía del público influya en el desarrollo de la obra, en el ritmo, en su duración o en el número de actores.

Durante la pasada Aste Nagusia se representaba en la biblioteca del Hotel Miró de Bilbao Vidas pasadas, de Ángel Mirou, obra con sólo dos personajes: Leyre Berrocal y Bea Insa. Una historia de fracasos y vueltas a empezar, de recuerdos que marcan nuestra vida, de intentos por apostar en lo que uno cree, incluso aunque haya de venderse para ello. Teatro de proximidad, en un espacio pequeño, con sillones en primera fila, a unos centímetros de las actrices, con sillas altas en la tercera para permitir una mayor amplitud de miras. Se representa una entrevista que va a ser grabada en vídeo para una revista de tendencias. Tania (Bea Insa) es una actriz en crisis que está promocionando su nueva película, tras diez años ausente de las pantallas; Vero (Leyre Berrocal) es una periodista insegura con un trabajo en precario, madre de un hijo al que no sabe si está dando una buena educación. La entrevista se celebra en un hotel, precisamente en una biblioteca, las grabaciones se detienen e inician, se cambian las preguntas cuando a la actriz le incomodan, hay una cámara que deja ver el rostro de ésta con una cercanía casi insultante, el espectador siente que está viviendo la realidad de dos personas que han de compartir sus trabajos, que dependen la una de la otra. Es como si mirase por el ojo de la cerradura un pedazo de vida. Algo a lo que ayuda el pequeño formato —el argumento y la duración de 40 minutos—, pero sobre todo el buen hacer de las dos protagonistas.

 

La foto de las actrices es de www.elmonstruito.com