Vacío en la sala

Hace unas semana asistí a una charla en la que estábamos el ponente, su mujer, una señora y yo. Un encuentro muy interesante que no tuvo sin embargo el apoyo del público pero que escuchamos con la familiaridad a la que nos acostumbra este tipo de eventos. Al salir nos planteamos junto al autor cuál serían los motivos de la falta de quórum: una mala promoción, el cansancio ante la cantidad de eventos diarios, el desinterés, el buen tiempo… Era un martes sin partido, así que no le pudimos echar la culpa al fútbol —pese a que el número de retransmisiones a la semana raye lo obsceno—, el tiempo acompañaba —no era un día de playa ni caían chuzos de punta— y el tema era atractivo —lo que se demostró cuando diez días después el mismo evento congregó a más de una treintena de personas en otra ciudad—. Así que, simplemente, la gente no acudió al reclamo y prefirió dedicarse al poteo.

Uno de los temores más grandes de cualquier escritor es que la sala esté vacía. Que a ella no acudan ni tus amigos, cansados de ser la cla del espectáculo. El sábado me dijo Montero que el futuro de las presentaciones está en contratar a personas que llenen la librería, que aplaudan cuando el autor diga algo interesante. O que aplaudan siempre, que para eso se les paga. Como cuando en los programas en directo se anima a los espectadores a que palmoteen como focas ante el premio de un pescadito. Porque está claro que la coletilla esa de «al final se servirá un vino», ya no sirve. He acudido a varias presentaciones en las que primaba la ausencia, también en el caso de escritores de supuesto prestigio, que miraban a un lado y a otro, a su agente, al organizador, a una sala desnuda.

Un caso similar les ocurrió este martes en Nantes al grupo vasco Berri Txarrak. Su música sólo atrajo a un espectador, pero el grupo decidió tocar y lo hicieron como si se hubiese completado el aforo. Lo dieron todo porque un sólo oyente bien vale un concierto, aunque de haberse tratado de una presentación de libros no hubiese merecido media página en los periódicos. Una vez le oí decir a John Anthony Helliwell, saxofonista de Supertramp, que la primera vez que tocó con el grupo acudieron a escucharles sólo once personas frente al lleno de un concierto como el que daría lugar a su directo Paris. Son cosas que pasan. El escritor, el artista, ha de seguir porque su obra lo merece. Por mucho que la sala vacía te lleve a pensar que ni siquiera interesas ya a tus familiares.