Más leña al fuego…

Si llevásemos al tebeo la situación de los últimos meses en España no podríamos más que ponernos el dedo a la sien y decir aquello de «Están locos estos romanos». Encender el televisor o la radio por las mañanas es como darse un atracón de surrealismo en el que lo importante deja paso al absurdo, la realidad se envuelve en un paño de mentiras o se oculta con informaciones sesgadas, manipuladoras y sobre todo muy poco interesantes. Desayuno con la pregunta a un líder de Podemos, no sobre el hecho de que la deuda haya alcanzado el 100% del PIB —algo que se lo debemos a los partidos que han acampado en el Gobierno— sino sobre la situación de Venezuela; escucho a un candidato vestido de traje decir que no votarle a él es como jugar a la ruleta rusa —nada menos— mientras evita hablar de una corrupción que ha convertido su partido en una ciénaga; y como colofón me entero de que la delegada del Gobierno de Madrid, una tal Concepción Dancausa, ha prohibido la entrada de esteladas a la final de Copa del Rey entre el Sevilla y el Barça, al considerar que la bandera independentista catalana «incita, fomenta o ayuda a la realización de comportamientos violentos o terroristas», al tiempo que permite la celebración de una manifestación neonazi por las calles de Madrid. En fin… Se equivoca Dancausa cuando señala que «el fútbol no puede ser el escenario de una lucha política» porque es precisamente eso, el enfrentamiento entre dos bandos, la sustitución de lo bélico frente a lo festivo, la activación de las aspiraciones de victoria de la tribu. Se equivoca si cree que un juez no dará marcha atrás a la prohibición atendiendo a algo tan obvio como la libertad de expresión. Y se equivoca aún más si cree que prohibir la entrada a una bandera no va a provocar el efecto contrario, que se llene el campo de esteladas, banderas escocesas o gritos en favor de la idependencia. Es curioso el empeño, el deseo de enmarañarlo todo, de echar más leña a un fuego que sólo podrá apagarse si así lo deciden quienes tienen autoridad para ello. Hemos llenado nuestra vida de símbolos, de trapos de colores que no representan nada más que nuestro afán de sentirnos unidos a algo y distanciarnos de lo contrario, enseñas de las que ni siquiera conocemos su origen, composiciones elevadas a la categoría de himnos que en su día no lo fueron, emblemas con los que juegan a su antojo quienes jamás perderán (o morirán) por ellos, parapetados en la tranquilidad de las retaguardias. Cuando escucho las soflamas de líderes roncos recuerdo aquel tema de Loquillo que decía algo así como: «He modelado una bandera, que como todas, es para quemar».