Un problema de creencias

Lo que está pasando en España es un problema de creencias. De fe, religioso. El Estado, con Mariano Rajoy a la cabeza, cree que la democracia se basa en la Ley, que la Ley está por encima de todo, pero sólo plantea con la boquita pequeña que las leyes se cambian, pueden cambiarse si se llega a acuerdos. Su partido no es de los que se dediquen al diálogo, lo demostró cuando tuvo mayoría absoluta, es más de imponer su concepto de españolidad, uno es español o no lo es, pero ni se le pasa por la cabeza que alguien piense que no. Hacerlo supone ser radical, antidemócrata, y por supuesto antiespañol, algo que no es tolerable. Si la gente sale a la calle a protestar, se les define como izquierdistas, rupturistas, antisistema o perroflautas; en fin, lindezas de ésas. Y con eso ya han ganado. No tengo muy claro, además, que esto no sea por su parte más que un estratégico juego político que obligue al resto de partidos a posicionarse, y con eso también a los votantes para unas próximas elecciones en las que fagocite a Ciudadanos, arrase con el PSOE y gane terreno frente a la izquierda. A Podemos ya no le teme porque se ha desinflado sin llegar a tocar cacho.

El Gobierno catalán, por su parte, cree que las leyes las deben marcar ellos y que Cataluña es independiente o ha de haber un referéndum para que lo sea. Y si se ha de pasar por encima de los que no lo creen no pasa nada. Puigdemont se ha convertido en un gobernante que sólo gobierna para una parte. Pero no se le puede achacar nada. También otros políticos lo han hecho de igual forma. El President apela a los sentimientos de unos, y me da igual que sea un cuarenta y cinco o un ochenta por ciento. Y juega con ventaja: su partido —destrozado por lo que llaman deriva independentista y por la peste a corrupción que emana (como el PP, por otro lado)— lleva años planteando mentiras sociales como las de «España nos roba» —los casos del 3% y Pujol han demostrado lo contrario—, controlando los medios de comunicación (TV3) y la educación. Con esas armas a su favor es sencillo imponer la sensación de que la independencia les llevará a la cima europea o mundial. Y si cuando uno apela a los sentimientos no es necesario que explique cómo va a poner en marcha sus planes, o cómo va a declarar la independencia ante una Europa o un mundo que no le reconoce. Da igual, todo esto —supone tanto él como ERC— vendrá por añadidura. En el caso de la CUP su objetivo es dinamitar el sistema. Lo demás ya se verá.

Tengo claro que la Ley, así escrita, con mayúsculas, debe prevalecer, pero también que cuando el ruido de la calle es tan evidente, los gobernantes han de intentar buscar los motivos del descontento. La calle da miedo, lo dan las masas encendidas que son incontrolables y pueden provocar incidentes. Y de aquí pasar a la violencia. Además, ninguno de los representantes políticos está favoreciendo la tranquilidad. Tiene razón el lehendakari cuando dice que un conflicto político con amplio arraigo social necesita una respuesta política. Pero me temo que vivimos en un país que sólo acostumbra a reveses detrás de la red. Y negociar es una palabra que no está en el diccionario de muchos representantes políticos. Negociar implica aproximación, pero dos creencias no pueden aproximarse sin más. La fe de que mi Dios es el verdadero choca necesariamente con la del adversario.

Porque sí, todo esto es un tema político. Pero España carece de políticos. Con mayúsculas, claro. Personas que hagan política a largo plazo, no de cara a las próximas elecciones. Personas a las que se les paga para ello, y que parecen más interesados en envolverse en la bandera del patriotismo.