Un fracaso de 32.000 ejemplares

Cada vez que veo a Kim Kardashian me cuestiono sobre el absurdo. Que una mujer como ésta tenga 60 millones de seguidores en Instagram y viva de ello nos lleva a ídolos locales tan casposos como Belén Esteban o los frikis que aparecen cada día en Gran Hermano o en los programas de Tele5. No tengo ni la más remota idea de cuáles son los atributos de Kardashian, aunque creo que ayer mismo volvió a ser noticia —incluso en los periódicos— al colgar un selfie de cuerpo entero y desnuda (debidamente autocensurada). ¿Serán sus proporciones desmedidas? ¿Será su boda con el rapero Kanye West? ¿Será pertenecer a una familia adinerada? ¿O será simplemente que vivimos en la banalidad? Su única aportación es ser la reina de Instagram, y hacer de cada momento una imagen, un fotograma para un espectador que se siente cercano por obra y gracias de las redes sociales. Elevada a icono de lo trivial, de lo superfluo, del usar y tirar sin mayor interés que el cotilleo.

No contenta con esto el pasado mes de mayo decidió publicar un álbum en la editorial Rizzoli con 300 de las autofotos que aparecen en Instagram. El título: Selfish —un juego de palabras en inglés entre egoísta y selfi—. Pero el libro no ha obtenido el éxito esperado y solamente ha vendido 32.000 copias, una fruslería para alguien acostrumbrada a rodearse de millones. Y las malas ventas, pese a que en la portada aparezca Kardashian con el pelo mojado y mostrando su escote abundante —turgente que diríamos—, se han debido, sorpresa de las sorpresas, a que el libro ofrecía lo evidente: fotografías insignificantes, repetitivas, con tan sólo tres páginas de texto. Para qué gastarme entonces los 18 euros que pedían si puedo ver las fotos con un simple clic. Y sin pagar un euro.