Todo al limón

Durante años seleccionando la mejor ilustración, la tipografía que más se adaptase a una historia o que cuadrase con su nombre como autor. Le pedía a los editores que le dejasen elegir la portada, que conocía a una fotógrafa, a un ilustrador o a un poeta visual que sabría decir en una sola imagen lo que él había expresado con palabras. Buscaba diseñadores gráficos que aunasen fotografía y texto para atrapar al posible lector cuando se acercase a una librería. Se publicaban tantos libros que era necesario captar la atención de inmediato, agarrar al comprador por los ojos, incitarle a la mirada. Luego, rebuscaba entre las fotografías que le habían sacado para que, al abrir el libro y ojear la solapa, el lector se quedase con el rostro de un escritor que le brindase seguridad, que le cayera simpático, que al verla dijese: confío en él, sé que no me va a engañar, que su obra procede del corazón, nace de la verdad. Y resulta que todo era más fácil. No hacía falta ni aporrear las puertas de los periódicos mendigando una entrevista, ni llamar a las radios diciendo que su novela había sido definida por los críticos como lo más interesante que se había escrito en la literatura desde William Faulkner; ni prodigarse en las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram) a través de fotografías de su portada en espacios bucólicos o urbanos, de charlas o encuentros a los que acudía, de poses amables frente a un cuadro, una taza de café o una estantería repleta de novedades editoriales. Una noche había llegado a fotografiarse tumbado con un montón de ejemplares sobre su piel desnuda imitando a Mena Suvari en American Beauty. O a Pablo Carbonell en Lo mejor que le puede pasar a un cruasán. Todo servía para promocionar la novela. Si hubiera sabido que para vender más libros sólo era necesario emplear en la cubierta el color amarillo. Un amarillo fluorescente, el Pantone 803, el color utilizado para la versión americana de Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, que rompió récords de ventas y colorido. Y él que pensaba que el amarillo era gafe por aquella historia de Moliére y El enfermo imaginario; que alertaba de la existencia de una epidemia durante la Edad Media, ya que los apestados vestían ese color; que recordaba al azufre de los infiernos y a la imagen del demonio para los antiguos cristianos. ¡Si hasta a la prensa se le vestía de amarillo cuando no era rigurosa! Pues no. Ahora un tal Peter Mendelsund, director de arte de la editorial Knopf, dice que no. Que se vende más si se diseña en amarillo. Que está comprobado, oigan. Así que nada. En vez de todo al negro o al rojo, todo al limón. Y si no nos ciega, ya se verá…