En la carretera de los premios literarios

Dejé de presentarme a concursos literarios en cuanto comprendí que existen juegos de azar con mayores oportunidades de premio. Pero también cuando vi que se me agarrotaba el estómago según se iba acercando la fecha del fallo y la esperanza se convertía en decepción. Es lo que tiene creerse con más aptitudes que los demás: la realidad enseguida le baja a uno del cielo de su ego. La primera vez que quedé finalista de un concurso de novela, recibí los parabienes de un amigo con una frase de singular ánimo: por fin había entendido qué significaba ser escritor, me dijo alegre. Que otros valorasen positivamente mi obra suponía un enorme paso hacia adelante, porque me alejaba de la opinión benevolente de las amistades. Como soy proclive a la fe y a las señales del Más Allá, pensé que la coincidencia de fechas entre la entrega del premio y el cumpleaños de mi hermana suponía un indicativo de algo. Y sí, fue el indicativo de que no iba a ser yo el afortunado. Que bastante había logrado con llegar a ser considerado finalista.

Los siguientes años fui dando tumbos y presentándome a diversos certámenes más o menos conocidos, incluso hice alguna mención de todo ello en el primer capítulo de mi novela Las hermanas Alba: la historia de cuatro personajes que desconocen qué camino puede llevarles a la publicación. Una tarde, estando yo en el trabajo, recibí una llamada en el móvil. «¿Álex Oviedo?», me interpeló una voz femenina. «El mismo», confirmé. La secretaria de la Fundación José Banús y Pilar Calvo me había concedido el primer premio del concurso Ciudad de Marbella a un cuento que no recordaba haber enviado y cuya historia nació a partir de una frase del escritor Óscar Alonso. La sorpresa, el reconocimiento y la propia cuantía del premio —luego me enteraría de que había quedado por delante de Andrés Pérez Domínguez, nada menos— me hicieron creer que podría consolidar cierta carrera literaria como escritor. Qué equivocadas pueden resultar ciertas prediciones. Como en aquella ocasión en que una echadora de cartas vio mi porvenir en el Tarot: aún sigo esperando a que se cumplan sus lecturas.

Lo cierto es que ya apenas me presento a premios literarios, no sé si por cansancio o por abulia. Y eso que recomiendo a todos mis alumnos de los talleres que se fogueen participando en muchos de los concursos que se organizan. Y me provoca una gran alegría cuando me entero que les han concedido un primer premio o han resultado finalistas. Este mes, sin embargo, he cambiado de estrategia: consciente de la dificultad de que una novela sobresalga entre las cuatrocientas presentadas, he intentado depurarla al máximo —con la ayuda de una lectora que me ha hecho mirar lo escrito con otros ojos—, y me he lanzado a la carretera. El Don’t give up y todo eso, parafraseando a Peter Gabriel y Kate Bush.