Ayer el arquitecto Javier Ibarrola dio por terminada La cicatriz de Ulises, una novela que hemos visto crecer desde que la empezara hace ya cuatro o cinco años. Podríamos decir que es la primera obra nacida en el seno de los talleres que organiza la asociación Espíritu de la alhóndiga, bajo el amparo de Pedro Ugarte, Txani Rodíguez y yo mismo. Y me siento orgulloso; pero no por lo que haya podido aportar a su redacción, sino por la emoción de verla acabada, de ver que en sus páginas hay dolor, cariño, vida, luz (él sabe a qué me refiero), dos miradas y épocas enfrentadas, y sobre todo mucho trabajo constante, diario, verdadero (recurriendo a un término que muchos de la Asociación entenderán). Considero, además, que la novela contiene párrafos envidiables, dignos de un buen narrador, de un observador de espacios pero también de quien maneja bien los sentimientos. Una obra que verá, más pronto que tarde, el camino de la publicación. Y me alegraré de ello como si me la hubieran publicado a mí.

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