Pandilla de neoliberales

Montero leía esta mañana el periódico y no daba crédito. En el pleno del Ayuntamiento de Bilbao, representantes del PNV y PSE se han sentido ofendidos porque otro de los concejales, de un partido de izquierdas, —«pero de las de verdad, ya sabes», me ha dicho guiñando un ojo—, les ha llamado neoliberales. «Y se lo han tomado a mal, les ha parecido que era un insulto. Les he imaginado acalorados: a mí no me llamas eso, tío, o te retractas o exijo al pleno que te ponga una multa. O algo más viril: a que eso no me lo dices en la calle, a que te parto la boca, sí, tú y cuántos más. O más clásico: exijo una satisfacción, dos padrinos y una cita clandestina de madrugada en un duelo a primera sangre en la Basílica de Begoña. O en Artxada, que está más oscuro». Luego ha sonreído, con uno de esos gestos de complicidad a los que ya me tiene acostumbrado. «Si es que ya se enfadan por cualquier cosa». Y me ha recordado los improperios que lanzaba el capitán Haddock. «Eso sí que eran buenos, como de otra época: diplodocus, ornitorrinco, Fátima de baratillo, pies descalzos, ganapán, iconoclasta… A mí me gustaba el de mequetrefe. O mejillón relleno. O marinero de agua dulce. Y para uno de los políticos que nos gobiernan, sin duda el que tendría que irles al pelo: pacta-con-todos. Eso sí que tendría que enfadarles. O algo como de abuelos: papanatas. Soltárselo así, con la boca abierta, lentamente: PA-PA-NA-TAS, para que te vea todas las caries». Luego me ha dicho que va a escribirles una carta a los editores de Tintín para que en la traducción en español incluyan en vez del insulto «acaparadores» el de «neoriberales». «Que es lo mismo, pero actualizado».