Pan de pueblo

Se movía de un lado a otro, nervioso, como si le costase elegir. A veces echaba la vista hacia atrás, mirándome de soslayo. Sólo es una barra de pan, pensé en decirle para que se decidiera. Finalmente optó por una de ésas a las que echan nueces y pasas, que no sabes si comes pan o un bollo dulce. Me acordé entonces de los bollos de azúcar que comprábamos para el café. O de las vienas, aquellos panecillos de tacto suave y esponjoso que nos daban para merendar. Como una medianoche de jamón. Se volvió y me sonrió. Noté que quería decirme algo, pero no parecía atreverse a ello. «Perdone si le molesto», se decidió al fin; «¿no es usted Ceci?» Le dije que sí algo sorprendida, y le pregunté si le conocía. «Soy Alberto», se presentó. «El nieto de Amelia Cruz. Vivíamos puerta con puerta en Gregorio Balparda». «¡Bendito Dios!», exclamé. «Pero cómo me has reconocido… Si han pasado ya… Serías un chiquillo». «Imagínese, cuarenta años», apuntó con seguridad. «Pero está usted igual», añadió zalamero. Un comentario que logró que me sonrojara: hacía tiempo que no me decían un piropo como aquel. «Gracias…», murmuré, «has conseguido que hoy sea un día alegre». Cogió su pan dulce y se marchó con una sonrisa en la cara. «¿Lo de siempre?», me preguntó la dependienta entregándome una hogaza de pan de pueblo. »Sí, pero ponme también una como la que se ha llevado el chico.»