(No) me gusta el fútbol

En 1993, para anunciar los partidos de la Liga en Canal Plus se emitía un anuncio con música de pasodoble que se convirtió enseguida en uno de los spots de la temporada. Lo pegadizo de la música y la sencillez de la letra —”Me gusta el fútbol,/ los domingos por la tarde es la mayor de mis aficiones./ Me gusta el fútbol,/ con los gritos y los goles se desatan las pasiones./ Me gusta el fútbol (….) / Me gusta el fútbol. / En casa…”— hizo que la campaña resultase un rotundo éxito. A mí por entonces me gustaba el fútbol, y por supuesto el Athletic —aún teníamos el recuerdo de dos ligas y una copa, y eso ayudaba, aunque ser del Athletic no formase parte de lo deportivo sino de lo religioso—. Incluso había domingos que nos juntábamos para ver algún partido mientras tomábamos café o un gintonic, o jugábamos al mus con el runrún de la retransmisión de fondo. Luego no sé qué pasó con las emisiones, que si no se podía retransmitir en abierto en la provincia del equipo si éste jugaba en casa, que si se les pedía a los bares una cuota televisiva o algo por el estilo, lo que provocaba que tuviésemos que coger el coche e ir hasta Pobeña a ver los partidos porque allí recibían la señal de Cantabria. En fin, demasiadas dificultades para alguien a quien el fútbol, realmente, tampoco le apasionaba. Y más cuando veía cómo año tras año eran los mismos equipos los que se hacían con la Liga.

Desde primeros de los noventa sólo cinco equipos han probado las mieles del éxito liguero: el Barcelona ha sido 14 veces campeón de Liga, el Real Madrid 7, el Atlético de Madrid 2, el Valencia 2 y el Deportivo de La Coruña 1. El fútbol en España era y es cosa de dos equipos, y sólo de vez en cuando les adelantaba algún despistado, muchas veces más por demérito de los grandes que por acierto de los pequeños. Pero es que, además, los medios estatales (televisiones, radios, prensa en general) sólo mostraban la evolución del dúo ganador (convertido en tríada con el auge del Atlético de Madrid en los últimos tiempos). De ahí que de pronto uno eche la vista hacia la Liga inglesa, por ejemplo, cuando se entera de que un equipo “menor” como el Leicester se ha hecho con el campeonato por delante de los de siempre. Como si a mí me interesase el Arsenal o el Chelsea.

Hoy las noticias deportivas ya prácticamente no hablan de otros deportes que no sea el fútbol, dan igual los éxitos que se cosechen en especialidades como baloncesto, tenis, fórmula 1, o en deportes minoritarios como fútbol sala o patinaje artístico. Dependerá además de si la cadena de turno se ha hecho o no con los derechos de retransmisión. Y ya no hablemos si son las mujeres las que juegan. La noticia de que a una rueda de prensa del Athletic femenino no acudió ningún medio de comunicación aunque pueda hacerse con la Liga deja en evidencia muchas cosas. Pero es que, además, el deporte rey se ha convertido en un espectáculo en el que las informaciones han dejado a un lado lo extradeportivo para centrarse en lo rosa: la novia del crack, las estupideces que cuelga un defensa en Periscope, el nuevo tatuaje del brasileño de turno, la cabriola del portugués que dio la victoria al líder (igual a la de otro jugador pero informativamente menos relevante), el bailecito de celebración del rapero futbolista, el enfado de la estrella cuando le sustituyen o pierde su segundo partido, la ropa interior que está promocionando o lleva su nombre, o el aspecto de macarra importado de los campos de fútbol que está causando furor entre la juventud. Noticias irrelevantes, vacías, que no aportan nada pero que llenan cada día los telediarios o decenas de páginas de los diarios deportivos.

Con motivo de la final de la Champions, las cadenas nacionales enviaron a todo un destacamento de periodistas, equipos técnicos y presentadores a Milán, dedicaron intensas horas a los prolegómenos, entrevistaron a los aficionados presentes en la ciudad italiana, les preguntaban sobre el posible resultado, sobre quién iba a marcar el gol de la victoria. Y una vez conocido el ganador, han abierto los informativos dedicándole más minutos que a la situación de crisis familiar apuntada por Cáritas, a las futuras elecciones y pactos entre partidos, a la llegada de los refugiados, a la preeminencia fiscal de las grandes empresas o al miedo que provoca Donald Trump cada vez que abre la boca. Que el ganador sea el Madrid también ayuda.

El poeta latino Décimo Junio Juvenal hablaba de “Pan y circo” para referirse a esa diversión que halagaba las bajas pasiones del pueblo, lo mantenía en situación de atraso y reducía los conflictos sociales. En España se sustituyó por “Pan y toros”, aunque el significado fuera el mismo. Los toros hace tiempo que se cambiaron por el fútbol, aunque nos falte el pan.