Mirar al horizonte

El escritor vuelve la vista y mira hacia el horizonte. Llueve: las gotas componen algún tipo de banda sonora en el cristal. Frente a su ventana hay una pared iluminada por las luces de una compañía de seguros. Cada mañana observa a sus empleados moverse inquietos en sus mesas y piensa en Hitchcock. Él sí que sabía sacarle chispas a una historia, crear una buena película a partir de un coro de pequeñas anécdotas. La cabeza del escritor, en cambio, es inconstante, salta de un ventanal a otro, del sonido de la lluvia al rugir de las olas. Al sol de una tierra envuelta en un mar de plástico. Recuerda entonces aquella tarde en un bar con forma de jaima, junto a un cortijo situado en lo alto de una ladera, con un molino que le hacía viajar a tiempos de Don Quijote. Soplaba una ligera brisa que hacía aletear las hojas de su libreta. Quería escribir, pero también mirar. Una perra —le habían puesto el nombre de una de las protagonistas de Friends por lo que dedujo que era hembra— escarbaba en unos parterres, cerca de una plantación de almendros. «Que si vienes en enero nunca olvidarás», le había dicho la dueña. Se escuchaba el viento pero también los acordes de Bohemian Rapsody, un hilo musical breve, apenas un murmullo. El escritor tenía en sus manos un libro publicado por una editorial palentina, quince relatos sobre la fugacidad y las limitaciones del tiempo. Una mosca se empeñaba en recordarle que la naturaleza siempre campa a sus anchas. Y que allí, él era el extraño. A lo lejos, en lo alto de una pequeña loma, se perfilaba la silueta de un cortijo. Le habían dicho que a pocos kilómetros se levantaba el lugar que inspiró a Lorca para escribir Bodas de sangre, pero que el tiempo y la desidia habían logrado que de él sólo quedasen ruinas. A los pies del escritor, unas hormigas hacían acopio de comida para el invierno, desfilando en una hilera negra casi perfecta. Un grupo de ellas se afanaba por llevarse un cacahuete, en un trabajo conjunto que le devuelve ahora a los empleados tras la ventana. Sí, quizás sea hora de retornar al ordenador, al dossier que ha de enviar. Y dejar que la literatura sólo sea un resquicio de esa ciudad del norte que otro escritor describió mejor que él.