Message in a bottle

En 1998 se publicó en Estados Unidos la segunda novela de Nicholas Sparks, Message in a bottle, la historia de una periodista recién divorciada que encuentra en una playa de Cape Cod una botella con un mensaje: «Mi Querida Catherine, te extraño mi amor como siempre, pero hoy es particularmente difícil porque el océano ha estado cantando para mí la canción de nuestra vida juntos…». Tras la aparición de otras dos cartas embotelladas, la periodista descubre que el autor es Garrett Blake, y que los mensajes iban dirigidos a su esposa muerta.

Un año después de la publicación de la novela, Kevin Costner protagonizaba un drama romántico con idéntico título basado en la historia de Sparks, con la que el actor norteamericano quería relanzar su carrera. Le acompañaban en la película Robin Wright —mucho antes de que se metiera en la piel de Claire Underwood— y Paul Newman. Novela y película se convertirían en éxitos comerciales: el amor romántico como reclamo.

Un mensaje, una botella, y el inconsciente nos lleva a una isla desierta, a un náufrago, quizás Robison Crusoe, reclamando ayuda. Cuando puede pasar que el hallazgo forme parte tan sólo de una investigación. Hace unos años en las costas alemanas una mujer encontró una botella que había sido lanzada al mar 108 años antes por la Asociación Biológica de la Marina de Plymouth. En su interior, una postal pedía al receptor que respondiese diciendo dónde y cómo había hallado el mensaje a cambio de una recompensa. La botella era una de las 1.020 que George Parker, el antiguo presidente de la entidad había arrojado al mar entre 1904 y 1906 como parte de un estudio sobre corrientes marinas.

Imagino la decepción de un paseante al descubrir que el tesoro de la botella no es una petición de auxilio o una carta de amor atormentado. Pero me consuela saber que el éxito de la novela no llevó a miles de adolescentes a lanzar al mar sus sentimientos, al igual que los candados de aquella otra de Federico Moccia que llenaron el puente romano de Milvio hasta casi hacerlo peligrar. Una historia, la de los candados, cuyo origen se remonta a un cuento serbio de la Primera Guerra Mundial.

Los sentimientos no tienen edad ni origen, aunque algunos sepan convertirlos en el propósito para una novela y para que sus lectores repitan sin pensar lo que ya hicieron otros. Podría pasar como en aquella canción de The Police, en la que Sting nos contaba la historia de un náufrago que lanzaba su mensaje en un intento de escapar de la isla en la que se hallaba. Hasta que se dio cuenta de que a su playa habían llegado millones de botellas de personas tan necesitadas como él.