Me quedé sin ver a Queen

Cuando falleció Freddie Mercury escribí un poema en su memoria, un mal poema, que empezaba así: “Clarear enfermizo de un día/, en el cielo nubes pantanosas/ lloran sangre y nos anuncian/ el espectro de un hoy apagado”. El libro en el que se incluía el poema me lo acabaron publicando con el título de El canto de la memoria. Algunas veces lo releo, no para recordar al cantante de Queen sino para dejar claro por qué no continué con la poesía. Mi hermana tenía todos sus discos, de los que con el tiempo me he apropiado, y con otros tres amigos perpetrábamos una versión casera de “Somebody to love”, en la que poníamos mucho interés, incluso mucho estilo y postureo en plan Freddie: manos al cielo, piernas arqueadas, Pero solo con estilo no siempre se llega a dar el tono, y aquello más que un coro parecía una granja de gallos. Lo cierto es que nos gustaba casi todo lo que hacían Mercury, May, Deacon y Taylor, y que la muerte del primero pesó como una losa, mucho más que los recientes fallecimientos de Bowie o el Príncipe de Mineápolis. Me parece recordar que incluso nos despedimos del cantante en plan funeral irlandés, cogiéndonos una curda, y poniendo todas sus canciones. Llevábamos ya un tiempo barruntando que aquella imagen desmejorada de su último disco, Innuendo, no presagiaba nada bueno, y que quizás no llegase siquiera a cantar “Barcelona” en la inauguración de los Juegos Olímpicos junto a su querida Montserrat Caballé. Se nos había quedado una espinita clavada años antes cuando supimos que no vendrían de gira a presentar The Miracle, que no era un buen disco, pero que nos permitiría ver al grupo en directo. Pero el caso es que hoy se conmemoran 25 años de la muerte de quien fuera durante años la voz de uno de nuestros referentes musicales. Y nosotros nos quedamos sin ir a verlos.