Por qué me dan plazos de imprimir tan largos si Planeta lo hace en na…

Por qué me dan plazos de impresión tan largos si el premio Planeta llega a las librerías en poco menos de quince días. Es una duda que me corroe desde que me metí en esto de la edición. Porque las cifras no me cuadran. Uno, bregado ya en esto de los plazos de imprenta y de distribución, sabe que desde que el libro lo coge un maquetador, se diseña, se contrata una portada, se lleva a la imprenta, se recibe en la editorial, se envía a la distribuidora y se coloca en las librerías, pasa al menos un mes. Y pensando en que un corrector ha pasado verticalmente por el texto de la novela premiada.

El quince de octubre tuvo lugar la concesión del premio Planeta de este año. Y tras el puente de Todos los Santos estaba ya colocado en las librerías de toda España. Hagamos un sano ejercicio de imaginación de una editorial cualquiera que convoca un premio de novela. La ganadora, Rosaura Antúnez, sonriente y emocionada envía el manuscrito en word a los diseñadores de la empresa —el concurso sólo acepta envíos en papel— dos días después del fallo. Porque los dos días siguientes a recibir el galardón ha tenido que atender a la prensa, hacerse la sesión de fotos para la contraportada —que se retrasa porque la resaca del premio le ha dejado mala cara (se puso hasta las trancas de pinchos y cava) y eso le ha dejado un jerolo que ni con aguaplast—.

El 18 de octubre comienzan a trabajar verdaderamente con el manuscrito: el diseñador de la portada pregunta de qué va la historia porque está hasta las narices de crear collages de mujeres mirando al horizonte y el título además —Restos tras la zozobra— no le dejan imaginar demasiado; el maquetador se mete a saco con el libro, del que le salen poco más de trescientas páginas, una cifra insuficiente, el libro debe llegar al menos a las quinientas para que se pueda vender a 24 euros el ejemplar, con tapa dura, chaleco y esas cosas. Una vez ampliado el cuerpo de letra, anchado los márgenes y aumentando el interlineado logra que llegue a las seiscientas y pico, lo cual no está nada mal.

La editora da el visto bueno y le pasa la prueba al corrector para que revise el manuscrito, no vaya a ser que se encuentre con erratas de ésas que aparecen sólo cuando el libro ya está en la calle. Se presupone que el libro ha sido corregido antes de llevarlo a maquetación, aunque a estas alturas no nos vamos a poner puntillosos. En cualquier caso, portada y galerada le llegan a la autora que los revisa. No está conforme con la imagen seleccionada para la portada y pide que la cambien, aunque la dotación económica del premio ha sido muy golosa y tampoco quiere poner muchas pegas. Pero la editora le da la razón: el diseñador no ha acabado de encontrar un motivo que atraiga al lector. Y eso puede repercutir en las ventas.

Tras un par de cambios de diseño —el creativo ha tenido que trabajar día y noche porque ya están fuera de plazo, y además tampoco estaban muy contentos con el texto de la solapa ni la sinopsis de la contra—, por fin el 24 de octubre el libro llega a imprenta. Y se han dado prisa, se han saltado el fin de semana y la gastritis del hijo del corrector, que le ha tenido en casa vomitando sobre las pruebas. En la imprenta reciben el pedido ese lunes. Y el comercial, Facundo Pérez, suelta sin despeinarse que con el puente, la tapa dura, el chaleco en color, el guillotinado y encolado de los cincuenta mil ejemplares que se van a tirar, los libros estarán en quince días. Tirando por lo bajo. Y menos mal que, previsor, ha pedido ya el papel, amontonado en palés en la entrada de la empresa. Va a ser un curro a destajo, a turnos, día y noche sin parar. La editora se tira de los pelos, blasfema, no puede ser, tienen que estar para la campaña de Navidad, que comienza en noviembre. Echa cuentas: si está de suerte el lunes 7 estará en el distribuidor, que ha sido avisado debidamente para que lo pare todo en cuanto le lleguen los ejemplares. Es la apuesta editorial del año, así que el distribuidor le dice que en vez de en quince días —plazo en el que se mueven la mayoría de los distribuidores—, llegará a todas las plazas del país en menos de diez. El 16 de noviembre lo tiene en la calle, le aseguran.

Y así, un mes después de ponerse en marcha la maquinaria editorial Restos tras la zozobra llega a los escaparates de centros comerciales, supermercados, librerías y grandes almacenes. Casi dieciséis días después que el premio Planeta.