Matar al personaje

El escritor se ha despertado temprano, tras un sueño profético en el que acababa asesinando a uno de sus personajes. Él no lo había planeado así. Cuando empezó a escribir —lo que quiere que sea su nueva novela— intentaba que fuese una historia de humor, quizás algo blanca, sin demasiadas pretensiones: ni escenas tórridas, ni problemas de pareja, ni persecuciones sobre los tejados. Pensó por un momento abordar algún tema sobre la Roma clásica, pero le pillaba demasiado lejos. O plantear problemas de religión en la España del siglo XV, algo que le aburre. A él le gusta escribir sobre el presente, sobre lo que vive. Así que decidió que tuviese un argumento cercano; y como lleva meses que no encuentra en las librerías nada que le haga reír, se decidió a que él mismo podría dedicarse al humor. Imitando a los maestros de principios del siglo pasado. En fin, esas cosas que sobre el papel parecen fáciles. Pero ya se sabe: los personajes han ido evolucionando, se han hecho mayores, han decidido que ellos también cuentan, que necesitan dar un giro, cambiar. Y entre ellos se caen mal, lo ha notado en sus miradas, en sus gestos, en la manera en que se desprecian. Así que parece claro: uno de ellos tiene que morir. Y ya sabe cuál. Lo ha soñado.

Aunque ahora ha de andar con cuidado: ha oído que matar a un personaje conlleva veinte años de cárcel.