Manuel Robles o la pasión por el partido

Me desperté ayer escuchando a un tipo que no conozco y por el que no tengo ningún interés pero que me ha hecho pensar: un tal Manuel Robles, alcalde de Fuenlabrada, se jubila tras 16 años al frente del Ayuntamiento. Como dejar un cargo político es ya una noticia, y estar tanto tiempo en el poder es de premio, la noticia ha salido en todos los medios. Al parecer, abandona el cargo porque quiere dedicarse a la familia. Y dice tener tres pasiones: “mi familia, la ciudad a la que amo y mi partido”. Al escucharlo me he dicho. ¿Pasión por su mujer? Lo entiendo. ¿Por su ciudad? Sin duda, me sacan de Bilbao y me salen escaras. ¿Pero el partido? Si aún fuese el Athletic. O la triada Atletico-Barça-Madrid para los aficionados a los medios deportivos y a Antena3. ¿Pero el partido? ¿Se puede sentir pasión por un partido político sea el PSOE, el PP, el PNV…? En este caso, Manuel Robles lleva no sé cuántos en el PSOE, por cuyas siglas siente una pasión irreprimible, casi sexual. Y uno de pronto entiende: nuestro sistema político permite que un ciudadano elegido no se deba a la sociedad a la que representa sino al partido que le da de comer. En circunstancias como esa, es normal que Robles sienta pasión. O que haga cualquier cosa que le pida el partido, aunque vaya en contra de su pueblo o de su país (palabras en este caso escritas en minúscula, para remarcar su intrascendencia).