Y luego dicen que en Bilbao somos exagerados

Y nos llaman exagerados a los de Bilbao. Pero es que todo esto de ver quién pone la bandera más grande o quién agrupa a más número de personas agitando banderines se nos está yendo de las manos. Creo que no habíamos visto tanto rojo y amarillo en la vida. Hasta en Bilbao han colgado banderas de los balcones, cosa que sorprende por lo extraño y porque sus colores no son tan vistosos como esas que se ven por las calles de Madrid, nuevitas y acabadas de sacar de la funda de plástico.

Durante muchos años si subías por la calle Ibáñez de Bilbao desde el Ayuntamiento asistías a un juego casi entrañable: en la ascensión descubrías de pronto los colores de la ikurriña escapando de Sabin Etxea y a lo lejos la rojigualda de la Comandancia de Marina. Y te daba la sensación de que ambos buscaban que su estandarte fuese el más grande. Como si esperasen a última hora para ver el modelo que tocaba hoy: el mediano, el extra o el plus-size. Siempre pensé que aquello era algo como muy de Bilbao, una pelea natural de personas a las que siempre nos han tachado de exagerados.

Pero aquel año fui a trabajar a Madrid, a la redacción del periódico Metro, situada en la calle Serrano. Y al salir el día de mi llegada por una de las bocas del suburbano, me topé con la bandera de la plaza Colón que ondeaba autoritaria y desafiante, tan grande que abarcaba todo el cielo azul. Y me dije que también en eso los bilbaínos pecábamos de provincianos. La capital del Reino debía marcar distancias con el Norte, o marcar tendencia, quién sabe, dejar claro que la españolidad era madrileña o no era. Admito que estuve durante unos minutos viéndola ondear, moviendo la cabeza de arriba abajo, sin dar crédito a la exageración. Era domingo, apenas habían dado las tres, hacía uno de esos calores secos de la meseta y las calles estaban vacías. La bandera de marras imponía aún más si cabe, ajena a los escasos transeúntes que no parecían sentirse afectados por el brillo de sus colores. Creo que lo de la bandera de la plaza de Colón fue una idea del ex ministro de defensa Federico Trillo y del ex presidente Aznar, dos hombres ocurrentes y siempre dados a los excesos. Y que la ocurrencia les llevó al Libro Guinness: sus dimensiones de 21×14 metros lo merecían.

Pero ahora, César Cort, un promotor inmobiliario madrileño, ha colgado en Valdebebas una mayor, el doble, y la ha situado en la fachada de un edificio de 14 plantas. La enseña de marras pesa 248 kilos, tiene 731 metros cuadrados, 17 metros de ancho y 43 de largo. Una auténtica barbaridad que se vislumbra, imagino, desde decenas de kilómetros. La exageración ha tomado las calles en forma de sentimiento patrio. Y no dejo de preguntarme si no habría que promulgar una ley —dado que Rajoy es proclive a hablar del imperio de la misma en democracia— que evitara el exceso de ruido visual en nuestras ciudades. Que con tanto brillo y el exceso de banderines cualquier día de estos nos vamos a quedar ciegos.