Los retratos depresivos de Instagram

En los medios informativos aparecen cada semana estudios clarificadores sobre el poder revitalizador del café, las preferencias políticas de un votante según su estatura o las propiedades desconocidas de la castaña pilonga. Son estudios realizados por universidades tan prestigiosas como la de de Cambridge, Ohio o Yale, y publicadas en revistas como la British Medical Journal. Ante semejante nómina, el lector baja la cabeza y asiente. Tienen razón, parece decir, y asimila el estudio consciente de que le será muy útil para su próxima charla en el bar de Txomin. Conocido el acierto de estos estudios, y su repercusión mediática, no es extraño descubrir, por ejemplo, la relación existente entre la soledad y las redes sociales, o saber que las empresas empiezan a recurrir a ellas para elegir a un futuro candidato. Plataformas como Facebook, Twitter o Instagram dejan rastro, de ahí que sea fácil comprobar la trayectoria de cualquier persona, analizar sus fluctuaciones ideológicas o sus gustos, acusarle de haber escrito un chiste de pésimo humor negro hace siete años o haber colgado una foto inapropiada. Las grandes empresas publicitarias se apropian de estos datos y descubren qué viajes nos gustaría hacer, qué productos solemos comprar, qué tipo de leche bebemos antes de irnos a la cama.

Y de repente, un buen día una publicación técnica nos explica nuestra relación con las redes, y certifican el egocentrismo de quienes utilizan el medio sólo para autopublicitarse, la pérdida de interés de una persona por otra, la intromisión en nuestro muro para que le demos a Me gusta. Se ha descubierto, por ejemplo, que existe una estrecha relación entre Instagram y la depresión, o ésta con el uso de los filtros de imagen previos a colgar una fotografía: casi dos tercios de las personas deprimidas utilizan el filtro monocromático, mientras que el resto emplean uno que otorgue más luminosidad y color a la imagen. O que las personas deprimidas y más egocéntricas tienden a colgar autorretratos —los denominados selfies tristes—. Y mira que yo, cada vez que veo a un mazas o a una barbie sacándose un selfie frente al espejo no sé si llamarle egocentrismo, depresión o postureo.