Lo difícil que es llenar Bidebarrieta

Cuando llegué faltaba casi una hora para que empezara el acto. Una cinta prohibía subir a la sala de conferencias. «La quitaremos poco antes de que empiece la charla», comentó el encargado con ese tono medido de quienes están cansados de dar explicaciones. «Arriba tienes al técnico de sonido», tuteó. Minutos antes me había llamado Roberto Lastre, el editor: «El autobús nos ha dejado tirados en la autopista. Estamos esperando a que lo arreglen o a que llegue otro». «Pero… ¿vais a llegar», pregunté con un punto de nerviosismo. «Si vemos que se nos echa la hora llamaremos a un taxi, no te preocupes». Yo lo estaba, y más al ver las dimensiones del salón de actos. Quién puede llenar un espacio como ése, quizás Pérez-Reverte o Carmen Posadas. La presencia de una figura con los rasgos de Unamuno asomándose por el balcón intimidaba aún más. «¿Eres el organizador?, me preguntó el técnico al verme llevar la cabeza a un lado y otro. «Me han dicho que necesitas dos micrófonos de mesa, uno de sala y te he traído otro de petaca por si quieres moverte por el escenario». Como un predicador; me acordé entonces de Clint Eastwood en El jinete pálido. Al menos ambos íbamos de oscuro y con el micrófono de petaca a modo de cartuchera también yo podía enfrentarme a todo. Hicimos las pruebas pertinentes: al menos nadie podrá decir que no se oía. Desde la mesa observé la sala y saqué una foto con las trescientas butacas vacías. Y esperé: a Itziar Mínguez, maestra de ceremonias, que volvería a mostrar su habilidad para desmenuzar Cuerpos de mujer bajo la lluvia, la novela que excusaba nuestra presencia en Bidebarrieta; a Roberto Lastre y a su mujer, que finalmente llegaron a tiempo para colocar ejemplares del libro a la venta; y al respetable —qué gran término—: pareja, amigos, familia, escritores, paseantes despistados, seres de otra galaxia, fantasmas del pasado… Todos juntos envolviéndome con su calor y sus sonrisas cómplices. Con semejante público uno puede ya sentirse tranquilo y levantarse, pasear por el escenario emulando a Steve Jobs -o a un Burt Lancaster de vendedor ambulante, o a un político en campaña con el rostro de Robert Redford-, y hablar de sus miedos, de sus alegrías, de lo hermoso que es que una novela salga a la calle y un lector se interese por ella.