La superstición del escritor

El asiento que me asignaron era el número 71, aunque el autobús sólo tenía 67 plazas. «Búscate un sitio libre», dijo el conductor; «hay hueco para todos». Lo había, aunque no dejó de parecerme una mala señal. El asiento acabó siendo el 13, y el trayecto largo, solitario, gris como el amanecer. No sé si los escritores tenemos las mismas supersticiones que un bateador de béisbol —dar un paso hacia atrás, mascar tabaco negro, escupir en la arena, ladear la gorra hacia la izquierda, golpear las botas con el bate—, pero los augurios no parecían tener el color de la portada de la novela que iba a presentar.

Pensé en las manías de algunos autores a la hora de ponerse a escribir: Kafka lo hacía a oscuras o en penumbra, con tinta azul o morada; Marcel Proust, con plumillas de marca Sergent major, y no podía hacerlo sin tener cerca 15 plumas, dos tinteros escolares y un reloj de péndulo; Marguerite Duras necesitaba una botella de whisky, un silencio absoluto, la misma mesa, la misma silla y delante de la misma ventana; el estudio de Thomas Mann estaba lleno de palanganas con agua de violetas, en las que se lavaba las manos; Roberto Bolaño escuchaba canciones de heavy metal en los auriculares mientras escribía; John Cheever creaba en calzoncillos en la cocina de su casa; Gabriel García Márquez tenía una flor amarilla junto a él, Mario Vargas Llosa figuritas de hipopótamos y dicen que Ernest Hemingway un amuleto, una pata de conejo o una castaña en el bolsillo. Supersticiones, excentricidades literarias, quizás sólo mitología. Pero a qué rituales nos acogemos cuando vamos a presentar un libro. En mi caso, agarro con fuerza la Moleskine —creo que es ella la que me sujeta a mí— y me dejo llevar por el miedo de pensar que el público se habrá quedado en la playa, en el bar de la esquina o en su casa. Aunque esto ni siquiera es un ritual; y por lo que parece para convertirse en buen escritor uno ha de ser supersticioso…

La ciudad esperaba con su nueva entrada, sus edificios de colores, su año dedicado a la cultura. Y su café con pintxo de tortilla. El porvenir se mira con otros ojos cuando se tiene el estómago lleno. Con la cabeza nublada era hora ya de dejarse llevar por las preguntas de una escritora amiga, la complicidad del responsable de la librería y la cercanía del público. Último acto para Cuerpos de mujer bajo la lluvia. Todo lo demás tendrán que decidirlo los lectores. Y el tiempo.