La mala educación

Desde que ganó Pedro Sánchez las primarias del PSOE, hace ya tres días de eso, el presidente del PP y del Gobierno no ha felicitado al ganador. Se lo preguntaron el otro día y dijo que no quería molestar. No le importó, sin embargo, molestar a Florentino Pérez o a los responsables del Madrid cuando el equipo ganó la Liga, justo el mismo día que lo hacía Sánchez, e incluso subrayó la felicitación con un telegrama. Cuestión de prioridades, supongo.

Mariano Rajoy ha demostrado hace tiempo que lo que realmente le interesa es el fútbol; lo demás ya se irá solucionando solo, los problemas, la economía a pie de calle, y esas cosas que afectan a la mayoría de los españoles. O el asunto catalán, que morirá por agotamiento, el de los catalanes y el de los que escuchamos a diario el racaraca de unos y otros. Como si no hubiera temas más interesantes. Rajoy es más de macroeconomía, un ámbito en el que las cuentas le salen. Cómo no vamos a estar contentos si tiramos del carro europeo. Lo demás son menudencias, y la victoria de Sánchez una china en el zapato que sólo ayudará a desdibujar sus planes para esta legislatura.

El lunes escuché la rueda de prensa del presidente del Gobierno, en directo, sin plasma, en la que dejó claro que los periodistas somos un estorbo: no puede perder el tiempo con explicaciones, y menos contestando preguntas a las que no desea responder. En muchos de los casos estuvo faltón, altivo, cansado, adicto a los monosílabos o a contestaciones del tipo «ya he respondido a eso». Y finalizó la ronda con un amago de desplante a Cristina Pardo, de La Sexta, en una huida hacia los brazos de su grupo de palmeros en el que se siente más cómodo. Rajoy prefiere entrevistas pactadas, en la que las preguntas traten de temas amables, que alaben su buen hacer, que no le critiquen o cuestionen. Lo que no sé es como a estas alturas no se ha metido a tertuliano deportivo. Para hablar del Madrid, claro.