La imposibilidad de hacer humor negro

Cuando éramos más jóvenes entonábamos una canción que sonaba más o menos así: «Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel». Las estrofas seguían con algún insulto menor que mostraba su incompetencia, y todo ello envuelto en la música del himno nacional, aprovechando que tampoco entonces tenía letra. En clase participábamos también de una tonadilla que decía: «Voló, voló, Carrero voló, Carrero Blanco voló. Euuuuupppppp». Y lanzábamos los jerséis o los pañuelos de fiesta al aire con alborozo. Muchos lo hacían para celebrar que ETA había asesinado al que decían que iba a seguir la estela del dictador; la mayoría, sin embargo, sólo actuábamos por imitación, porque nos hacía gracia. Quien podía pensar que cantar todo aquello supusiera «desprecio, deshonra, descrédito, burla y afrenta», y en el segundo caso además «a personas que han sufrido el zarpazo del terrorismo y sus familiares». Que a día de hoy entonar en público cualquiera de aquellas canciones populares podría suponer enfrentarse a los jueces por menosprecio del himno nacional o a la Audiencia Nacional, nada menos, por burlarse de una persona víctima del terrorismo —asesinato, por cierto, que alegró a nacionalistas, abertzales radicales, socialistas, comunistas y gente de la calle, no lo olvidemos—.

No deja de parecerme ridículo lo que está pasando en nuestro país de unos años a esta parte. Por un lado, que en ausencia de ETA haya más denuncias de exaltación del terrorismo que cuando la banda mataba; por otro, que de pronto el humor —macabro, negro, de mal gusto—, o las opiniones —acertadas, desafortunadas, erróneas— estén siendo perseguidas por la justicia con esa beligerancia. Que la Audiencia Nacional haya condenado a Cassandra Vera, la tuitera de 21 años, a un año de cárcel por trece tuits sobre el asesinato del almirante —y recomiendo que la gente los lea para que los valore— es una estupidez suprema, más estúpida aún que intentar llevar a un tipo al grullo por bromear sobre Irene Villa con chistes de dudosa gracia que todos hemos oído. Tengo claro que no se pueden permitir ciertas actitudes que otorga el falso anonimato o la impunidad de Internet, que las redes sociales son un campo abonado de insultos, violencia verbal y amenazas. Pero la vara de medir de cierta justicia está descendiendo al fango. Al menos cuando se trata de defender a ciertos personajes o instituciones del pasado en este caso. Aún recuerdo aquella tira de Mingote —imagino que él pensaría que era graciosa— en la que recurría al lema turístico de Euskadi, Ven y cuéntalo, y a la imagen de una mujer a quien le había estallado una cartera en la mano. Seguramente Mingote habría sido hoy juzgado por la Audiencia Nacional ya que, como han dicho los jueces, «la lacra del terrorismo persiste» y sus víctimas «merecen respeto y consideración»; o porque «las frases utilizadas, adicionadas la mayoría de las veces con elocuentes imágenes, refuerzan aun más su carácter de descrédito, burla y mofa». Quién sabe, quizás Mingote se hubiera librado de la cárcel como lo han hecho otros muchos medidos con diferente rasero.