La historia de Bastián y Atreyu

Metido en una caja en casa de mis abuelos guardaba para la mudanza varios títulos de Michael Ende. Los más deseados, La historia interminable y Momo, en la edición de Alfaguara. Las dos primeras novelas que me llevaron a amar la literatura fueron, precisamente, las aventuras de Bastián y El hobbit. Ambas tenían esas dosis de magia en mundos lejanos y personajes especiales que atrapan al joven lector. Para entonces ya había devorado las sagas juveniles de Los Hollister, Los Cinco o Los tres investigadores, pero acercarse a la obra de Ende o Tolkien era como descubrir una nueva literatura. Era juvenil, sin duda, pero era más seria, reflejaba personalidades más complejas, situaciones inesperadas. La edición de La historia interminable tenía el encanto de haber sido publicada en dos colores: en rojo para contarnos las aventuras de Bastián Baltasar Bux; en verde, para mostrarnos el reino de Fantasía y a personajes como Atreyu, la Emperatriz o el dragón blanco Fújur. Por si esto no fuera suficiente, contaba con unas ilustraciones muy sugerentes de Roswitha Quadflieg, un abecedario del que nacían algunos de los personajes de la historia. Bastián, el protagonista, tenía además algo que ver conmigo, o eso quería creer: era un chico solitario, sin demasiado contacto con la realidad, y menos la escolar, que se pasaba horas delante de un libro. Y que en el caso de la novela de Ende llegaba a introducirse literalmente en la historia para ayudar al reino de Fantasía. Algo que un joven como yo sólo podría hacer dedicándose a escribir. Es curioso que Michael Ende no considerara La historia interminable como una novela juvenil sino como la búsqueda de uno mismo. Decía el escritor alemán que para encontrar la realidad hay que darle la espalda y pasar por lo fantástico. Algo así debía hacer Bastián para descubrirse a sí mismo: «debe primero abandonar el mundo real (donde nada tiene sentido) y penetrar en el país de lo fantástico, en el que, por el contrario, todo está cargado de significado. Sin embargo, hay siempre un riesgo cuando se realiza tal periplo; entre la realidad y lo fantástico existe, en efecto, un sutil equilibrio que no debe perturbarse: separado de lo real, lo fantástico pierde también su contenido». Con el tiempo me pareció curioso que las iniciales de los personajes que habían marcado mis inicios lectores fuese la misma: La B de Bastián y Bilbo Bolsón, el protagonista de El hobbit. Una casualidad, quién sabe…

Fue tal el éxito de La historia interminable que llegó pronto a las pantallas, en una cinta más que olvidable, y de la que tampoco Ende estuvo conforme, incluso pleiteó sin éxito para que eliminasen su nombre de los créditos. En mi caso, Bastián o Atreyu no eran ni con mucho como nos reflejaban en la película, y salí de la sala con cara de decepción. El director Wolfgang Petersen —quien rodaría más tarde películas como En la línea de fuego, Estallido, El laberinto rojo o Troya— era el encargado de transformarla la novela en imágenes, aunque realmente de ella sólo recuerdo la repetitiva canción de Limahl.

Lo que son las cosas: ha tenido que ser un doodle de Google quien me dijera que hoy se cumplen 37 años de la primera publicación de la obra de Ende. Casi nada.