La educación en el Salvaje Oeste

Imagino a Donald Trump entrando en una escuela de la América profunda en pleno Salvaje Oeste con sus dos pistolas al cinto, su cara de cabreo y esa tortilla de huevos sin yema que tiene por pelo. Es un sueño recurrente. A veces su contrincante es Clint Easwood, otras Burt Lancaster, a veces también James Stewart. O el Duque. Y siempre gana Trump. Pienso que la historia los olvidará para dejar paso al pistolero americano por excelencia al que sus compatriotas elevaron a los altares de la Casa Blanca.

A veces cuando veo a los políticos de este país —ramplones, iletrados, vocingleros, maleducados y vividores— me animo diciendo que en España tenemos a Rajoy, y no a Donald Trump. Y que a ambos les votaron y puede que sigan haciéndolo. Me entran entonces sudores fríos, un pánico irracional, me dan ganas de independizarme del país o del mundo, encerrarme en un garito y esperar que al rubio americano no le dé por decir que él la tiene más larga y apretar el botón nuclear para acabar con el coreano. Por ejemplo. Como en el Salvaje Oeste, otra vez. Pero como digo, me animo al pensar que aquí al presidente no se le ocurren idioteces como la de querer armar a los profesores en la escuela para evitar que un joven se líe a tiros. No pasarás, forastero. Y disparar a la mínima que huela un peligro. Que ya son ocurrencias.

Me decía Montero ayer que una idea semejante sólo podía venir de un niño de parvulario o  de un mayor con el cerebro licuado, como esos personajes que aparecen en Tele 5. Pero que los votos le dieron la presidencia, y que como a Hitler millones de compatriotas le rieron las gracias. Lo que demostró su escasa capacidad crítica.