La ciénaga política

Tras meses de noticias en los que nombres respetados y honorables se han visto salpicados por el lodo —Rato, Blesa, Pujol, Urdangarín, Bárcenas, Barberá, Soria… (la lista es tan larga que tendríamos que dejar un espacio en blanco para seguir apuntando apellidos)—, hoy el ex presidente del Palau ha confesado ante el juez que Convergència cobraba comisiones ilegales a través de la institución musical. Y que empresas tan honrosas como Ferrovial donaban dinero al partido catalán para conseguir obra pública. Una cuestión que no nos debería extrañar cuando la hemeroteca aún recuerda aquella acusación sobre el 3% que hizo Pasqual Maragall en el Parlament a Convergencia Democrática de Cataluña, y el consiguiente revuelo ante un desliz que era público pero que se acabó diluyendo entre el maremágnum de pseudoinformación. O cuando nadie se explica todavía cómo hizo la familia de Jordi Pujol para nadar en dinero, o cómo nadie se sonrojo con aquella frase de vejete alterado y soberbio: «Si vas tocando la rama de un árbol, al final acaba cayendo todo el árbol».

También hemos sabido que el juez Velasco ha hallado «documentación confidencial en casa del exgerente del PP madrileño Beltrán Gutiérrez que destaparía la caja B con la que los populares madrileños han sufragado en los últimos lustros campañas electorales y actos del partido» (fuente El País). Lo de la Comunidad Valenciana es un caso aparte, y nos nutre de tantas informaciones diarias que a cualquiera se le caería la cara de vergüenza. Villar y la Federación Española de Fútbol han sido imputados/investigados por «prevaricación, malversación de fondos públicos y apropiación indebida de 1,2 millones de euros de dinero público concedidos en 2010 por el Consejo Superior de Deportes». Que se dice pronto. Y un tipo que es presidente de Murcia, pero podía ser trilero, se pasó el lunes declarando como imputado ante el Tribunal Superior de Justicia de dicha comunidad sin dimitir y sin sonrojarse después de decir que lo haría. Por lo que parece lo hará cuando esté «imputado formalmente» porque por el momento sólo son «errores administrativos» de los demás. Que es una de las excusas más utilizadas por la clase política en este país —hoy mismo la utilizaba Esperanza Aguirre—, y que indicaría, en cualquier caso, que se rodean de asesores o muy malos o muy caraduras o muy sinvergüenzas.

Como decía Iñaki Gabilondo recurriendo a una frase de Pablo Iglesias: «¿Con cuántos casos aislados la corrupción deja de ser aislada?» Rajoy dijo que no había que minimizar ni magnificar el problema, con ese lenguaje de gallego rancio tan amigo de las fintas —en cualquiera de sus acepciones—; que esta era una gran nación y esas cosas. Pero los casos de (presunta) corrupción son tan abundantes y afectan ya tan directamente a los partidos políticos que el país comienza a oler a cloaca.

Y no sé si la sociedad tiene claro que el Gobierno quiera limpiar la ciénaga o está esperando también a embarrarse.