La cátedra de Sarrionandia

Los que no leemos en euskera con suficiente fluidez jugamos al menos con una desventaja: no podemos acercarnos con rigor a lo que escriben algunos de los autores con los que compartimos inquietudes, y no sabemos de sus obras al menos que las traduzcan. Y ya se sabe que la traducción es sólo una interpretación del texto, que no siempre desvela sus bondades. Ni siquiera sus carencias. Hace un tiempo elaboré una lista personal entre varios escritores euskaldunes para saber quiénes eran, desde su punto de vista, los mejores autores en euskera del momento. Uno de los nombres destacados era el de Joseba Sarrionandia, que acompañaba a otros como Bernardo Atxaga, Ramón Saizarbitoria o Anjel Lertxundi. Y comenzaban a despuntar jóvenes como Harkaitz Cano, Jasone Osoro o Irati Jiménez, por citar unos pocos.

En 2011 se organizó una absurda polémica con motivo de la concesión del premio Euskadi de Literatura en la modalidad de ensayo por Moroak gara behelaino artean? (¿Somos moros entre la niebla?), una obra que reflexionaba «sobre las guerras coloniales, la literatura vasca y universal, los nacionalismos, la globalización, la migración, el multiculturalismo o las ansias imperialistas de las potencias occidentales, hasta llegar a la realidad política actual». En algunos medios se acusó al PSE-EE (entonces en el Gobierno vasco) de alentar la obra de un preso fugado de ETA, se discutió si podía premiarse económicamente a alguien que tenía causas pendientes con la justicia, y sirvió nuevamente para avivar una discusión más cercana a la política que al valor literario de una obra.

Esta semana el Instituto Etxepare ha anunciado que Sarrionandia dirigirá un lectorado en Cuba, concretamente en la Universidad de La Habana, sobre la historia léxico-gramatical y social del euskera desde el Neolítico hasta la actualidad. La noticia ha salido en todas las portadas ya que supone que después de 31 años volveremos a ver el rostro de aquel joven que con 22 años fue condenado por pertenencia a ETA y con 27, un día de San Fermín de 1985, lograba fugarse de la cárcel de Martutene, escondido dentro de unos baffles tras un concierto de Imanol junto a Iñaki Picabea. —La fuga que inspiró una de las canciones más conocidas de Kortatu que casi todos hemos bailado alguna vez—.

No sé si la cátedra le dará más notoriedad de la que tiene, pero no creo que vaya a afectar demasiado a la carrera literaria de un escritor con más de una treintena de obras, que ha picado de todos los géneros y traducido al euskera a T.S. Eliot o Pessoa. Parece que en esta ocasión la noticia es que aparecerá en público, que podremos poner rostro a esa imagen que nos ofrecía la hemeroteca —la del preso barbado, con jersey de lana y camisa de echarse al monte—. El tiempo es un barómetro y Sarrionandia dejó de ser aquel joven de rostro amable de los ochenta. Aunque me pregunto si no le habrán puesto cara ya los editores que publicaban sus obras —o el propio Instituto Etxepare—, si no le fotografiaron alguna vez sin que supiéramos que era él o si no habremos coincidido en una entrega de premios: por ejemplo cuando su hermana recogió el Euskadi en su nombre, sentado en la última fila, avejentado, lampiño y calvo, sonriendo maliciosamente, como si aún le durase la emoción de haber escapado ileso.