Fiestas de guardar

Hoy la ciudad huele a queso, y no a los restos de una batalla nocturna ni a la vaharada de aromas festivos de estos últimos días, a la comunión de meados y vómito, a pólvora de artificio, a bodega en plena producción; hoy las calles huelen a zapatillas usadas tras una maratón, a tienda de campaña hormonada, a encuentros y desencuentros al alba, a callejas desiertas que anticipan el final de un verano agostado. Huele a política rancia y avejentada, a discursos vacíos en tribunas revestidas de novedad, a frases de las que nos reiríamos si fuesen dichas en una comedia española. Huele a bullicio escolar, a la pereza del despertador, al sudor nórdico del regreso y los escaparates con ropa de abrigo. Huele a recogimiento y tristeza, a mentiras y engaños, a pendientes que nadie se ha molestado en señalizar. Pero quizás también a esfuerzos y recompensas, a nuevas oportunidades, a mañanas de reflexión. Y se percibe cada vez más cerca el aroma de un abrazo cálido y un beso compartido que te anima a volver a empezar.