Eufemismos engañosos

Luis Bárcenas —seguramente uno de los que mejor conocen las fluctuaciones de la Bolsa, a tenor de su enriquecimiento veloz— dijo que el PP no tenía caja B, sino «contabilidad extracontable». Y no es que haya mentido, no, seguramente sólo ha faltado a la verdad. Los dos grandes pilares informativos de nuestro tiempo, la economía y la política, nos han venido acostumbrado a decir las cosas de forma diplomática, empleando eufemismos —para que nos entendamos, según la RAE: manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante—, que no serían tan dolorosos si no fuese por el engaño que esconden. Ya no se habla de capitalismo sino de economía de mercado, y la explotación laboral ha pasado a ser economía sumergida. Si una gran empresa decide despedir a un montón de trabajadores puede argumentar que necesita amortizar un puesto de trabajo, o que la situación requiere flexibilizar el mercado laboral. Y en última instancia que se trata de un expediente de regulación de empleo. Un país libre de impuestos es paraíso fiscal; la subida del IVA, gravamen adicional; un desahucio es un proceso de ejecución hipotecaria; a un banco no se le nacionaliza sino que el Estado tiene titularidad indirecta; la sanidad no se privatiza, se externaliza… Y por supuesto, defraudar es malversar fondos públicos, que quizás sea lo mismo pero no suena igual.

No nos debe extrañar que Bárcenas recurra a eufemismos para tratar de pasar el menor tiempo posible en prisión. Él mismo ha conocido a maestros en el uso torticero del lenguaje. La ministra Fátima Báñez no habla de emigración sino de que la juventud disfruta de «movilidad exterior»; Soraya Sáez de Santamaría no quería oír las palabras «subida de impuestos», así que lo arregló gracias a un «recargo temporal de solidaridad»; cuando no crecemos ni estirándonos en la cama, Mariano Rajoy, maestro del oxímoron, habla de «crecimiento económico negativo»; y cuando se van a hacer recortes recurre a unas «reformas estructurales necesarias». El rescate de Europa no era tal sino un «préstamo en condiciones favorables» (en palabras de otro maestro en esto de los edulcorantes: De Guindos). La amnistía fiscal según el ministro Montoro sólo fueron «medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas». Ahí queda eso… En la Casa Real, una separación es un sencillo «cese temporal de la convicencia». En la Cataluña de los independientes, Artur Mas no hablaba de copago sino de «ticket moderador sanitario». Vueltas de tuerca que ya empleó Zapatero al subrayar que la crisis desbocada que se nos echaba encima sólo era una «desaceleración transitoria».

El lenguaje se ha convertido en una especie sacarina para el café. Un edulcorante de sí mismo en el que llevamos inmersos desde hace años. Durante un tiempo un negro dejó de serlo para acabar convirtiéndose en afroamericano o persona de color, un pobre en una persona en riesgo de exclusión social y un viejo en alguien mayor; el gordo solo tiene sobrepeso, no eres feo sino poco agraciado, para referirnos a un tullido decimos que es una persona de movilidad reducida, una prostituta es una trabajadora sexual, un soborno es tráfico de influencias, ya no se prohíbe sino que se desaconseja, abortar es interrumpir voluntariamente el embarazo. Las víctimas civiles inocentes en una guerra (un conflicto bélico, no olvidemos) son daños colaterales, una invasión militar sin provocación previa es un ataque preventivo, un genocidio se convierte en limpieza étnica. Y la tortura un interrogatorio intensificado. En Euskadi durante años oímos hablar de impuesto revolucionario, que no era más que una simple extorsión a los empresarios.

Los escritores tendríamos que volver impulsar el correcto uso del lenguaje y dejar a un lado circunloquios político-económicos envueltos en falsedad, llamar a cada cosa por su nombre por mucho que lleguen luego otros a afearnos la conducta. Aunque claro, en el mundo editorial existen escritores a los que plagiar le llaman intertextualizar. Tampoco ellos se inmutan.