El respeto como ausencia

La noticia de hoy es que el presidente en funciones no ha aceptado el saludo del que podría ser su sustituto. Pero a estas alturas de la película un gesto como ése no debería abrir las páginas de ningún periódico. Hace tiempo que Rajoy nos faltó el respeto a todos: a los periodistas, por ofrecer una rueda de prensa escondido detrás de una pantalla de plasma, o por nunca contestar a las preguntas que se le hacían; a los ciudadanos, a los que le votaron y a los que no, por pasarse el programa electoral por el arco del triunfo o por considerar que la corrupción, el paro, el asunto catalán y otros que ahora mi desmemoria ha olvidado apenas han de ser tenidos en cuenta mientras sus estadísticas le den en verde.  Los políticos nos han acostumbrado a circunloquios para acabar hablando sólo de lo que les interesa. Lo demás se la trae floja, utilizando un término muy de la calle. Desde hace tiempo, la falta de respeto hacia el otro es la norma general en la que estamos inmersos: lo vemos en la televisión en esos programas construidos para seres hormonados con cerebro a lo Homer Simpson, en esos debates en los que nadie sabe qué se dice porque no se escucha, en la pitada a un himno, sea el que sea (a saber cómo reaccionaríamos si pitasen cuando se baila un aurresku, por ejemplo), en la justificación de un pisotón en un partido de fútbol o de una patada en una carrera de motos, en el exceso de esos nuevos ídolos que convierten a los más jóvenes en el clon de un macarra; en no guardar silencio cuando debemos hacerlo, en que los profesores acaben teniendo miedo de los padres de sus alumnos, en tirar una botella de plástico al suelo aunque haya una papelera a menos de un metro, en cagar entre dos contenedores, en tocarle el trasero a una mujer en el metro. Quizás me esté haciendo viejo, pero de aquellos polvos vienen estos lodos.