El país de los billetes morados

La primera vez que me pagaron en euros mi jefe me soltó dos billetes de quinientos. Los palpé con cuidado, casi con miedo. Recuerdo que se me quedó cara de decepción: mi sueldo se reducía a dos míseros billetes, lejos de aquella honorable cantidad que me entregaban en pesetas. Años después se acuñó el concepto de mileurista y me revolvería inquieto acordándome de aquella impresión de escasez. Con los billetes en la mano, y sin tener claro el valor de los mismos, me pareció que pagar con 500 euros en cualquier establecimiento era absurdo, y que se trataba de una moneda inútil, muy poco manejable, sólo apta para grandes transacciones que, desde luego, yo no tenía pensado hacer. Así que me fui a un banco y le pedí al malcarado de turno que me fraccionara los billetes en otros más asequibles. Aquella fue la primera y última vez que toqué un Bin Laden, apelativo muy propio del humor español: todo el mundo había oído hablar de ellos pero nadie lo había visto. Los de quinientos parecían estar escondidos, y cuando los mencionabas en alguna conversación nadie conocía su paradero, como si verdaderamente se hubiesen ocultado en alguna estepa desértica de Afganistán. Aunque no se ocultaban tan lejos, y los medios de comunicación empezaron a verlos en la costa de Levante, o en Marbella, también en algunos ayuntamientos madrileños. Aparecían en maletines que pasaban de mano en mano entre empresarios y políticos de medio pelo, ocultos bajo los azulejos del baño junto a un Miró o en pueblos desérticos en los que crecían setas de ladrillo y monumentos al ego. Engominados y chulapones los empleaban como moneda de cambio en transacciones de barrio, alardeaban de ellos contándolos en el asiento trasero de un coche, como una puta barata con ínfulas de princesa. España se convirtió de pronto en el país de los billetes morados, hasta el punto de que uno de cada cuatro circulaba por la piel de toro. Y así, tras años de corruptelas, de espejismo inmobiliario, de crisis, recesión, paro y la evidencia de que el dinero estaba pero en las manos equivocadas, Europa ha decidido eliminar paulatinamente a Bin Laden. Darle muerte, acabar con él, hacerlo desaparecer de nuestras vidas, convertirlo en un objeto de museo, de coleccionista o de película de mafiosos. Como si matando al perro se acabase la rabia.