El camino

El trabajo del escritor se moldea en la soledad de un cuarto silencioso. El papel se llena de tachaduras que nunca llegarán al ordenador. También de restos de café amargo, casi frío. Se levanta, camina por la habitación, inquieto: no sabe cómo dar con la frase acertada. Ni siquiera si tiene sentido todo lo que ha escrito hasta entonces. O si no tomará el destino de una papelera. Si lo rechazará un posible editor en el particular viacrucis al que están destinados los manuscritos. Pero vuelve al ordenador, como si de ello dependiera su vida. Y se descubre imaginando personajes, creando relaciones que no sabe cómo acabarán hasta que ellas mismas se descubran. El escritor se desdobla, es consciente de que en está viviendo ya dos vidas. Sin saber cuál de las dos es ya verdaderamente la suya.