El arte de provocar

Estamos tan atentos a la imagen que hemos descuidado el imaginario. Una frase escuchada para explicar por qué el arte contemporáneo no conecta con el público o por qué al espectador todo le parece ya mentira, engaño, mercado, en una sociedad donde el valor se mide por lo económico. Una de las obras que más me sorprendieron en mi primera visita al Guggenheim fue My bed, de Tracey Emin, un icono de la generación de los noventa, en la que el visitante observaba tan sólo una cama deshecha, condones usados, botellas vacías de vodka, compresas con orina, unas medias, y porquería, mucha porquería. La primera impresión era que el cuarto de la artista en cuestión era peor que una cochiquera; la segunda, que uno no había visto una cama tan sucia ni en sus pesadillas más húmedas, y que como padre le hubiera soltado una sonora bofetada antes de darle un cubo y una fregona; la tercera, más allá de la broma de no saber si en la sala había una cámara oculta o si la empresa de la limpieza había hecho huelga, que habíamos perdido el rumbo, que todo valía. A aquella habitación le habían puesto el apellido de arte, había sido una de las piezas finalistas en 1999 del controvertido Turner Prize y su valor estimado era de un millón quinientos mil euros. Pero todo tenía una explicación, un imaginario, una historia: tras una relación fallida, Tracey Emin se había dedicado al sexo y al alcohol, olvidando cada mañana lo que había hecho por la noche. Hasta que un día, volviendo a su cuarto con una resaca del quince miró sorprendida su habitación y le dio asco. Luego pensó que era hermoso porque «procedía de mi interior». Era un símbolo de la autodestrucción, del fin de una era. Le puso un título y lo llamó obra de arte. Y a partir de ahí, fue un ejemplo de la provocación, de la ruptura de las normas y de todo eso que hace que aún siga creyendo que incluso Marcel Duchamp se removería inquieto al ver a lo que llaman arte.