El ejemplo de la sinrazón política

Lo ocurrido en Cataluña ayer es un ejemplo más de la sinrazón en la que vivimos desde hace unos años. Un auténtico esperpento que si no fuese por la seriedad de los hechos formaría parte de la mejor de las películas de Berlanga. Por un lado, los Mossos acercándose a un colegio electoral tomado por decenas de personas para impedir el voto y preguntando: ¿se puede entrar? ¿No? Pues nos vamos. O a jóvenes levantando muros con paquetes de arena o cemento para impedir la entrada de la Policía. La de fuera, la ajena, la opresora, se entiende. O las urnas retiradas por la Guardia Civil. O gente cargando con bolsas de basura repletas de papeletas que ni la Pantoja, o votando en la calles. Y por otro, las lamentables escenas de miembros de la Benemérita y de la Policía Nacional dando estopa a quienes les impedían el paso: ochocientos y pico heridos, nada menos. También, las imágenes de esos ciudadanos que se revolvían tirando sillas al paso de los agentes, o persiguiendo en masa los furgones policiales o… Como si la violencia fuese una solución, como si desde las instituciones públicas no hubieran podido evitar semejante grado de tensión. Parecen abocados a la máxima: cuando peor, mejor.

A estas alturas creo que ni el Gobierno español ni el catalán tienen razón, pero paralizar una movilización electoral —sea considerada ilegal o no— a golpes demuestra que hay un problema de difícil solución. Un problema que se ha enquistado por la falta de cintura de los políticos, esos seres cuya incapacidad de llegar a acuerdos ha logrado que estemos en un callejón sin salida. Las imágenes de hoy de estudiantes en las calles de Barcelona o las previsibles de mañana con la convocatoria de una huelga general de carácter político sólo provocan incertidumbre. Y a eso añadiremos las muestras de sentimiento patriótico que se están dando en localidades de la península, o la de ayer en el Bernabeu a ritmo de Manolo Escobar.

Llevo tiempo manifestando la ineptitud política de Rajoy y su partido, acostumbrado a la inacción o a las mayorías. Prefiero no escuchar al ministro de Justicia, o a la vicepresidenta, y no digamos ya al portavoz del Gobierno o al del Partido Popular (ese personaje malcarado y lenguaraz). Tampoco me seduce la cantinela de Ciudadanos y de su líder Rivera, un jovencito de ideas rancias situado más a la derecha que el propio PP. De la izquierda, mejor no hablar: el PSOE dejó de ser de izquierdas hace muchísimo tiempo, y Podemos, que venía a relanzar la política, a darle una vuelta, a cambiar, lleva media legislatura sin saber por qué sigue perdiendo votos, e Izquierda Unida dejó de estarlo antes de que el propio partido se enterrase. Los nacionalistas, a lo suyo, los republicanos con su cantinela, los independentistas con la suya, y las minorías qué van a hacer si no tienen dónde caerse muertos. Con este panorama, el futuro se plantea negro, muy negro. En breve, con seguridad en menos de un año, se convocarán elecciones generales y, en este estado de ánimos volverá a ganar Rajoy, y esta vez de calle, ayudado por el peso del mundo rural y de ese sistema electoral que nos hemos dado. Y de nuevo viviremos el rodillo de la mayoría absoluta. Y si ahora lo del diálogo es impensable, entonces será una quimera.

A veces le oigo hablar a José Manuel Maza, fiscal general del estado, cierro los ojos y me parece volver a aquellas imágenes en blanco y negro. Es como si volviera al pasado. A una España centralista y retrógrada. Creo que el despropósito catalán tiene mucho que ver con el empeño en judicializarlo todo, en convertir la justicia en una herramienta más del ejecutivo. ¿Que el referéndum era ilegal? Sin duda. En Cataluña se pasaron las leyes por el forro, las normas de su propio parlamento, las mayorías, todo aquello que hace posible una cierta convivencia. Pero qué hubiera ocurrido si hubieran votado ayer tranquilamente los dos millones de personas que querían hacerlo. Pues nada más que eso: se habría organizado una votación, habría ganado el sí —porque el referéndum iba dirigido a los independentistas, no lo olvidemos— y habríamos vuelto al punto de partida. Y esto es lo verdaderamente importante: desde hace años parece claro que es necesario un acuerdo dialogado a lo que pasa no sólo en Cataluña sino también en Euskadi. Es evidente que existe una desafección a lo que significa ser español —ya sea por educación, por una televisión controlada por los partidos en el poder, por el constante falseamiento de la verdad, no sólo histórica sino de la propia realidad social—. Y que la postura hierática del Gobierno no parece desde luego la más adecuada para calmar los ánimos. La actitud de Rajoy —y de las fuerzas de seguridad del Estado— sólo han provocado tristeza y han reafirmado la postura de quienes quieren dejar España. Y dialogar significa escuchar al otro, escuchar sus opiniones, ceder para llegar a consensos, y en este país las cesiones sólo tienen que ver con el dinero que me puedo llevar para mi terruño. Nos hemos acostumbrado a los diálogos de sordos en los que apenas dejo intervenir al contrario. Porque se trata de eso, de un contrario, de un enemigo, de alguien a quien he de vencer porque sus ideas son distintas a las mías. Como decía hace poco, son actos de fe cusirreligiosos que poco tienen que ver con la razón.

Se votó, mal que bien, y decenas de miles de catalanes mostraron que se quieren ir. Las cargas policiales ayudaron a que se aclarasen las dudas de muchos catalanes que abogan por una Cataluña republicana. Pero quien ganó ayer fue la abstención. Según las cifras de la propia Generalitat votaron dos millones doscientos mil catalanes —un 42% del censo electoral, un 38% a favor del SÍ—, lo que supone que una gran mayoría prefirió quedarse en casa o salir de bares o a andar en bici. Dejemos a un lado la falta de garantías del referéndum (o como lo quieran llamar), el hecho de que hayan salido imágenes de personas que votaron cuatro veces, o que nadie controlara la edad de los votantes o que no hubiera ni interventores, ni junta electoral, ni nada que se le pareciera. O que tras hacer el recuento ha salido un 100,82% de participantes. Un número extraño, cuando menos. Como digo, la abstención ganó ayer por goleada. Una victoria que nadie va a tener en cuenta porque encierra muchas incógnitas que ningún político reconocería. Puigdemont demostró desde el primer día que cualquier resultado iba a provocar un tirar hacia adelante. Una declaración unilateral de la independencia. Qué más daba entonces que se convocase o no una consulta. Nos hubiéramos evitado meses de monopolizar los informativos, los periódicos, las tertulias. Pero si al 58% de los catalanes les da igual, cómo no me lo va a dar a mí.

Y a todo esto, dónde está el Rey. De momento, muy calladito. Rajoy, por su parte, con esa letanía de «hemos hecho lo que teníamos que hacer».