Ectoplasmas del pasado

Volvían de una excursión por tierras alavesas que les había acercado hasta el nacimiento del Nervión. La escasez de agua no había desanimado, sin embargo, a las decenas de personas que se amontonaban en la plataforma del mirador para sacarse selfies y mirar un horizonte de peñascos. Mucha bota de monte, mucha mochila y pantalones de los de ascender el Kilimajaro. Olía a humedad, a primavera renacida, a vacaciones. Parecía que podría ponerse a llover en cualquier momento y que verían salir de estampida a cientos de urbanitas. No fue así. Sólo de regreso a casa una niebla de agua lo envolvió todo, como en un spa. A su paso por Llodio, vieron a lo lejos lo que les pareció un recinto festivo vallado con reivindicaciones. El primero de mayo, se dijeron: carteles con la silueta de Euskal Herria, fotografías de personas mal encaradas, eslóganes que llamaban al desembarco. Uno de esos encuentros vestidos de negro que han dado por definir de culturales. El escritor apuntó algunas de las sensaciones que le transmitía aquel mercado de añoranzas y volvió a ellas al ver un grupo de uniformes idénticos frente a los rectorados de la Universidad del País Vasco. Hubo incluso quienes intentaron anticipar la noche de San Juan con hogueras y libros quemados. Una tradición arcaica que le pareció rancia, caduca, como extraída de un incunable, digna de ese palabro que llaman obsolenscencia.