Echar raíces en la bancada

Si a uno le echan del partido político por cuyas siglas se presentó a las elecciones —o se da de baja, o supuestos parecidos que permitan no ponerlo en peligro —, pero se aferra al puesto que obtuvo en el Senado, vamos a poner por caso, a quiénes representa. ¿A los que le votaron, al partido del que ya no forma parte, a sí mismo? ¿El puesto que logró presentándose a las elecciones le pertenece, es de quita y pon, se puede poner a cualquier otro aunque no se le haya votado? Es más, ¿puede seguir cobrando por su cargo representativo cuando ya no representa a nadie? ¿Tendrá las mismas prebendas que tenía antes? ¿Seremos los votantes en general los que paguemos sus viajes a Madrid, su alojamiento en hoteles, sus jamadas, sus cafés a media mañana? Demasiadas preguntas que nadie estará dispuesto a contestar con seriedad: lo más seguro es que se parapete tras una pantalla de plasma, distancie a los periodistas unos cincuenta metros con conos para el tráfico o se haga el sordo. Hace mucho tiempo que la política española se transformó en un vodevil —”comedia frívola, ligera y picante, de argumento basado en la intriga y el equívoco, que puede incluir números musicales y de variedades”—, pero escrito con mala letra, con música de serrucho, con escenas chabacanas, chistes sin gracia y del que los espectadores pronto comenzaremos a salirnos del teatro.