Dónde estábamos el día que mataron a Miguel Ángel Blanco

No creo que podamos olvidar dónde estábamos el día que asesinaron a Miguel Ángel Blanco, como tampoco qué hacíamos el 11S. Son acontecimientos que te dejan la carne de gallina, el segundo más por la espectacularidad de las imágenes, casi de película de catástrofes, el primero por lo macabro de la cuenta atrás. El 12 de julio de 1997 participamos en la manifestación que pedía la liberación del político de Ermua. Hacía un día espléndido, soleado, caluroso y en Bilbao no cabía un alfiler. Fue sin duda la mayor muestra de solidaridad vasca ante un secuestrado por ETA al que utilizaban como moneda de cambio. No ha habido una manifestación igual, pese a que los medios afines a la izquierda abertzale señalen alguna en favor de los presos como la más multitudinaria. Es mentira, posverdad que dirían ahora. Aquella fue la demostración de que los vascos nos oponíamos a los matones de ETA, a su discurso por el bien de la Patria, el Pueblo y demás monsergas.

Pero los participantes en la manifestación conservábamos un poso de esperanza, y no podíamos imaginar que una banda que decía hacer las cosas por la sociedad vasca no escuchara lo que los ciudadanos le reclamaban. Recuerdo que cuando acabó la manifestación volvimos a casa y esa tarde subimos al Fango a jugar al tenis. Fue al terminar el partido cuando nos enteramos de que los terroristas habían cumplido con su amenaza: un tiro en la nuca, una ejecución. A partir de ese momento todo se mezcla: la sorpresa, el estupor, ver llorar en televisión a una presentadora anunciando lo evidente. El teléfono comenzó a sonar, la gente salía a las calles a protestar, debíamos mostrar nuestra repulsa a un crimen como aquel y a todos los anteriores que no habíamos demostrado más que con la boca pequeña y entre amibos. Unas horas después nos juntamos en los alrededores de Moyúa, porque no logramos llegar a la plaza de la cantidad de personas que había. Miles de bilbaínos agrupados de forma espontánea, sin wasaps ni cosas así, para mostrar nuestro enfado, nuestra ira, nuestro odio hacia aquellos que se decían vascos y hablaban en nuestro nombre escondiéndose tras las armas; pero también  a aquellos otros que alentaban a la banda a seguir matando, que señalaban a sus víctimas, que se parapetaban en el grupo para campar a sus anchas en las calles. Esa tarde las calles no fueron suyas sino de la gente de a pie. Y coreamos frases del estilo No son vascos, son hijos de puta que mostraban entre otras cosas que habíamos perdido el miedo y que no nos representaban. Y por cierto, dónde estaban los integrantes del brazo político de ETA: escondidos en sus casas, en las herriko tabernak o protegidos por la Ertzaintza —esos mismos a los que amenazaban porque no los consideraban policías vascos— cuando decenas de personas asaltaron las sedes de HB para que sintieran lo que era tener miedo.

Se fraguó lo que denominaron el Espíritu de Ermua, la reacción de miles de vascos que estábamos hasta las narices de que ETA siguiera marcando nuestra vida y nuestra agenda. Una reacción social, en la que no tuvieron cabida los partidos políticos hasta que también estos quisieron controlar un movimiento que se les escapaba de las manos, y quisieron hacerlo suyo, y escorarlo hacia sus postulados ideológicos. En ese momento el espíritu se convirtió en humo, en mentira, en equidistancia, en a ver cómo hago para que vaya con nuestros intereses o para que no incomode nuestra perspectiva de futuro. La sociedad había hablado y hubo partidos que tuvieron miedo. Los nacionalistas se dieron cuenta que perdían la calle, que tenían que actuar y acabaron conformando el Pacto de Estella (nada menos). Los constitucionalistas —cuando al PSE y PP se les llamaba así, lo que es el lenguaje político, qué cosas— se aliaron aunque sus ideas no se parecieran en nada. Una política de bloques que acabó con Ibarretxe como lehendakari, con la independencia como bandera, con un posterior Gobierno vasco socialista, con nuevos asesinatos de ETA en busca de no sé qué y finalmente el fin de la banda. Un resumen rápido: del asalto social a las calles se volvió al adormecimiento, y a que los partidos políticos cubrieran con sus eslóganes y sus ritmos los informativos, las agendas, las conversaciones. La sociedad volvió a callar. Yo lo viví así, y sólo es un punto de vista, pero tras ver la polémica que se ha formado a partir de los homenajes o no a los veinte años de la muerte (secuestro y crimen) de Miguel Ángel Blanco, de no firmo un acuerdo porque no me gusta una palabra, porque existen intereses partidistas y tonterías de esas sigo creyendo que aquel joven político del PP trajo una reacción social sin precedentes que la política se empeñó en controlar. Y así nos va.