Despido por wásap

Hacía tiempo que no veía a mi amigo Montero. Desde que llegó el invierno —frío y blanco, acaso optimista si hacemos caso a los refranes—, permanecía encerrado en su casa sin que ninguno de sus amigos consiguiéramos hacerle salir a la calle. Pero esta mañana me ha telefoneado: quería contarme un historia que le tiene encabronado. A una amiga suya la han despedido. Por wásap. “Para que luego se le llene la boca a la Fátima Báñez esa. ¿La viste el otro día hablar de las bondades del empleo en España? Que si el país camina hacia un empleo de calidad, que si estamos mejor que hace diez años, que si se ha mantenido el poder adquisitvo de los pensionistas pese a sólo haber ganado un 0,07% desde 2007, y bla bla bla. La trilera de los datos, la voy a llamar. Aunque claro, imagino que a una señora con seis pisos, dos fincas, un solar, un sueldo de ministra y sus dietas de alojamiento en Madrid lo del empleo de los demás se la tiene que traer bien floja”.

Me he interesado por su amiga al ver que Montero comenzaba a irse por peteneras; y entonces me ha contado lo del despido. “Imagínate el caso”, me ha dicho: “Mireia trabajaba en un bar, los primeros quince días en negro para ver qué tal, luego uno de esos contratos de cuarenta horas como ayudante de camarera aunque lo de ayudante sea otra excusa para pagar menos, con un cláusula que indica que está de prueba dos meses, y seis días a la semana, que si te pones a hacer números supera con creces las cincuenta y dos horas semanales. El cobro de las horas extra ni lo huele, como puedes imaginar. Trabaja una semana de tarde, otra de mañana, los lunes libres. Lo que vendría a ser uno de esos currelos que la Ministra de marras llamaría de recuperación. El bar, renovado, amable, cuenta con todos los boletos para funcionar, si no fuese porque la dueña trabaja menos que un eurodiputado y oculta su incompetencia presionando a los trabajadores. En esto, Mireia le reclama las horas extra, que su jefa esquiva con una frase de manual: si no estás contenta, ahí tienes la puerta. Ella sabe que el dinero es una necesidad y mi amiga no está para protestar. Así que Mireia calla. Pero al cabo de dos días sufre un tirón en la espalda por andar cargando cajas y se queda en casa con una lumbalgia del quince. El médico la ve y le diagnostica una contractura, que necesita reposo y le da la baja. Una semana. Mireia acude al bar, le entrega la baja a la señora a la que de pronto ve bracear como un teleñeco, no me puedes hacer esto, y ahora a quién llamo…, frases que provocan malestar en ambas: la una porque se siente traicionada, la otra porque pese al dolor, a no haber cobrado aún el sueldo del mes —y han pasado seis días desde que enero puso el punto final— y a que sabe que las extras se han esfumado, se siente obligada y le parece mal dejar a la dueña con el culo al aire. La cuestión es que finalmente sale por la puerta del bar, se monta en el coche para ir a casa y al cabo de diez minutos recibe un wásap que le indica que no ha cumplido las expectativas y que está despedida. Sin explicaciones, con baja y sin opción a nada. El despido del futuro”.

A partir de ahí  todo se precipita. Mireia siente que ha hecho EL MAL, que no ha debido cogerse la baja, que tenía que haber ido a trabajar aunque se quebrase, que el empresario —mujer en este caso—, sólo miraba por ella, por el negocio, por la economía, por mejorar la situación de los trabajadores y esas cosas que aparecen en la television y en los diarios; Mireia sabe además que el barrio es pequeño y que pronto los rumores la señalarán como culpable, quizás la llamen vaga, y digan que no ha contribuido a mejorar el país y todas esas mentiras que se dicen. Su jefa no le devuelve las cosas que ha dejado en el bar y son suyas, no le envía los papeles del despido, no le abona el finiquito por el que tendrá que luchar. Y además, se ha quedado sin trabajo. Que es, en el fondo, lo que más le jode.