Cuando el premio de otro sabe mejor

Desde hace varios años soy uno de los profesores de los talleres de escritura creativa que imparte la Asociación Espíritu de la Alhóndiga, un proyecto nacido a partir de otro que presentamos a la Alhóndiga —hoy Azkuna Zentroa—el escritor Pedro Ugarte y yo. Aquellos talleres tuvieron una continuidad de cuatro cursos, y a ellos acudía todo tipo de gente: personas con inquietudes literarias, jubilados que querían llenar su tiempo de ocio, creadores cuya única pretensión era publicar cuanto antes, paracaidistas que saltaban de un taller a otro, despistados que no tenían muy claro qué hacer por la tarde. Había personas que no habían escrito en la vida, otros que proyectaban un interés por la lectura y los libros, unos pocos con verdadero miedo al papel en blanco o a ciertos temas que catalogaban de tabú; también quienes se dejaban llevar por las emociones a la hora de escribir, o aquéllos que buscaban en los maestros —escritores americanos fundamentalmente— su verdadera inspiración. En ese tiempo descubrimos Pedro y yo —me permito hablar por él— que muchos de los participantes de los talleres tenían una gran imaginación que sólo era necesario encauzar, que le sacaban chispa a los argumentos, incluso cuando se les incitaba a escribir un texto narrativo en apenas media hora y con dos palabras como leitmotiv, y que podrían acabar publicando en antologías —así lo han hecho muchos de ellos en la recopilación El espíritu de la alhóndiga o La sonrisa de la hiena— o participar con éxito en certámenes literarios que les abrieran las puertas a la publicación, como fue el caso de Javier Ortiz de Cosca, Patricia Millán, Ilu Cambero, Laura Hidalgo… Más tarde de Ana Arenaza, Idoia Barrondo, Pilar Pallarés, Elena Fernández, Andoni Abenójar, Begoña Elorrieta… Aprendimos mucho de ellos, aprendemos cada día cuando nos muestran sus relatos y su manera de entender la literatura.

Aquellos talleres que llamaron Literatura Viva fueron el germen de una asociación cultural que tomó el nombre del relato de una de las alumnas (Sol Aguirre). Se formaron más talleres, las escritoras Txani Rodríguez y Elena Moreno comenzaron su andadura como profesoras y se creó el primer taller de novela, del que salió Pound, una obra de Javier Ibarrola que espero ver publicada en breve: tiene una calidad literaria que ya quisieran muchos de los libros que se editan al año en España.

Periódicamente mis alumnos me brindan alguna alegría en forma de premio o accésit literario. Hace dos días fue uno de esos momentos. Cinco de ellos ya habían quedado finalistas en la ceremonia previa del III certamen de relatos KazetaBAO, cuyo fallo se hacía público el pasado viernes. Y a cuatro les confirmaban por correo electrónico que eran ganadores. No decían en qué categoría. En realidad, tampoco importaba: el hecho era que cuatro de cinco tenían el reconocimiento de un jurado. Y eso en sí mismo ya era un premio. Imaginé la emoción que se siente cuando te llaman por teléfono o te envían un correo que corfirma que tu trabajo ha sido seleccionado. Y la sentí —creo que tanta o más que ellos— cuando escuché decir en voz alta su nombre: accésit para los relatos de Idoia Barrondo («Carola») , Lola López de Lacalle («La maleta del viajante») y Taicha Peñín («Caperucita y el lobo en Bilbao»); primer premio para el relato «La columna 44», de Andoni Abenójar. Un texto sobre el atrio de la Alhóndiga. Allí donde empezó todo.